>

Jesús Colina/Zenit

El profesor Massimo Introvigne, director del Centro de Estudios sobre las Nuevas Religiones considera que el cardenal Tarcisio Bertone, ha sido víctima de una deformación de sus declaraciones sobre la relación los abusos de sacerdotes y la homosexualidad.

Desde Pamplona, donde participa en el XXXI Simposio de Teología de la Universidad de Navarra, el sociólogo ha respondido en plena oleada de ataques contra el secretario de Estado de Benedicto XVI, por versiones referidas por medios de comunicación sobre una rueda de prensa que concedió este lunes en Santiago de Chile.

En respuesta a un periodista, el cardenal Bertone simplemente remitió a los estudios que se han realizado sobre los casos de sacerdotes que han cometido abusos sexuales y que constatan que en su mayoría han sido perpetrados contra varones que han pasado la pubertad. ¿Cuáles son los números?

– Creo que es un deber expresar solidaridad al cardenal Bertone, víctima de una agresión indigna y francamente de mala educación. En el marco de una rueda de prensa, que no es un ensayo científico, el cardenal se limitó a hacer alusión a un dato obvio que conocen todos los expertos. Según el informe de 2004 del John Jay College de Nueva York, el estudio más autorizado que existe sobre el tema, en los Estados Unidos el 81 por ciento de las acusaciones de abusos de menores contra sacerdotes afectan a muchachos y no a muchachas. Hablamos de varones que abusan de otros varones.

También en Irlanda los abusos de sacerdotes contra muchachos son el doble con respecto a las muchachas. Estos son números, y como tales, no deberían ofender a nadie y no se les puede hacer decir más -ni menos- de lo que dicen.

– ¡Pero no se puede decir que los homosexuales son pedófilos!
– Nadie lo ha dicho. Nadie ha dicho que todos los sacerdotes con tendencias homosexuales abusan de menores. Sería una acusación totalmente injusta. Sin embargo, es un hecho el que la mayor parte de los sacerdotes que abusan de menores abusen de menores del mismo sexo.

– ¿Cómo se han deformado las palabras del cardenal Bertone?

– Ciertamente el cardenal Bertone no quería hacer una calificación médica de estos comportamientos: efebofilia, homofilia, pedofilia… Quienes lo critican confunden una rueda de prensa con un tratado de medicina, y buscan prohibir la cita de aquellos datos estadísticos que consideran como políticamente incorrectos. Es una forma de censura inaceptable, en ocasiones disfrazada de científica.

– Benedicto XVI realiza una relación clara en su carta pastoral a los católicos de Irlanda entre estos casos de pérdida de respeto por la Iglesia y sus enseñanzas que se ha desarrollado en su mismo seno tras el Concilio Vaticano II. ¿Ve usted una relación directa?
– Como opinión personal considero que una cierta tolerancia en algunos seminarios católicos -que quede claro, no en todos-, una subcultura homosexual de los años setenta, ha tenido un papel no secundario en la confusión moral y en la contestación teórica y práctica del magisterio moral de la Iglesia, que el Papa denuncia en su carta sobre Irlanda.

Esta confusión doctrinal y práctica ha preparado el terreno en el que en ocasiones ha podido crecer la mala hierba de la tolerancia ante los abusos. Ciertamente no ha sido la única causa de la crisis, pero es parte de un problema más general.

Justamente la Iglesia ha tomado medidas para afrontar este problema. No debería ser algo nuevo para nadie el hecho de que la Iglesia, dejando muy claro el respeto por las personas homosexuales en cuanto personas, considera los actos homosexuales como siempre objetivamente desordenados. Y si los considera así en la sociedad en general, no los puede tolerar en noviciados y seminarios.

– ¿Por qué se dan ataques tan duros e injustos contra el cardenal Bertone, el Papa y la Iglesia?
– Hoy por hoy salta a la vista de todos la acción de un «lobby gay» que busca un pretexto en la cuestión de los sacerdotes pederastas para amordazar a la Iglesia, para impedirla que presente su doctrina sobre el carácter objetivamente desordenado del acto homosexual y sobre todo obstaculizar la acción sumamente eficaz que los católicos han desarrollado para bloquear el reconocimiento público de las uniones homosexuales por parte de los Estados.

La manera adecuada de responder a la prepotencia de los lobbies es no echarse atrás. Es más la doctrina de la Iglesia sobre la homosexualidad debe volver a proponerse y explicarse con serenidad, en toda sede. Esta doctrina debe ser explicada en su fundamento racional, y no sólo de fe, también a los no creyentes y pedir a los Estados que tengan esto en cuenta no constituye una intromisión de la Iglesia, sino un servicio al bien común. Y los laicos, en particular los comprometidos en política, tienen que elevar su voz contra el reconocimiento público de las uniones homosexuales.