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Tim Guénard fue abandonado a los tres años por su madre, que lo ató a un poste eléctrico. Su vida estuvo después marcada por los malos tratos paternos, y las idas y venidas de una casa de acogida a otra. Ya joven, vivió según la ley de la calle. Pagó un alto precio: fue violado. Sus tres sueños eran lograr salir del correccional, convertirse en jefe de banda y matar a su padre. Se convirtió en un ser insensible al dolor, y en un exitoso boxeador. Pero el mayor de sus triunfos fue descubrir al Big Boss (Gran Jefe), como él llama a Dios.

Tim Guénard fue un niño rechazado y maltratado por las personas que más le importaban: sus padres. Como su familia no quiso hacerse cargo de él, entró en un orfanato a los siete años donde timplus-fort-que-la-haine.giftampoco nadie lo quiso adoptar. Sufrió el maltrato y el desprecio de las personas encargadas de su cuidado y acabó en un hospital psiquiátrico por un error administrativo. De allí fue a parar a un reformatorio, donde aprendió a pelear y a odiar al mundo entero… Sólo las ganas de matar a su padre le mantuvieron en pie, convertido ya en todo un delincuente de 12 años.

Acogida de personas con problemas

El círculo vicioso siguió su curso con más huidas, maltratos físicos, vivencias en la calle, una violación y las mafias de la prostitución. Pero a los 16 años, una jueza
–“la señora jueza”– fue la primera persona que realmente se ocupó de él; le consiguió un trabajo como aprendiz de escultor de gárgolas y, con esta profesión, Tim comenzó a ser alguien.

Tras cumplir la mayoría de edad, el encuentro personal con el Señor, en una profunda conversión, y con otras personas clave le llevaron por un camino de renovación, de perdón y superación de aquella dramática espiral que asoló toda su vida.

Apoyado en el
“Big Boss”, o sea en Dios, Tim es hoy un hombre de casi 50 años, que vive en el sudeste de Francia, cerca de Lourdes, y que está felizmente casado con Martine, con quien tiene cuatro hijos. Un hombre que acoge en su propia casa a personas con problemas, a las que orienta y da ánimos para que encuentren nuevos motivos para vivir, ofreciéndoles un techo y una mano amiga. Un hombre que no olvida la promesa que se hizo en su adolescencia: acoger a otros con las mismas necesidades que él sufrió.

La convivencia entre su familia y los jóvenes que viven con ellos esta basada en la vida cotidiana y en mostrar el amor real unos a otros y la aceptación reciproca. “Es muy importante que esos jóvenes vean que la vida no es una fantasía, que hay otro modo de existir, que cuando uno comete un error puede pedir perdón e intentar no volver a hacerlo. Para que ellos se convenzan, lo tienen que ver en la práctica. Nosotros acogemos a los jóvenes y delante de ellos vivimos como una familia normal, por eso no es difícil para ellos imitarnos. Si fuéramos gente “perfecta” sería difícil imitarnos, pero justamente los roces que tenemos en la familia nos dan la oportunidad de crecer. Por eso, los jóvenes piensan: ¿y si yo también fuera capaz de mejorar?”

Desmentir la genética con la ayuda del Espíritu Santo

Además, acude a los centros escolares de zonas marginales de Francia para hablarles a los adolescentes de la
resiliencia. Se trata de testimonios personales donde, a través de su relato, denuncia las carencias del amor y la violencia que padecen hoy los jóvenes. Y por encima de eso, de las posibilidades de «desmentir a la genética» con la ayuda del Espíritu Santo, esa genética que les dice a las personas que han sufrido que sólo están hechas para la ira y el sufrimiento. Él mismo había escuchado en más de una ocasión que «los niños apaleados -es algo genético- apalearán a sus hijos»; «los hijos de los alcohólicos -es algo genético- beberán»; «los niños abandonados -es cosa genética. abandonarán a sus hijos»; «los hijos de padres separados -es genético- se separarán…»
Ante la pregunta: ¿qué puede cambiar esa dinámica?, Guénard afirma: «Cuando ves a personas que quieren y son queridas, eso te ayuda a no reproducir malas conductas. Para los que no tienen cariño, ver a gente con amor es como mirar ese escaparate donde no se puede comprar. Sin embargo, puedes decir: Pues yo algún día viviré de otro modo. Yo no he reproducido la violencia, simplemente porque encontré a gente que me hizo desear cosas más positivas… La mejor manera de ir en contra del destino es ir al encuentro de los demás, porque te dan ilusiones y te enseñan que la vida tiene otro paisaje».

Anima a los jóvenes en sus charlas a mirar más alto, a vivir una vida basada en el amor:A los que tienen la suerte de tener una familia, les diría que es importante respetarla, honrarla y aceptarla; que ni aquellas personas a las que más queremos son perfectas. Muchas veces pregunto a la gente: “¿les has dicho a tus padres o a tus hijos que los quieres?”. Y la gente me dice: “ya lo saben”. Para criticar y decir lo malo, la gente no pone medida; sin embargo, cuando toca decir “te quiero” o “estoy orgulloso de ti” muchos se callan. Se anima a los futbolistas o a los ciclistas, pero es necesario que nos animemos entre nosotros. No es necesario ser un famoso para que alguien te anime. Y cuando los jóvenes ven eso, se producen cambios extraordinarios.”

Pero la misión de Tim no sólo se desarrolla en Francia, el culmen de su renovación interior fue escribir un libro autobiográfico (Más fuerte que el odio. Gedisa, 2003), donde desgrana con sencillez y sinceridad la historia de su vida. A partir de entonces, acude a donde le llaman para narrar su experiencia, demostrándole al mundo que “el hombre es libre de alterar su destino”.


Tres años en el hospital por los golpes de su padre


En su más que recomendable biografía, Más fuerte que el odio (Gedisa Editorial), Tim Guénard advierte al lector que lo que va a leer es de una vida magullada, tanto como su cara. «Sólo en la nariz, tengo 27 fracturas. De ellas, 23 provienen del boxeo y cuatro de mi padre», escribe. Cuenta además: «Soñaba que habían metido a mi papá en una lavadora y que llegaba todo nuevo. ¡Tenía tantas ganas de un beso!, o de una mirada, un gesto; pero tristemente nunca llegó… Un día ya no tuve ganas de eso, tuve ganas de vivir para matarlo; y el odio me dio fuerza».

El peor recuerdo de su infancia es haber estado tres años en la cama de un hospital por culpa de los golpes que le dió su padre. “Cuando bebía, no sabía lo que hacía y me pegaba sin darse cuenta. Lo que más me dolió es que durante ese tiempo de convalecencia, nunca tuve una visita.” Un día en el hospital, vio que a su compañero de habitación se le cayó el envoltorio de uno de los regalos que recibió. Tim cogió ese papel y lo escondió. Cuenta en su libro que, a pesar de su situación, este simple papel le ayudó a salir adelante:

“El papel tenía el dibujo de un tren con vagones llenos de juguetes y un oso de peluche que movía su brazo. Lo escondí en los baños del final del pasillo y todos los días me arrastraba hasta allá (no podía andar) para ver mi papel a escondidas; me daba la impresión de que el osito me decía “¡Hola Tim!” y que me daba las buenas noches al final del día. Para mí era la única visita (esto demuestra que lo que desechan los demás puede ser importante para otros). Ese papel me dio un poco de calor y suscitó en mí el deseo de volver a caminar. Gracias a ese esfuerzo para ver mi papel de regalo, aprendí a andar nuevamente.”

Recaídas de campeón

A los veintiún años, deja a la pandilla de compañeros de infierno y se abandona a una banda de camaradas cristianos. Pero no es un cambio fácil, como él mismo admite ante un sacerdote: «Hoy me siento en forma, y dedico a Dios grandes timborgrocki-2008-02-08-024-thumb.jpgdeclaraciones de amor, tomo buenas resoluciones, me embalo… Y mañana ¡me olvido de todo y vuelvo a caer!»

En sus caídas, el orgullo insumiso, el campeón muy macho, el ombligo del mundo (como él mismo se describe), será sostenido por el abrazo y el amor de muchas personas, aprenderá a ponerse al servicio de los demás, a dejarse amar…

Descubrirá la belleza de la amistad, comprobará la eficacia de la oración y acabará casándose con su amada, Martine, teniendo como testigos a Dios y la Virgen María.

Para conocer los detalles de su biografía, la productora española INFINITO + 1 está produciendo un largometraje sobre su vida. Pero su testimonio puede ya encontrarse en el libro Más fuerte que el odio, donde afirma: «Quien quiera que seas, cualesquiera que sean tus heridas y tu doloroso pasado, nunca olvides, en tu memoria magullada, que te espera una eternidad de Un amor que llega gracias al encuentro con personas: «Para mí, son caricias del Big Boss (Dios); la vida no sólo te trata mal, eso únicamente pasa en las malas películas. En la vida real, cuando se escucha a la gente que se ha levantado después de vivir situaciones difíciles, uno se da cuenta de que nadie se levanta solo. Yo mismo he tenido personas en mi camino: el indigente que me enseñó a leer, papá Gaby (su padre adoptivo de los servicios sociales del Estado), la buena jueza y el padre Thomas. Todos son como regalos. El regalo más bonito en la vida son las personas que uno ha querido y quiere; y se necesita la vida entera para conocerlas».


Otra caricia del “Big Boss” (Dios) fue un encuentro hermoso y que no tenía previsto con la Madre Teresa de Calcuta en Roma: Yo no lo hice a propósito, no sabía ni quién era. Para mí era una anciana. Eso es otro ejemplo de lo que ha pasado en mi vida: tener encuentros que si los hubiera buscado nunca los timguenard0634.jpghabría vivido “, explica Tim.

Su esposa y sus hijos le han aceptado como era y le han amado profundamente


La esposa de Tim ha vivido un entorno completamente distinto, en el que no había problemas ni confusiones: “Ella es diferente: es sencilla y vive sin complicaciones mentales. Conocía cosas que yo desconocía, tenía valores que me atraían… a veces los extremos se atraen. Y, ante todo, tuvo una mirada bella sobre mí porque si algunas veces soy guay, otras soy muy tonto. Cuando hablábamos yo le decía: “confía en mí y ya verás. Cambiaré”. Algunas cosas las cambiaba fácilmente pero en otras tenía que ponerme tres o cuatro veces. Ella ha tenido la paciencia y la delicadeza de creer en mí, incluso cuando yo dudaba de mí mismo”reconoce.


La importancia de sus cuatro hijos en su vida Tim la explica asÍ:


“Los hijos son un regalo hermoso. Hay espejos para mirarse, peinarse y vestirse, pero el espejo para cambiar tu vida está en aquellos que más quieres. Porque uno solo no puede verse a sí mismo. No es suficiente con decirte que vas a cambiar. Los niños exigen que no te des a medias. Ser adulto es fácil, pero para ser una gran persona, se necesita a los niños.

Mis hijos me decían que no hubieran querido tener otro papá y eso me hacía sentir muy orgulloso. Me decían: “papá, has cambiado mucho, eso está muy bien, ya no te peleas”. Yo les digo a mis hijos: “si papá hace algo bien, decírselo; y si hace algo mal, también”. Mi reto es mejorar cada día.”


Tim nunca pide dar ninguna charla pero hay gente que le invita. Recibe muchos correos de personas que han cambiado su vida porque se dicen: “si Tim lo ha conseguido, yo también puedo”.

Según él “mucha gente afirma que mi testimonio le ha dado sentido a su vida. Algunos han dejado de beber o de ser violentos y vienen a darme las gracias. Pero yo no he hecho nada. Por ejemplo, la gente lee mi libro y piensa: “Tim no es mejor que yo, así que igual yo también puedo cambiar”.Por desgracia, se necesita tiempo para que los demás se den cuenta de las cosas, por eso la gente no tiene que desesperarse a la hora de hacer el bien. El campesino, cuando siembra, no va al día siguiente a su campo a echarle la bronca a la tierra y a pedirle que se dé prisa en dar frutos. El amor que se da en este mundo es similar: no es para gente que tiene prisa.”