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Las acusaciones contra la jerarquía de la Iglesia católica por no haber actuado con suficiente energía en los casos de abusos a menores, parecen circunscribir el problema a los límites de la Iglesia. Pero, si realmente preocupa la protección de los menores, habría que exigir responsabilidades en otros variados ámbitos no religiosos.

Firmado por Michael Cook
Fecha: 19 Abril 2010

De: ACE PRENSA.COM

Un prominente abogado australiano-británico especializado en derechos humanos, amén de jurista de las Naciones Unidas, ha sugerido que el Papa sea llevado a juicio por crímenes contra la humanidad ante el Tribunal Penal Internacional.

Geoffrey Robertson esbozó su plan en The Guardian y en varios periódicos australianos. “La definición de crímenes contra la humanidad contemplada en el Estatuto del TPI incluye la violación y la esclavitud sexual, así como otros actos igualmente inhumanos que ocasionen daños a la salud mental o física, cometidos contra civiles, a gran escala o de forma sistemática, si estuvieran aprobados por un gobierno o por una autoridad de facto. La definición ha sido sustentada para abarcar el reclutamiento de niños como soldados o esclavos sexuales. Si los actos de maltrato sexual cometidos por sacerdotes no son aislados o esporádicos, sino que forman parte de una práctica extendida, que no sólo es conocida sino dejada sin castigo por su autoridad de facto, entonces quedan incluidos en el ámbito de la jurisdicción temporal del TPI, si dicha práctica prosiguió después de julio de 2002, cuando el tribunal fue fundado”.

Pero, ¿por qué limitarse al Papa? Sin duda la equidad exige que otros se sienten en el banquillo junto a Benedicto XVI si el maltrato sexual tuvo lugar cuando ellos tenían responsabilidades y no supieron actuar enérgicamente para detenerlo.

Los cascos azules de la ONU

Propongo que el Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki-Moon, y quien le precedió en el cargo, Kofi Annan, sean los primeros en acompañar al Papa. Hace seis años, la ONU anunció una política de tolerancia cero contra perpetradores de abusos sexuales entre sus fuerzas de pacificación. Pero aún sigue forcejeando para conseguir que los estados miembros investiguen y sancionen a sus soldados.

A decir verdad, el subsecretario general de la ONU encargado de operaciones de pacificación, Alain le Roy, declaró en marzo al Wall Street Journal que “todo este asunto es mi mayor dolor de cabeza y el mayor peso que llevo en el corazón”. El abuso sexual lleva años produciéndose en enorme escala. Han sido abundantes las alegaciones hechas contra tropas en misión de pacificación en Haití, Camboya, África Occidental y Kosovo, entre otros lugares.

A lo largo de los últimos tres años, setenta y cinco miembros de las fuerzas de pacificación han sido sancionados por conducta sexual indecorosa. Pero durante la mayor parte del tiempo, las naciones que aportan tropas ni siquiera respondieron a las preguntas de la ONU. El año pasado, sólo catorce de las ochenta y dos peticiones de información fueron atendidas. “Existe un instinto natural que consiste fundamentalmente en echar tierra sobre el asunto”, afirma el príncipe jordano Zeid Ra’ad Zeid Al-Hussein, que en 2005 escribió un informe para la ONU. “Nadie quiere ver su nombre manchado ni su reputación menoscabada, de modo que uno intenta sepultarlo”.

Entre los entrenadores deportivos

Sin ir a lugares tan exóticos, quizá el señor Robertson debería tener en cuenta la posibilidad de acusar al director ejecutivo de USA Swimming, Chuck Wielgus. La ABC Television (en los EE. UU.) emitió una investigación sobre el abuso sexual en el ámbito de la natación federada. El programa descubrió que, a lo largo de los últimos diez años, USA Swimming ha privado de su licencia profesional a perpetuidad a treinta y seis entrenadores (de doce mil) por comportamiento sexual indebido.

La cadena aseguraba que “en algunos casos, los entrenadores de natación resultaron ser depredadores sexuales que podían trasladarse de una ciudad a otra, siempre un paso por delante de la policía, de sus encolerizadas víctimas y de los padres de éstas”.

El señor Wielgus tampoco derrochó precisamente compasión después de ser acosado por la ABC. “¿Creen ustedes necesario que me disculpe ante las víctimas?”, preguntó. “Me parece injusto que ustedes pidan que yo, personalmente o como representante de una organización, me disculpe por algo cuando simplemente tratamos de hacer cuanto nos es posible para crear un entorno seguro y saludable para los chicos que participan en nuestra actividad”. Al menos, Benedicto XVI ha dicho: “Lo siento”.

Tu quoque, el argumento de que puesto que tú también lo hiciste, yo no soy culpable, debe ser el peor de todos. Pero cualquiera que tenga los datos reconocerá que los problemas de la Iglesia Católica no son peores que los de otras organizaciones, y probablemente son menos graves. Un periodista de Newsweek (8-04-2010) ha tenido la brillante idea de preguntar a las compañías de seguros si la Iglesia Católica pagaba primas superiores porque sus empleados representaran un riesgo mayor. La respuesta fue: No y nunca lo ha hecho. “No apreciamos grandes diferencias en el porcentaje de casos entre una confesión y otra”, dijo un asegurador. “La situación es muy pareja en todas las confesiones”.

Me gustaría que el expediente de la Iglesia Católica fuera mucho mejor, pero no se trata de eso. Lo que pasamos por alto cuando se ponen de relieve los defectos de la Iglesia Católica mientras que otras organizaciones escapan a todo escrutinio, es el hecho de que todos nosotros somos espectadores de una crisis de maltrato a menores que ya dura décadas.

En colegios alemanes no religiosos

Este extremo salió dolorosamente a la luz esta misma semana en Alemania, cuando la directora de un prestigioso internado cuyos alumnos provenían de la élite de izquierdas, el colegio Odenwald, reconoció que durante años, cuando lo dirigía su predecesor, habían tenido lugar abusos sexuales horrendamente ritualistas. La mayoría de los hechos ocurrieron en los años setenta y ochenta.

“Lo que he oído supera por completo cuanto se pueda imaginar”, afirmó la señorita Kaufmann, directora del centro desde 2007. “Simplemente no sé cómo un comportamiento de esa clase pudo continuar sin que los profesores no se enteraran”. El colegio, por cierto, no era un centro religioso en absoluto.

Como de costumbre, las quejas fueron ignoradas por la policía y los medios de comunicación. El caso se puso de manifiesto por primera vez en 1999 en el Frankfurter Rundschau, pero los demás periódicos no se hicieron eco.

El intrigante aspecto de tan sórdidos relatos, que parecen ser mucho más subidos de tono que cualquier cosa que haya sucedido en instituciones católicas, es su vinculación con la experimentación sexual de los años sesenta y setenta. El Irish Times, que fue el único periódico importante de lengua inglesa que se ocupó de la noticia, afirma que los profesores “se veían a sí mismos como revolucionarios” que estaban iniciando a sus alumnos en la revolución sexual de los años setenta.

“Se sugería a los alumnos que el respetado director los comprendía muy bien y que incluso era una señal de reconocimiento mostrar cariño mutuo”, escribió la autora Amelie Fried, antigua alumna, en el periódico Frankfurter Allgemeine. “Los alumnos nos sentíamos felices de poder explorar nuestra sexualidad en un ambiente libre de toda angustia. Que algunos profesores utilizaran esta libertad como tapadera para sus agresiones sexuales es un escándalo”.

Explorar la sexualidad

Explorar la sexualidad en un ambiente libre de toda angustia” es una filosofía que no ha muerto. En realidad, es el aire que respiramos. El escándalo, completamente justificado, que provoca la pedofilia se centra sólo en los adultos que abusan de niños. Los menores que abusan de otros menores –en un entorno exento de coacción– son un fenómeno tan corriente en las sociedades occidentales que ni siquiera se considera abuso.

Pero, ¿qué es la práctica sexual generalizada entre adolescentes más que abuso sexual? ¿Cómo pueden los jóvenes menores de 16 años prestar consentimiento verdaderamente informado cuando no son capaces de comprender que esos momentos de “exploración de la sexualidad” podrían dejarles marcados para el resto de su vida?

La pedofilia es justamente despreciada y temida por la desigualdad de poder que existe entre el niño y el agresor. Pero, ¿qué ocurre si el niño consiente? ¿Cambia eso la moralidad de la acción?

Examinemos dos ejemplos de lo anterior. El primero proviene de 1977, cuando el periódico francés Le Monde publicó una carta abierta firmada por sesenta y nueve intelectuales franceses, entre ellos, Jack Lang, futuro ministro de cultura y de educación, y Bernard Kouchner, futuro ministro de sanidad y presidente de Médicos sin Fronteras, junto a lumbreras como Jean-Paul Sartre, Gilles Deleuze y Roland Barthes. Los firmantes protestaban contra el encarcelamiento de tres hombres acusados de mantener relaciones sexuales sin violencia con niñas de trece y catorce años.

¿Qué tiene eso de malo, preguntaban los intelectuales? Los firmantes señalaban “el carácter anticuado de la ley frente a la realidad cotidiana de una sociedad que tiende a reconocer la existencia de una vida sexual en los niños y en los adolescentes”. Si las niñas de trece años tienen derecho a conseguir la píldora, también les asiste el derecho a mantener relaciones sexuales con quien quieran.

¿Qué edad de consentimiento?

El segundo caso es de este mismo año; nos lo brinda Huffington Post, la popularísima web que ha publicado virulentos ataques contra la Iglesia Católica a causa de la crisis de la pedofilia. El 1 de enero, tan estimable publicación recogía un artículo, “Aceptar la sexualidad adolescente: Reconsideremos la edad de consentimiento”.

Su autor, el bioético Jacob M. Appel, argumentaba: “Estas draconianas y puritanas leyes [sobre el consentimiento] son en gran medida el producto de una cultura política conservadora que ha transformado la lucha contra los abusos deshonestos que sufren los niños, en una guerra, en toda la extensión de la palabra, contra la sexualidad adolescente.

Vivimos ahora en un medio moral tan tóxico y confuso que tachamos indiscriminadamente de “delincuentes sexuales” tanto a adolescentes que intercambian fotos de desnudos como a clérigos que violan a niños que están aprendiendo a andar. Un primer paso para invertir esta locura -y proteger realmente la salud y la seguridad de los adolescentes- sería revisar a la baja la edad de consentimiento…”

¿Hasta dónde bajaríamos? “Si la edad de consentimiento debería ser dieciséis o quince años, o incluso un año menor, es una cuestión compleja que nuestra sociedad tiene que tratar”. Pero si la edad de consentimiento fueran los catorce años, ¿no es eso básicamente una legalización de abusos de menores? (1).

Todos los indicadores señalan que la crisis de los abusos sexuales dentro de la Iglesia Católica está disminuyendo paulatinamente ahora que el Papa y los obispos están endureciendo sus posturas y los sacerdotes tienen una visión más clara de la auténtica sexualidad cristiana.

Pero nadie está preparándose para la próxima crisis de pedofilia cuando los adolescentes de 2010, rebosantes de sexo, alcancen los treinta y cuatro años y piensen que deberían seguir divirtiéndose con los que tienen catorce.

(1) N. de la R. En España la edad de consentimiento sexual es 13 años, una de las más bajas de Europa, donde lo más normal son los 15-16 años.

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La versión original –más amplia– de este artículo fue publicada en http://www.mercatornet.com con el título: “Should the Pope be tried for crimes against humanity?”.