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Firmado por José M. García Pelegrín
Fecha: 24 Abril 2010

De: AcePrensa.com

Colonia. La dimisión del obispo de Augsburgo, Walter Mixa, en el contexto del debate público sobre los abusos a menores, plantea varias cuestiones. A Mons. Mixa se le acusaba de “malos tratos físicos” a niños de un orfelinato (y no “internado católico” como han afirmado algunos medios) en los años setenta, cuando era párroco en la pequeña ciudad bávara de Schrobenhausen.

Después de haber negado cualquier mal trato físico, unas semanas después reconoció en una entrevista con Bild am Sonntag haber dado “algún que otro cachete (“die eine oder andere Watsche”); y añadía: “En aquel entonces, eso era algo completamente normal, como saben todos los profesores y alumnos de esa generación” (16 de abril). Pero lo que le han achacado los medios no han sido los hechos en sí ―y si eran algo normal o no en su época― sino el haberlo negado en un principio, para acabar reconociéndolo más tarde.

Poco después (el 19 de abril), saltaban a los titulares presuntas “irregularidades” en la contabilidad de la Fundación del Orfanato de Schrobenhausen: en la época en que era párroco y miembro del Consejo de Administración de la Fundación, Mixa habría firmado varios recibos sobre ciertas cantidades de dinero (se habla de un total de unos 7.000 euros) en los que se sospecha de “uso de fondos de la Fundación contrarios a sus estatutos”.

Respecto de estas “irregularidades financieras”, sobre las que está investigando el Ministerio Fiscal, el corresponsal del diario Die Welt en Roma, Paul Badde, reproducía en un artículo del 23 de abril, una conversación mantenida con un “experimentado monseñor del Vaticano”, que deseaba permanecer en el anonimato: le “sorprende que esas acusaciones no se presentaran cuando Mixa fue nombrado obispo: Mixa no estaba solo; el Consejo de Administración de la Fundación tenía que saber de esas actividades, pues es el que controla todas las salidas de dinero. Además, hay un auditor que hace lo mismo. Todo esto tenía que haber salido entonces a la luz. ¿Por qué ahora?”.

Un obispo con enemigos

Por ello, dicho monseñor no duda de que en este caso, cierta oposición en la diócesis ha facilitado esos datos a los medios. Está claro que esa “campaña” viene preparada desde hace tiempo: “Para conseguir esas informaciones, tanto respecto de las cuestiones financieras como de los presuntos malos tratos, se precisaron investigaciones complejas. ¿Quién está interesado en ello?”.

Aunque no se pueda dar ―al menos aún― una respuesta a esta cuestión, lo que es cierto es que a Mixa no le faltan enemigos, por ser uno de los obispos que con mayor claridad hablan. Como muy tarde desde que el obispo Mixa, en febrero de 2009, comparó el aborto con el holocausto, “se la tenían jurada” tanto los medios como algunos políticos.

Según informaba el semanario Der Spiegel el 27-02-2009, no solo respondió indignado a dicha comparación el secretario de comité central de los judíos en Alemania, Stephan Kramer, sino en particular también la Presidenta del partido “Los Verdes” Claudia Roth, que calificó las palabras de Mixa de “hipoteca grave para todos los católicos que buscan la reconciliación entre judíos y cristianos”. Ahora, en una entrevista con el mismo semanario (23 de abril de 2010), Claudia Roth comenta la dimisión del obispo de Augsburgo con las siguientes palabras: “Ya desde que era Obispo Castrense, Mixa ha actuado de un modo ultraconservador, y además a voz en grito. Siempre se ha presentado como un obispo políticamente combativo; por tanto, Mixa no debía sorprenderse de las correspondientes reacciones”.

Se pierden las proporciones

Pero lo más tristemente aleccionador del “affaire Mixa” es que se ha llegado a un momento del debate en el que todo se mezcla: desde un “cachete” hasta abusos sexuales. A este respecto, Jan Fleischhauer comentaba en Der Spiegel (22 de abril): “El debate sobre los abusos ha alcanzado un estado en el que simplemente preguntar por las proporciones se considera como una minimización, y la pregunta se vuelve contra el que la plantea. Se ha perdido toda visión de conjunto: ¿cuántas personas han sido realmente víctimas de la Iglesia: son miles o ya decenas de miles? ¿Dónde se traza el límite entre un comportamiento incontrolado, desagradable pero leve, por un lado, y un delito escandaloso, por otro lado? Tal y como se mantiene el debate hay que decir que ese límite se difumina cada vez más”

Este debate, dice Fleischhauer, favorece que “cualquier agravio o reprensión” salga a la opinión pública. “Esa inflación de las narraciones de las víctimas conduce a una latente devaluación de los auténticos casos de abusos sexuales, que sin duda los ha habido en un número vergonzoso: donde todo tiene el mismo valor, la persona individual no cuenta. Al mismo tiempo se reducen las exigencias para calificar un comportamiento como humillante o incluso como un abuso. En los años setenta, una bofetada en clase era aún un desliz; hoy puede ser ocasión de una larga terapia. Lo malicioso de ese modo de llevar el debate es la imprecisión de muchas acusaciones, por lo que es impredecible el resultado del procedimiento. No pocos son de la opinión de que Mixa no habría dimitido si hubiera reconocido algún que otro ‘cachete’ inmediatamente ―unido a unas palabras de petición de perdón―”.

Imprecisión del debate

Esta imprecisión del debate resulta realmente llamativa. Por ejemplo, en el caso de abusos más sonado ―hasta que la dimisión de Mixa lo ha reducido a un segundo plano―, el del internado católico de Ettal, resulta prácticamente imposible trazar ese límite. Cuando el abogado Thomas Pfister, encargado oficialmente con la investigación en el internado de Ettal, presentó su informe, dijo (según informa el diario Die Welt del 13 de abril): “Mis investigaciones han dado como resultado inequívoco que en el monasterio de Ettal, durante decenios y hasta aproximadamente 1990, se maltrató brutalmente, se atormentó sádicamente a niños y adolescentes y también se abusó sexualmente de ellos”.

Mientras que todavía no está claro si se publicará el informe final de Pfister, antiguos alumnos de Ettal ponen en duda que sea veraz. Ulrike Schramek, antigua alumna del internado y casada con otro antiguo alumno, terminó sus estudios en Ettal en 1984, por lo que muchos de los casos incriminados se debieron de producir en la época en que ella estudió allí. Schramek critica que a “Thomas Pfister no le importa si lo que dice a la opinión pública es cierto o no”, según declaró también a Die Welt el 13 de abril.

Por ejemplo, Pfister se refirió a que uno de los religiosos había hecho comer salamandras vivas a alumnos. “Eso es mentira —dice Schramek—; como mucho se trataría de una prueba de coraje”. Y continuaba, dando en el clavo de la cuestión: “Quien habla al mismo tiempo de salamandras y abusos sexuales, degrada a las víctimas de los actos auténticamente graves”.