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De: La Mirada de Ulises
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Pensando en una película que tratase la Pasión de Cristo, me he decantado por el trabajo que hizo Pier Paolo Pasolini en “El Evangelio según San Mateo” (Il vangelo secondo Matteo, 1964). Al abordarla, quiero dejar de lado su aureola de marxista heterodoxo y también su trágica muerte, para centrarme en algún aspecto de esta obra maestra y entender mejor el alma de este poeta y artista único, honesto y sensible como pocos, ser solitario e insobornable hasta el extremo de ser criticado a la vez por comunistas y por católicos, y certero entomólogo de la condición humana a partir de unas fuentes literarias que tradujo en imágenes llenas de plasticidad. Su voluntad era estar cerca de la realidad y especialmente del hombre en su propio marco geográfico: le interesaba lo humano, con sus penas y sufrimientos, con sus injusticias y atropellos, con sus anhelos de felicidad y de trascendencia de lo material.

Por eso, los personajes de este “Evangelio…” son tipos populares y corrientes de la Italia más profunda, con arrugas en el rostro y una mirada perdida en el desencanto, con una vida dura a sus espaldas y necesitados también de una esperanza… que alguien les da ahora desde el Monte de las Bienaventuranzas. Juan, Santiago o María no son sino el pueblo que aspira a algo más en su dignidad, y que escucha la Buena Nueva de quien la trae con autoridad. Pasolini respira humanidad por los cuatro costados, y cada uno de sus planos fijos encierra la verdad del hombre y también su limitación. No hay artificio ni sueño hollywoodiense, no hay planos secuencia ni travelling aparatosos. Todo es simple y sencillo, desnudo narrativamente y despojado de artificio. Solo le interesa la mirada del hombre que se pone ante la cámara, para penetrar a través de ella en el alma que alienta su espíritu, aunque allá en el fondo encuentre más tristeza y cansancio que alegría y esperanza cristiana.

La fe que recoge Pasolini es verdadera y sincera, pero muy humana y física. No se atisba trascendencia sobrenatural ni espiritualidad que no sea la de la propia humanidad y la que aporta la poesía de la imagen. En los pasajes de la vida pública de Cristo busca al Hombre que habla a los hombres, y su principal milagro es el cotidiano y subjetivo que viven esas clases campesinas en lucha épica contra la adversidad y contra una burguesía vulgar. Desde el pensamiento de Gramsci, idealiza al pueblo y lo enfrenta a su crudo destino, mientras que el Jesús que presenta tiene mucho de justiciero solidario y poco de Dios.

Para entenderlo, es necesario situarse entre los teóricos marxistas y en la Italia del post-Concilio, y enmarcarla en un periodo de especial sensibilización hacia todo lo que fuera un acercamiento del dogma, de la liturgia y de la realidad espiritual al fiel de a pie. Son momentos en que en algunos círculos cristianos de pierde el sentido de lo sagrado y del misterio, o se reduce a una sublimación de lo meramente sensorial, mientras que en otros ámbitos se reivindica la igualdad de derechos mientras que la calle se agita con virulencia. Es el ambiente que respira Pasolini, entre la injusticia social y al ansia de algo más que el individuo siente. Y eso se aprecia en “El Evangelio…”.

Lo que podemos apreciar en la película es un alma sensible y comprometida con el pueblo y el hombre, con los más débiles y necesitados, pero no una realidad divina. Solo hay una religiosidad mítica y épica, pero no divina ni esperanzada. Cada palabra y cada rostro, cada plano y cada escena reflejan el deseo y la nostalgia de lo sagrado, pero nunca el lado misericordioso de Dios Padre ni la humanidad amable de Dios Hijo, ni tampoco la vida cristiana en su verdadera dimensión de Dios entre los hombres. Una planificación limpia y un montaje seco, interpretaciones nada dramatizadas, palabras justas dichas de modo casi recitado y a las que se respeta la propia fuerza que encierra su mensaje sin pretender aportarle nada nuevo, abundancia de primeros planos y de miradas profundas y suspendidas en el silencio, algunas modas estéticas propias de la época como el zoom, y una música de Bach o Mozart que subliman el arte y el misterio hasta convertirlo en religión poética.

Pero si “El Evangelio…” de Pasolini era solo el reflejo de su alma idealista y nostálgica, también lo era de un hombre honesto que sólo quiso estar cerca del hombre de la calle, tan alejado de posturas oficialistas del marxismo como del catolicismo. A algunos les resultará insuficiente y empobrecedora esa visión humanizada y de tejas abajo de la Pasión de Cristo, otros la considerarán libre de prejuicios ideológicos laicistas y por tanto digna de consideración, y todos admirarán la belleza de unas imágenes sin trampa ni cartón, sin fe ni aliento divino pero con la honda sensibilidad de quien sentía la preocupación de un hombre que se autodestruía a manos del consumismo.