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Por Adolfo Orozco
21 de mayo de 2010
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En su viaje a Portugal, el Papa Benedicto XVI ha vuelto a poner el dedo en la llaga sobre algunos aspectos de la cultura actual. Hablando en el Centro Cultural Belém en Lisboa, ante numerosos representantes del mundo de la cultura y las artes ratificó el deber de la Iglesia de dialogar con la cultura en la defensa de los valores permanentes humanos y trascendentes.

El Papa recordó que la Iglesia debe mostrar la verdad sobre el hombre, entendido en sus dimensiones humana, social y trascendente. Afirmó: “La Iglesia aparece como la gran paladina de una sana y alta tradición, cuya rica contribución pone al servicio de la sociedad” pero ésta (la sociedad) “sigue respetando y apreciando su servicio al bien común, pero se aleja de esta “sabiduría” que forma parte de su patrimonio”.

Este “conflicto” entre la tradición y el presente “se expresa en la crisis de la verdad”, comentó y, en mi opinión, éste es uno de los grandes problemas de la cultura actual, en el mundo y en México. El concepto de “la verdad” objetiva se ha ido desdibujando y está siendo suplantado paulatinamente por “las verdades” subjetivas. Se está volviendo un lugar común hablar de que “cada quien tiene su propia verdad” y todos tienen derecho a ella, ignorando o confundiendo así el concepto real y profundo de los hechos naturales y las realidades trascendentes.

Si bien hay aspectos en los que es natural y respetable que cada quien tenga su propia opinión, como por ejemplo, si va a llover mañana o no va a llover mañana, hay otros aspectos de la vida en que una posible diversidad de opiniones no es aceptable, como el que dos más dos son cuatro, y si no, que lo digan las amas de casa que van al mercado en caso de que el dependiente quiera dar mal el cambio.

Pero refiriéndonos a aspectos más trascendentes, en la sociedad actual se pierde el concepto de verdad y así para muchos es lícito considerar que el embrión humano no es un ser humano “según su opinión” a la que según ellos “tienen derecho” y por lo tanto pueden manipularlo, cortarlo, congelarlo o venderlo como un producto comercial.

Igualmente, los pos-modernistas consideran que las sociedades crean sus propias leyes y así en la “Sociedad Ecológica” es más importante defender a los árboles, los perros y las focas que los embriones humanos. Igualmente, este ataque a la verdad lleva a buscar intencionalmente confundir a la sociedad al llamar con el mismo nombre a cosas o situaciones que son esencialmente diferentes, como es el caso de los “matrimonios homosexuales”. En este caso se comete además de un atentado a la verdad, a la lógica y a la justicia.

El matrimonio surgió como un resultado natural de la evolución de la sociedad humana, y se convirtió en una institución social defendida y protegida por todas las legislaciones de las más diversas sociedades. Es la unión de un hombre con una mujer con la finalidad de la procreación para la conservación de la especie. Aunque tiene desde luego otros elementos, como la convivencia y la complementariedad, el elemento básico y esencial es de la procreación. El llamar entonces a la unión de dos homosexuales “matrimonio” es un atentado a la razón y a la verdad.

Regresando al mensaje del Papa a los intelectuales portugueses, reconoció que la Iglesia debe convivir con otras formas de cultura y dialogar con ellas en el respeto a aquellas “otras verdades” que van generando otras comunidades en una búsqueda natural y honesta de la verdad trascendente. “En este respeto dialogante se pueden abrir nuevas puertas a la transmisión de la verdad”, nos dijo en su mensaje.

De lo anterior debemos concluir que si bien debemos estar abiertos al diálogo con otras culturas o formas de ver, vivir y analizar la realidad, sin negar ni ocultar nuestras concepciones propias y exponerlos en forma firme y respetuosa en defensa de la verdad objetiva y trascendente, también debemos ser firmes en el rechazo a los intentos de infundir en la sociedad conceptos y modos de vida contrarios a la justicia y a la razón y a defender la dignidad de la persona humana contra los ataques que quieren reducirla a la categoría de “cosa”, desde el momento de la concepción.