>Se supone que la ciencia y la religión son antagonistas.

La historia muestra algo más complicado. El hecho de que muchos científicos incluyan a Dios en su modelo del cosmos no debería ser muy sorprendente. Durante mucho tiempo, la religión y la ciencia han sido — alimentándose y compitiendo entre sí— hermanas más que adversarias en la búsqueda humana del entendimiento.

Sólo en Occidente, y únicamente después del siglo XVIII, durante el Siglo de las Luces francés, los devotos de la ciencia y la religión se separaron en campos ideológicos distintos. Y sólo en el siglo XIX, después de Darwin, se elevó la supuesta irreconciliación entre “Dios” y “ciencia” a la categoría de mito cultural.

La historia muestra algo más complicado. En el mundo antiguo, el mito religioso invistió a la naturaleza y al cosmos con emanaciones y poderes divinos. Pero este panteísmo celestial no impidió la observación de los cielos ni los cálculos matemáticos complejos. En el año 1400 antes de Cristo, los chinos ya habían establecido un año solar de 365 días. En la India se formuló el sistema decimal. La antigua Grecia nos dio la geometría euclidiana, el mapa del sistema solar de Tolomeo y la clasificación aristotélica de los organismos vivos, la que sirvió a los biólogos hasta Darwin.

Pero ninguno de estos avances perturbó seriamente los puntos de vista más amplios de la religión. Los budistas, por ejemplo, no mostraron interés en investigar la naturaleza, ya que era efímera y, en el fondo, una ilusión. El Islam logró grandes adelantos en álgebra, geometría y óptica, así como en filosofía. Pero los eruditos musulmanes dejaron los misterios de la física —el movimiento, la causalidad, etc.— al poder de Alá y a los aforismos de Aristóteles, cuyas obras fueron recuperadas y transmitidas al Occidente cristiano.

La Biblia, por supuesto, tiene su propio “mito” de la creación, y es esa misma versión la que llevó a los científicos a darse cuenta de que la naturaleza tenía que ser descubierta empíricamente y, de esa manera, fomentó el desarrollo de la ciencia en el Occidente cristiano. El universo creado por un Dios racional tenía que ser racional y consistente, algo que los griegos ya sabían. Sin embargo, un universo creado a partir de la nada, como se describe en el Génesis, también tenía que ser accidental. Dicho de otro modo, podría haber sido algo distinto a lo que fue.

Gradualmente, los científicos llegaron a la conclusión de que las leyes que gobiernan “ese universo” no podían ser deducidas mediante el pensamiento puro, sino que necesitaban ser descubiertas a través de la experimentación. De esta forma, la ciencia empírica se nutrió de la doctrina religiosa. Cuando se produjo la revolución científica en el siglo XVIII, y los investigadores comenzaron a considerar al mundo como un mecanismo cuyas acciones podían demostrarse a través del método científico, no fue la existencia de Dios la que fue puesta en duda, sino la “geografía sagrada” de Aristóteles, donde la Tierra y los cuerpos celestes eran fijos y eternos.

El cristianismo medieval había imaginado un universo geocéntrico donde la naturaleza sirviera al hombre y la humanidad a Dios. “En cierto sentido, la religión se agotó porque se afincó demasiado en una visión científica particular que luego fue descartada”, dice Owen Gingerich, un profesor de astronomía e historia de la ciencia de Harvard. Primero Copérnico, después Galileo (ayudado por uno de los primeros telescopios) y Kepler, demostraron con mayor precisión que nunca que la Tierra y los otros planetas giraban en torno al sol. Los tres científicos, sin embargo, eran cristianos devotos que defendieron su nuevo punto de vista del mundo como algo digno del Creador.

Pero Copérníco y Kepler fueron denunciados por Martín Lutero por opiniones que él consideró que contradecían a la Biblia, y Galileo fue enjuiciado y condenado a arresto domiciliario por la Inquisición romana. Aunque el Papa Juan Pablo II declaró en 1992 que la Iglesia se había equivocado al condenar a Galileo, el incidente nunca fue un conflicto sencillo entre la ciencia y la religión.

Galileo caricaturizó imprudentemente al Papa en un folleto que publicó. Pero también pudo citar a uno de los propios cardenales del pontífice en su defensa: “La intención de [la Biblia] es enseñarnos cómo se va al cielo, no cómo es el cielo”. En siglos posteriores, sin embargo, las teorías científicas de “cómo es el cielo” determinaron el lugar y el poder de Dios. La “mecánica celestial” de Isaac Newton produjo un dios que diseñó una maquinaria mundial y que de alguna forma la mantenía en movimiento.

Los teólogos aceptaron rápidamente cualquier prueba de la existencia de Dios que la nueva ciencia decidiera dar. El resultado fue un dios disminuido que ocupaba cualquier rincón que la ciencia no hubiera podido iluminar. De esta forma, dice el jesuita Michael Buckley, del Boston College, los teólogos mismos cooperaron en el advenimiento del ateísmo moderno al depender de la ciencia para explicar a Dios. En el siglo XVIII, el astrónomo Pierre Laplace pudo explicar la naturaleza como un mecanismo que se bastaba a sí mismo para funcionar.

En cuanto a Dios, Napoleón dijo: “No necesito de esa hipótesis”. Ni tampoco la necesitó Darwin un siglo más tarde en su teoría de la evolución. Ahora, al final del milenio, la religión y la ciencia están comenzando a hablar, aunque ninguna obedece a la autoridad de la otra. Juan Pablo II consulta con su Pontificia Academia de Ciencias, la mayoría de cuyos miembros son católicos.

Los filósofos de la ciencia examinan las presunciones a menudo ocultas sobre las que descansan las teorías científicas. Los teólogos están descubriendo a un Dios que se resiste a encajar en cualquier teoría simple de cómo funciona el mundo. Y todavía hay seres humanos imperfectos y frágiles que tratan de comprender un universo que produce la incómoda sensación de ser un hogar lejos de casa.