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El Padre Jerzy Popieluszko, un joven sacerdote polaco martirizado por la policía secreta del régimen comunista en 1984, fue beatificado el pasado 6 de junio. El semanario católico polaco “Niedziela” publicó recientemente una entrevista exclusiva concedida por Marianna Popieluszko, la madre del Padre Jerzy. Robert Moynihan, de “Inside the Vatican”, la presenta traducida al inglés. Aquí presentamos nuestra traducción de la versión inglesa.

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¿Le reza a su hijo?

Le rezo a Dios, porque a Él debemos rezar y no a los hombres. Sí podemos pedirle a los santos que intercedan por nosotros.

¿Le ayuda el Padre Popieluszko? ¿Es eficaz su intercesión?

¿Debo contarle a todos cómo me ayuda? Si alguien quiere saber si el Padre Popieluszko ayuda a los hombres, debería empezar pidiéndole que interceda; lo descubrirá por sí mismo.

¿Ha obtenido alguna gracia por medio de la intercesión de su hijo?

Él me ha ayudado más de una vez. Algún tiempo atrás, tuve problemas con mis piernas y tenía que ser operada. Recé en la tumba de mi hijo. El dolor terminó, y fui capaz de cosechar papas en los campos toda la semana.

Recuerdo que algunos años atrás usted dijo que quería vivir para ver al Padre Jerzy beatificado. El día ha llegado finalmente. ¿Está feliz?

Siempre estoy feliz. Siempre debemos estar felices, si las cosas van bien o si van mal. Dios sabe qué es lo mejor para el hombre. Si he vivido para ver a mi hijo beatificado, significa que Dios quería que pudiera. La beatificación del Padre Jerzy es importante porque aquellos que derramaron lágrimas, se regocijarán. Yo me separé de mi hijo con lágrimas, ahora lo veré de nuevo con gozo.

¿Cuál es la más significativa de las enseñanzas de su hijo?

“Vence el mal con el bien”. Si la gente pusiera en práctica estas palabras, estarían mejor; y si la gente está mejor, el mundo también estará mejor.

Usted es la madre de un santo. ¿Qué fue lo más importante en la educación de su hijo?

Siempre recordé a mis hijos que dijeran: “Que Jesús sea alabado”. Cuando entro en una Iglesia, mi corazón se regocija y exclamo: “Que Jesús sea alabado”. El Padre Jerzy sabía que el Señor es lo más importante en la vida.

¿Cómo aprendió Jerzy a rezar?

Cuando niño, solía rezar en casa, con todos nosotros. Solíamos rezar juntos. Los miércoles rezábamos frente a la imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en la cocina, los viernes frente al Sagrado Corazón de Jesús, los sábados frente a la Virgen de Czestochowa. Era siempre así. En otras palabras, mi hijo recibió la primera lección de oración en casa. Pero todo lo que había de bueno en él, era un don de la gracia de Dios. En fin, Jesucristo era importante para él. Como niño solía construir pequeños altares y jugar con estampas, y construir pequeñas capillas a las que llevaba flores; incluso se vestía como un sacerdote. Cuando se hizo monaguillo tenía una casulla corta, ¡pero él quería una larga! Vivía de estas cosas.

¿Iba a la Iglesia todos los días cuando era monaguillo?

Sí, en cualquier clima, en cualquier estación. Se levantaba a las cinco de la mañana todos los días para ir a la Iglesia y caminar cuatro kilómetros cruzando el bosque desde Okopy hasta Suchowola. Como monaguillo jamás se perdió la Misa, ni siquiera una vez. Nunca se quejaba de estar cansado. Nunca lo hizo: él era así.

¿Y cómo era Jerzy de niño?

Era un buen chico. Nunca tenía que reprenderlo. Me obedecía en todo lo que le pedía que hiciera. Ya desde la niñez era claro cómo era él. Por ejemplo, amaba a la personas, le atraía el prójimo. Una mujer anciana vivía al lado nuestro; ella llevaba a pastar a sus vacas cada día. Él la solía acompañar para conversar. Incluso cuando, como seminarista, volvía a casa, siempre visitaba a esta mujer. Por otra parte, yo le repetía: “El amor a Dios y al prójimo es lo que nos conduce al Cielo”.

En la vitrina de la Sala de la Memoria dedicada al Padre Jerzy en Suchowola, hay un libro que él recibió como premio que lleva la siguiente dedicatoria: “Por el desempeño escolar, 9 de enero de 1955” ¿Siempre le iba bien en la escuela?

Recuerdo en particular el tiempo en el que se estaba preparando para su Primera Comunión; él era un estudiante muy aplicado. Era paciente, constante y trabajador. El párroco me dijo: “Señora, su hijo es muy talentoso, puede llegar a ser muy bueno o muy malo, depende de cómo sea criado”. Lo crié lo mejor que pude, enseñándole a no mentir. Él sabía que en casa no había lugar para la falsedad, que no debía robar ni siquiera una pera de un árbol en el camino.

Un maestro un día la citó, pidiéndole que reprendiera a su hijo…

Quería informarme que Jerzy pasaba demasiado tiempo rezando el Rosario en la iglesia. Era verdad que, después de la escuela, él iba a la iglesia y rezaba el Rosario, todos los días. Pero el maestro trataba de intimidarnos, amenazando con bajarle las notas por su conducta. Le contesté que había libertad de culto en Polonia y que todos podían hacer lo que quisieran (el Espíritu Santo me debe haber inspirado en ese momento). Al final, no le bajaron las notas por conducta, aunque siempre iba a la iglesia para el Rosario.

¿Sentía que su hijo sería sacerdote?

Había pedido a Dios que me concediera esta gracia. Había rezado para ser madre de un sacerdote. Incluso cuando estaba embarazada de él, lo ofrecí a Dios. No sé si por esto se hizo sacerdote. No sé si Dios me escuchó a mí o a algún otro…

¿Qué quiere decir con que ofreció su hijo a Dios?

Poco antes que naciera, simplemente lo ofrecí a la Virgen María.

La decisión de su hijo de entrar al seminario, ¿la daba por descontado o le llegó como una sorpresa?

Me sorprendió. Dios me había concedido la gracia. La vida es así: Dios concede una gracia, y si uno la acepta, caminará en sus pisadas.

¿Recuerda el momento en que Jerzy le dijo que quería ser sacerdote?

Sí, después de los deportes al finalizar el tiempo escolar, fue al Seminario de Varsovia a entregar sus documentos. En aquella ocasión subía a un tren por primera vez, pero no se perdió. Creo que eligió el Seminario de Varsovia porque era el más cercano a Niepokalanów (un pueblo no muy distante de la capital de Polonia, cuyo nombre significa “pueblo de la Inmaculada Concepción”; allí el Padre Maximiliano Kolbe estableció una importante comunidad franciscana). Estaba profundamente ligado a este lugar, quizá porque cuando pasaba el tiempo con su abuela, había encontrado muchos números de la revista “Rycerz Niepokalanej” (“El Caballero de la Inmaculada”). Los tenía con él y siempre los hojeaba. En ese entonces deseaba ir a Niepokalanów. Hablaba mucho del Padre Kolbe: lo consideraba como un ejemplo.

Recuerdo que, cuando vino a casa, trajo imágenes y diapositivas del Padre Maximiliano. Mostró las diapositivas a todas las personas de la aldea que se reunieron en nuestra casa para la ocasión. Contó de su vida, y se emocionó cuando habló de su arresto, su prisión y martirio en el campo de concentración. Era muy sensible. Fui muy feliz cuando fue ordenado sacerdote y recé todo el tiempo para que permaneciera fiel a Dios, ya que esto es lo más importante en la vida.

¿Volvía poco a casa mientras estudió en el Seminario?

Usualmente venía a casa cuando estaba en vacaciones. Nos ayudaba con la cosecha y con la construcción del granero. Lamentablemente era propenso a enfermarse, en particular porque había sido operado de tiroides después del servicio militar. Su salud había empeorado en el ejército. Sufrió mucha injusticia, aunque nunca nos contó nada, nunca se quejó. Él era así. Después de su muerte, sus compañeros soldados nos contaron del abuso que había sufrido. Un día fue forzado a permanecer descalzo en la nieve, porque se había negado a entregar su Rosario. Después de terminar sus estudios, venía a casa menos aún.

Un día me dijo: “Mamá, tienes muchos niños y cuidas de ellos. Yo tengo muchos más y tendré que dar cuenta a Dios de ellos”. La última vez que vino a casa me dejó su sotana diciendo: “La llevaré la próxima vez. De lo contrario, tendrás un recuerdo mío”. La he conservado hasta ahora.

¿Tuvo usted miedo mientras él sirvió como sacerdote en Varsovia?

Sí, lo tuve, como una madre. Pero, ¿qué podía hacer? Él sabía qué hacer, nosotros no. Por otro lado, si había dado a mi hijo a la Iglesia, no podía volver a tomarlo. Si Dios lo había llamado a servir a la Iglesia, él no podía servir a su familia. El Padre Jerzy no decía lo que hacía en Varsovia. Pero yo sabía que la policía secreta lo seguía, incluso cuando regresaba a casa con nosotros. Él no quería que le sacaran fotografías (“¿Por qué tanto alboroto conmigo?”, decía). Era valiente, de otro modo no habría tomado ese curso y corrido tantos riesgos. Era fuerte, aunque físicamente débil. Sabía que había elegido servir a Dios y que Le sería fiel hasta el fin.

Después del funeral de su hijo, usted declaró que los que lo asesinaron no habían peleado contra él, sino contra Dios…

Sí, lo hice, porque ellos no apuntaron a Popieluszko sino a la Iglesia. Su muerte seguirá pesándome mientras viva. Es un gran dolor. Es una herida que no sanará, es imposible de olvidar. Pero no condeno a nadie. Dios los juzgará un día. Pero sería feliz si para entonces se hubieran convertido.