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De: Luis Antequera
Religionen libertad.com

E
n el diario Libertad Digital del pasado 22 de junio, y sobre el tema que da título a este artículo, realiza el historiador Pío Moa la siguiente afirmación:

“El hecho, como todo el mundo debiera saber a estas alturas, es que la España franquista salvó por lo menos a unas 20.000 posibles víctimas del Holocausto, y aunque no sentía ninguna simpatía por la mayoría de los judíos, nunca llevó esa aversión a una política de exterminio ni de colaboración con el exterminio nacionalsocialista”.

En dicho artículo, rebate Moa al historiador Martínez Reverte, el cual, afirma Moa, “ha vuelto a la carga con un artículo donde afirma que los franquistas elaboraron una lista de 6.000 judíos residentes en España con la presunta intención de entregárselos a Himmler para su exterminio”.

Como yo, evidentemente, no soy un experto sobre el comportamiento del Régimen con los judíos durante la terrible Shoah pero el tema me atrae, y mucho, he hecho lo que se ha de hacer al concurrir dos circunstancias tan interesantes cuando se dan juntas, a saber, recabar información de quien sabe más que uno. Y la he encontrado, ya lo creo que sí, en dos libros, escritos ambos por autores en modo alguno sospechosos de complicidad o simpatía alguna ni para con la figura de Franco, ni menos aún para con su régimen, se lo aseguro.

El primero se titula Franco y el Holocausto y, editado por Marcial Pons, está escrito por el alemán Bernd Rother, miembro del centro Moses Mendelssohn de estudios judíos europeos de Potsdam e investigador en la Fundación Willy Brandt, en 2001. Pues bien, en su obra y sobre el tema que nos ocupa, puede leerse lo siguiente:

“Hagamos balance con España. Entre 20.000 y 35.000 judíos pudieron pasar la frontera española (legal o ilegalmente) como refugiados
[…] En Francia, entre 1943 y 1944, España reconoció a unos 500 judíos como ciudadanos españoles […] En Grecia vivían al comienzo de la guerra unos 700 judíos españoles. De éstos, 367 fueron repatriados [a España se entiende] En Hungría se protegió a unas 3.500 personas; ninguna de ellas era de nacionalidad española (pág. 408)

Poco antes, en el mismo libro, había afirmado su autor que el famoso diplomático español Sanz Briz, declarado Justo entre las naciones por el Yad Vashem en reconocimiento a su papel en el rescate de judíos húngaros, “sostuvo en 1964 que Franco, después del derrocamiento de Horthy [el dictador húngaro filofascista derribado en 1944], le había encargado a través del Ministerio de Asuntos Exteriores salvar a tantos judíos como fuese posible” (pág 370).
Y también lo que sigue:

“A finales de diciembre de 1942, el rabino Maurice Perlzweig
[a quien por cierto, en la pág. 395 define Rother como “liberal de izquierdas”] presidente del Comité Político del Congreso Mundial Judío (CMJ) y de su sección británica, se dirigió en Nueva York por primera vez a [el embajador español] Juan de Cárdenas […] Después de un agradecimiento introductorio al Gobierno español por la entrada de miles de refugiados judíos, el CMJ solicitaba autorización para enviar paquetes de víveres de las comunidades de Sudamérica a los refugiados en España” (pág. 384).

En un debate en la Northwestern University Chicago transmitido por radio a todo Estados Unidos el 9 de mayo de 1943, dos años antes de que finalizara la Guerra Mundial, el mismo rabino declaraba sobre el auxilio franquista a los judíos:

“A pesar de que lo digo con renuencia
[desconozco la versión original, pero me da la impresión de que habría sido más correcto traducir “con pena”], países como Suiza o España […] en proporción a sus recursos y poblaciones, han hecho una gran labor, mejor que la de Gran Bretaña y los Estados Unidos” (pág. 385).

El segundo libro que les propongo es un clásico del tema. Está escrito por el judío nacido en Viena Haim Avni, cuya aversión por el régimen es mayor aún, si cabe, que la de Rother. Se titula España, Franco y los judíos, está escrito en 1974 y ha sido editado en español por Altalena. Pues bien, en él se realizan afirmaciones como las siguientes:


“Se puede calcular que se salvaron pasando por España durante la primera mitad de la guerra unos 30.000 judíos”
(pág. 89).

Llamo la atención de mis lectores sobre el hecho de que este período de la guerra, su primera mitad, es aquél en el que todo apuntaba a que Alemania sería el vencedor de la misma. Lo que señalo para todos aquéllos que pudieran sucumbir a la tentación de pensar que la política de salvamento judío del régimen fue una política oportunista realizada al final de la guerra, cuando todo aseguraba que Hitler la perdería.

Señala también Avni:


“El número de judíos salvados en España durante 1944 puede llegar a lo sumo a 1.500, y por tanto, entre el verano de 1942 y el otoño de 1944, el máximo será de 7.500”
(pág. 123).

“El número total de judíos salvados como consecuencia de la protección española en Hungría, Bulgaria y Rumanía fue de unos 3.000. A esta cifra hay que añadir los 235 súbditos españoles de Atenas que se salvaron por medio de la protección que Sebastián Romero Radigales, en nombre de España, les proporcionó de manera desinteresada”
(pág. 172).

Una suma que arroja un balance total de 40.735 judíos salvados por el régimen.

Por lo que se refiere a la actitud de Franco ante el Holocausto judío, determinados historiadores que hacen prevalecer su antipatía por el régimen sobre su autoestima como investigadores, lo han intentado todo: desde el impostado silencio, hasta, -lo más fino concebido hasta la fecha-, presentar la acción como producto del trabajo de unos diplomáticos lunáticos que actuaban al margen de un régimen que, a pesar de su despotismo y su omniubicuidad de la cual se muestran esos historiadores como sus más entusiásticos defensores, no se enteraba de lo que ocurría ni en sus fronteras ni en sus embajadas.

La realidad, mucho me temo, está mejor relacionada con lo que afirma Pío Moa, y con él historiadores nada sospechosos de franquistas como Bernd Rother o Haim Avni, que con lo que muchos otros, entre los cuales Martínez Reverte, defienden al confundir, por un lado, los hechos históricos con los que a ellos les gustarían que hubieran ocurrido, y por otro, la Historia con sus mejores fantasías animadas.