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Por Sandro Magister

Lo ha querido el Papa Ratzinger, con el nombre de “patio de los gentiles”. Lo inaugurará su ministro de cultura, el arzobispo Ravasi. Será un espacio de diálogo con los que están alejados de Dios, primer acto de un más amplio proyecto de nueva evangelización.

ROMA, 24 de junio del 2010 – Mientras la magistratura italiana destapa los negocios de la congregación para la evangelización de los pueblos, en los años en que su prefecto era el cardenal Crescenzio Sepe, en el Vaticano está por nacer una nueva – más sobria – oficina dedicada a otro tipo de evangelización: no en las tierras de misión, sino en los países de antigua cristiandad en los que la fe se ha visto debilitada o ha desaparecido.

La idea no es del todo nueva. Después del Concilio Vaticano II fue creado, y duró algunos años, un secretariado para los no creyentes, confiado entonces al cardenal austriaco Franz Kõnig. Ahora eso vuelve a brotar en la forma más sólida de un consejo pontificio. Benedicto XVI lo discutió con algunos cardenales: de Ruini a Scola, de Bagnasco a Schönborn. Un “motu proprio” establecerá la fisonomía del dicasterio y sus competencias.

Pero mientras tanto algo de concreto ya se mueve con la misma finalidad de dialogar con los que no tienen fe, por obra de un consejo pontificio ya en función desde hace tiempo, el de la cultura, presidido por el arzobispo Gianfranco Ravasi.

La iniciativa tiene el nombre de “Patio de los gentiles”. La idea y al fórmula son de Benedicto XVI, que las lanzó el 21 de diciembre del 2009, en el discurso con el que dio los saludos navideños a la curia romana.

La idea del Papa Joseph Ratzinger – según el cual la cuestión de Dios es la “prioridad” del pontificado – es la de abrir un diálogo sistemático con los hombres que están más alejados de Dios, para que vuelvan a acercársele “al menos como Desconocido”.

En cuanto a la fórmula “Patio de los gentiles”, Benedicto XVI la ha tomado de los Evangelios, de la página en la que Jesús bota a los mercaderes del templo.

Hoy que la magistratura italiana empuña la escoba contra el hacer negocio de la vieja curia vaticana, causa más impresión repasar las palabras con las que el Papa explicó su proyecto, el pasado 21 de diciembre:

“Me viene a la mente la frase que Jesús cita del profeta Isaías, es decir, que el templo debería ser una casa de oración para todos los pueblos (cfr. Is 56, 7; Mc 11, 17). Él pensaba en el llamado patio de los gentiles, del que expulsó negocios extraños para que fuese el espacio libre para los gentiles que querían rezar allí al único Dios, aun cuando no podían tomar parte en el misterio, a cuyo servicio estaba reservado el interior del templo. Espacio de oración para todos los pueblos: con esto, se pensaba en personas que conocen a Dios, por así decir, solamente de lejos; que están descontentas con sus dioses, ritos y mitos; que desean al Puro y al Grande, aunque Dios permanece para ellos como el ‘Dios desconocido’ (cfr. Hch 17, 23). Ellos debían poder rezar al Dios desconocido y sin embargo estar en relación con el Dios verdadero, aun cuando en medio de oscuridades de diversas clases.”.

Pero para entender más a fondo el significado del “Patio de los gentiles”, un valiente exegeta es sin duda el arzobispo Ravasi, biblista de fama mundial y con una amplia red de contactos personales con hombres de cultura más o menos lejanos de la fe.

Ravasi publicó el artículo que sigue en “L’Osservatore Romano” del 2 de junio.

En él anuncia que el acto inaugural del “Patio de los gentiles” será en París en marzo del 2011 en tres sedes desligadas de toda pertenencia religiosa: la Sorbona, la UNESCO y la Académie Française.

Numerosas personalidad han ya manifestado su interés en la empresa, comenzando por Julia Kristeva, semióloga y psicoanalista muy atenta a un diálogo entre creyentes y agnósticos o ateos.

En una entrevista del 25 de febrero pasado en el diario de los obispos italianos “Avvenire”, Ravasi ha descrito de la siguiente manera las formas de ateismo presente hoy en la sociedad, con las que la Iglesia quiere dialogar:

“Es necesario tener en cuenta los diferentes ateismos, no reducibles a un único modelo. Por una parte esté el gran ateismo de Nietzsche y Marx que lamentablemente ha entrado en crisis, constituido por una explicación de la realidad alternativa a aquella de los creyentes, pero con una ética suya, una visión seria y valerosa, por ejemplo, en el considerar al hombre solo en el universo. Luego está el ateísmo irónico-sarcástico que toma como blanco aspectos marginales del creer o lecturas fundamentalistas de la Biblia. Es el ateismo de Onfray, Dawkins y Hitchens. En tercer lugar hay una indiferencia absoluta hija de la secularización, bien sintetizada por el ejemplo que Charles Taylor hace en ‘La edad secular’ cuando afirma que si Dios viniera hoy a una de nuestras ciudades, la única cosa que sucedería es que le pedirían documentos”.

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DIÁLOGO EN EL “PATIO DE LOS GENTILES”. ATRAVESEMOS JUNTOS EL DESIERTO

por Gianfranco Ravasi

“Pienso que la Iglesia debería también hoy abrir una especie de ‘patio de los gentiles’, donde los hombres puedan de alguna manera encadenarse a Dios, sin conocerlo y antes que hayan encontrado el acceso a su misterio, a cuyo servicio está la vida interna de la Iglesia. Al diálogo con las religiones debe hoy agregarse sobre todo el diálogo con aquéllos para quienes la religión es una cosa extraña, para quienes Dios es desconocido y que, sin embargo, no querrían permanecer simplemente sin Dios, sino estar cercanos a Él, al menos como Desconocido”.

Estas palabras, dirigidas por Benedicto XVI a la curia romana en ocasión de los saludos navideños del 2009, produjeron un efecto concreto: un dicasterio vaticano, el pontificio consejo para la cultura, ha iniciado una institución denominada precisamente “Patio de los gentiles”, para abrir un diálogo serio y respetuoso entre creyentes y agnósticos o ateos.

El evento inaugural tendrá lugar en París en marzo del próximo año en simultáneo en varias sedes: la Sorbona, la UNESCO y la Académie Française, desde perspectivas diferentes. Desde ya se debe señalar el interés de varias personalidades, entre las cuales la semióloga, psicoanalista y escritora Julia Kristeva.

Quisiéramos ante todo explicar el símbolo usado por el Papa, una locución no conocida por todos, si bien a muchos saben que el vocablo “gentiles” designa en el lenguaje eclesiástico a los “no judíos”, es decir a los paganos, que se habían acercado al cristianismo: el término deriva del latín “gens” en el sentido de nacionalidad extranjera en oposición al “populus romanus” (en hebreo eran los “goj/gojim”, presente 561 veces en el Antiguo Testamento; en griego “èthnos/èthne”, un vocablo que resuena unas 162 veces en el Nuevo Testamento). Es muy conocido cuánto se esforzó san Pablo por abrir a estos las puertas de la nueva fe, sin obligarlos a pasar previamente por la circunsición y, por lo tanto, por la judaización, como algunos exponentes de la comunidad cristiana de los orígenes (los judeo-cristianos) exigían. ¿Pero qué realidad evoca el “Patio de los gentiles”?

En relación a esto debemos referirnos a la planimetría del templo de Jerusalén, sobre todo en la tipología ofrecida por el imponente edificio querido por el rey Herodes a partir del año 20 antes de la era cristiana y que fue destruido en el año 70 por las armadas de Tito. Allá, en efecto, aparte de las áreas reservadas a las mujeres, a los israelitas, a los sacerdotes y al santuario propiamente dicho, se abría un espacio al cual podían entrar precisamente los paganos de visita en Jerusalén. Era este el “Patio de los gentiles”, una “aulè” en griego a la que quizá hace referencia el libro de la Apocalipsis cuando en la medición simbólica del templo impuesta a Juan se declara: “el patio (aulè) externo del templo déjenlo aparte y no lo midan porque ha sido dado a los gentiles (èthnè) que pisotearán la ciudad santa” (11, 2).

La prueba concreta de la existencia de este recinto especial es una lápida de 60 centímetros por 90 con una inscripción griega, descubierta en 1871 por el arqueólogo francés Charles Simon Clermont-Ganneau y hoy conservada en el museo arqueológico de Estambul (una lápida similar, pero sólo en fragmentos, fue encontrada en 1953). En ella se lee una prohibición análoga a las indicaciones actuales con aviso “peligro de muerte” o de “zona militar” no traspasable: “Ningún extranjero (alloghenès) ingrese más allá de la balaustrada y de la cinta que circunda el área sacra (hièron). Quien fuera sorprendido en flagrante será culpable de la muerte que a continuación se le procurará”

El historiador judío filoromano José Flavio, testigo de los asuntos de la Tierra Santa del primer siglo, en su obra: Antigüedades judías” confirma este testimonio hablando de dos patios: el primero era el de los gentiles, separado del segundo – el de los judíos – “por pocos escalones y por una balaustrada de piedra donde había una inscripción que prohibía el ingreso a los extranjeros bajo pena de muerte” (xv, 417).

En el otro escrito suyo más célebre, “La guerra judía”, el mismo historiador anotaba: “Quien atravesaba aquella área para alcanzar el segundo patio lo encontraba circundado por una balaustrada de piedra, de tres cúbitos de alto y finamente trabajada. Sobre ella, a intervalos iguales, estaban colocadas lápidas que recordaban las leyes de pureza – para el acceso al templo – algunas en lengua griega, otras en latín, para que ningún extranjero entrase en el lugar santo” (v, 193-194).

Es curioso notar que, según lo que se entiende del dictado de prohibición, la pena capital era automática, sin mediar proceso sino con una suerte de linchamiento confiado a la muchedumbre judía. Algo así era evocado en conexión al riesgo que corrió san Pablo precisamente en el templo de Jerusalén: la masa de los fieles intenta asesinarlo porque se sospecha que “ha introducido griegos en el templo, profanando el lugar santo”. En efecto, había sido visto poco antes en compañía de un pagano, un tal Trófimo de Éfeso, atrayendo sobre sí las sospechas de haberlo conducido más allá del “Patio de los gentiles”, en el área sagrada off limits para los paganos (léase el paso de los Hechos de los Apóstoles, 21, 27-32).

Será el propio apóstol quien dará un duro golpe a esta concepción tan ásperamente “separatista” cuando, escribiendo a los cristianos de Éfeso, declarará que Cristo ha venido a “abatir el muro de separación que dividía” a judíos de gentiles, “para crear en sí mismo, de los dos, un solo hombre nuevo, haciendo la paz, reconciliando ambos en un solo cuerpo” (Ef 2, 14-16). Aquel símbolo de apartheid y de separación sacra que era el muro del “Patio de los gentiles” es por lo tanto eliminado por Cristo que desea eliminar las barreras para un encuentro armónico entre ambos pueblos.

Es con esta ulterior precisión paulina que tiene sentido la aplicación metafórica del “patio” sugerida por Benedicto XVI. Creyentes y no creyentes están en territorios diferentes, pero no se deben cerrar en un aislamiento sacro o laico, ignorándose o – peor – lanzándose desprecios o acusaciones, como quisieran los fundamentalistas de ambos lados. Cierto, no se deben minimizar las diferencias, liquidar las diferentes concepciones, ignorar las discrepancias. Cada uno tiene los pies en un “patio” separado, pero los pensamientos y las palabras, las obras y las decisiones pueden confrontarse e inclusive hasta encontrarse.

Recurriendo a un juego de palabras altisonantes – pero no de etimología – entre cristianos y gentiles se podría adoptar la táctica del duelo (del latín “bellum”), en un enfrentamiento a arma blanca, a la manera del ateo y del jesuita en el film “La Vía Láctea” de Luis Buñuel. Por el contrario, lo que el proyecto denominado “Patio de los gentiles” quiere proponer es un dueto (del latín “duo”) donde las voces pueden pertenecer también a los antípodas sonoros, como el bajo y la soprano, que sin embargo logran crear armonía, sin por esto renunciar a la propia identidad, es decir, saliendo de la metáfora, sin perder sus colores en un vago cristianismo ideológico.

En este encuentro entre los dos “patios”, una elección previa es la de la purificación de los dos conceptos básicos. Por un lado los “gentiles” deben regresar a aquella nobleza ideal así como era expresada por los grandes sistemas ateístas (pensemos en un Marx o en la célebre parábola sobre el Dios muerto de la “Gaia ciencia” de Nietzsche), antes que fueran encapsulados en sistemas político-ideológicos o cayeran en el escepticismo y en al idolatría de las cosas o de que degeneraran en el ateísmo que desprecia, que además es sarcástico e infantilmente desacratorio.

Por el otro lado, la fe debe reencontrar su grandeza, manifestada en los siglos de pensamiento alto y en una visión completa del ser y del existir, evitando los atajos del devocionismo o del fundamentalismo y revelando que la teología tiene un riguroso estatuto epistemológico paralelo y específico respecto al de la ciencia; piénsese por ejemplo en la “teoría de los dos niveles” independientes y no conflictuales propugnada pro Stephen Gould y retomada por Francisco Ayala, ambos pensadores y científicos.

Pero aparte de esto, el cruce de las voces diferentes puede ocurrir en torno a temas comunes – aunque sean afrontados y solucionados con resultados heterogéneos – como la ética, la antropología, la espiritualidad, las preguntas últimas sobre la vida la muerte, el bien y el mal, el amor y el dolor, la verdad y la mentira, la paz y la naturaleza, la trascendencia y la inmanencia.

Por esta vía se puede llegar incluso a la pregunta sobre el Desconocido, aquel “Àgnostos Theòs”, el Dios desconocido, al que se refería san Pablo en su célebre discurso al Areópago de Atenas, y que era recordado en el pasaje de Benedicto XVI que hemos citado al inicio.

Como algunas veces el creyente puede llegar al límite con el “Patio de los gentiles”, bajo un cielo sin presencias y privado de Dios, esperando que la divinidad infrinja su propio silencio y su ausencia, así tal vez también el ateo puede invocar con el poeta Giorgio Caproni: “Oh mi Dios, mi Dios / Por qué no existes?” Un interrogativo que Zinov’ev, el autor ruso de “Cimas abismales”, así proseguía: “¡Te suplico, mi dios, busca existir, al menos un poco, por mí, abre tus ojos, te suplico!… Esfúerzate por ver: ¡vivir sin testigos es para nosotros un infierno! Por esto yo grito y chillo: Padre mío, te suplico y lloro: ¡existe!”.

Sin espera de conversiones o de inversiones de camino existenciales, pero sobre todo evitando las desviaciones al vacío, a la banalidad, a los estereotipos, gentiles y cristianos – cuyos “patios” están contiguos en la ciudad moderna – pueden descubrir consonancias y armonías aun en la deformidad; pueden deponer el lenguaje solamente autoreferencial y pueden hacer levantar la mirada a una humanidad frecuentemente demasiado inclinada sobre lo inmediato, sobre la superficialidad, sobre la insignificancia hacia el Ser y su plenitud. Un poco como sugería en un de sus “Cánticos últimos” el padre David Maria Turoldo: “Hermano ateo, noblemente pensoso, / en búsqueda de un Dio / que yo no sé darte, / atravesemos juntos el desierto. / De desierto en desierto vamos más allá / el bosque de los credos, / libres y desnudos hacia / el Ser Desnudo / y allá / donde la palabra muere /tenga fin nuestro camino.