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Por Sandro Magister

Allí la ortodoxa rusa tiene su bastión. Y allí reside la comunidad católica más numerosa de Oriente. Con Juan Pablo II las dos Iglesias estaban en desacuerdo. Con Benedicto XVI están en un punto de inflexión. Pero la paz todavía está lejos .

ROMA, 28 de junio de 2010 – Desde hace varios años, la fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo es un momento elevado de diálogo entre la Iglesia Católica y las Iglesias Ortodoxas de Oriente, con la presencia en las liturgias oficiadas por el Papa de delegados del patriarcado ecuménico de Constantinopla, si no del patriarca en persona.

Con Benedicto XVI, este diálogo ha alcanzado progresos notables. Inclusive el primado del Papa – principal razón histórica del cisma – no es más un tabú y se ha convertido en objeto de encuentros ecuménicos de estudio.

Durante el actual pontificado también han mejorado notoriamente las relaciones entre la Iglesia de Roma y la parte más conspicua de la ortodoxia, es decir, la Iglesia rusa. Tanto una como la otra están cada vez más concordes en querer afrontar juntas lo que consideran es el deber prioritario de los cristianos en la Europa actual: una nueva evangelización de todos los que están alejados de la fe. Es esa nueva evangelización a la que Benedicto XVI ha decidido dedicar un Dicasterio específico de la curia romana.

Pero en el acto práctico hay un obstáculo que todavía traba las relaciones entre Roma y Moscú e impide que el Papa y el patriarca ruso se encuentren. Encuentro que nunca se produjo en la historia, pero que ambos, Benedicto XVI y Kirill I, desean de todo corazón.

Este obstáculo es Ucrania.

Para los rusos, Ucrania es su tierra natal. Rusia surgió en Kiev hace más de mil años, a partir del principado vikingo de Rus, y es allí que se convirtió al cristianismo; es allí que tiene hasta ahora los arquetipos de su fe, del arte, de la liturgia, del monaquismo; es allí que capta muchas de sus vocaciones y obtiene gran parte del propio sostenimiento económico.

Pero en Ucrania vive también la Iglesia Católica de Rito Oriental más populosa del mundo, con más de cinco millones de fieles. Se asemejan en todo a los ortodoxos, en la liturgia greco-bizantina, en las costumbres, en el clero casado. Se diferencian de ellos sólo por la obediencia al Papa.

El vínculo con el Papa de una parte de los cristianos de Ucrania ha seguido en la historia mostrando la alternancia del dominio sobre esta tierra, bien por parte de los polacos o bien por parte de los rusos. Polonia lo ha favorecido, Rusia lo ha obstaculizado. A fines del siglo XVIII, cuando Polonia desapareció como Estado y los rusos ocuparon gran parte de la región imponiendo la ortodoxia, los ucranianos obedientes al Papa se concentraron en Occidente, en la Galicia, que era parte del imperio católico de Viena. Es allí que nació en el siglo XIX el mito de un futuro “Papa eslavo” capaz de volver a darles su victoria.

Pero cuando en la segunda guerra mundial la Unión Soviética ocupó toda Ucrania, también la Iglesia greco-católica sobreviviente en Galicia fue suprimida por la fuerza. En 1946 Moscú organizó en Lvov (nombre ruso de Leopoli, en ucraino Lviv) un pseudo-sínodo que obligó a todos a reingresar a la ortodoxia. El arzobispo Josyf Slipji, jefe legítimo de los greco-católicos, fue hecho prisionero, hasta ser liberado y enviado al exilio en 1963.

Fue la caída del muro de Berlín en 1989 lo que permitió a la Iglesia greco-católica ucraniana salir masivamente de las catacumbas, con sus obispos, sacerdotes y feligreses. E inmediatamente ella reclamó de la Iglesia Ortodoxa la restitución de iglesias y casas. Pero en muchos lugares se llegó al conflicto físico, con ocupaciones e intromisiones violentas. Se trata de un conflicto hasta ahora sanado sólo en parte.

Para galvanizar a los católicos estuvo el Papa Juan Pablo II, que en el año 2001 visitó Ucrania y canonizó a 27 mártires del régimen comunista, uno de los cuales murió sumergido en agua hirviente, otro fue crucificado en prisión y un tercero fue amurado vivo.

Pero para los ortodoxos y para los rusos, escarmentados de los conflictos pasados, la nacionalidad polaca de este Papa fue solamente precursora de amenazas. En cada reflexión de Karol Wojtyla que se refería al inmenso territorio de “todas las Rusias” – desde el nombramiento de un nuevo obispo hasta el envío de un misionero – el patriarcado de Moscú veía en cada circunstancia un acto de invasión intolerable.

La más odiada y temida de estas reflexiones habría sido la elevación a patriarcado de la Iglesia greco-católica ucraniana, con sede en Kiev. Nada en efecto es más intolerable, para la eclesiología rusa, que un patriarcado “romano” y rival en un territorio donde ya existe un patriarcado ortodoxo. Con mayor razón donde ya está el patriarcado de Moscú, que desde el siglo XVI se vale del título de “tercera Roma”.

A fines del 2003 la elevación a patriarcado de la Iglesia greco-católica ucraniana parecía casi un hecho. El sucesor de Slipji, el arzobispo mayor y cardenal Lubomyr Husar (en la foto), se mudó a Kiev, al lado de su nueva iglesia “patriarcal” en construcción. Y desde Roma el cardenal Walter Kasper, presidente del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, envió al patriarca de Moscú, Alexis II, una carta en la que anunció que el Papa Juan Pablo II quería instituir en Kiev un patriarcado greco-católico. Adjunta a la carta había un largo documento con las pruebas históricas y canónicas de apoyo a la decisión.

Que se abra el cielo. Alexis II mostró la carta de Kasper al patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, y éste le escribió a Juan Pablo II una respuesta incendiaria, delineando una catástrofe para el diálogo ecuménico en caso que el patriarcado greco-católico de Kiev se convirtiera en realidad. La carta de Bartolomé I al Papa, fechada el 29 de noviembre de 2003, fue publicada en el mensuario católico internacional “30 Días”, publicado en Roma, dirigido por el senador Giulio Andreotti y de lectura obligatoria en el Vaticano.

En el Vaticano apretaron el freno. Kasper voló a Moscú a decir que el patriarcado greco-católico ucraniano no estaba más entre los temas de agenda. Pero en Ucrania la fiebre siguió siendo muy elevada. Desde Roma, un orgulloso partidario de los greco-católicos, el jesuita americano Robert Taft, profesor en el Pontificio Instituto Oriental y especialista de fama mundial sobre el mundo bizantino y eslavo, en una entrevista concedida a John Allen, del “National Catholic Reporter”, les aconsejó pasar inmediatamente a los hechos: proclamar autónomamente el patriarcado y sólo después pedir el reconocimiento a Roma, que ratificaría el hecho consumado. Sobre las resistencias de los ortodoxos, dijo: “Es inútil intentar convencerlos. Hay que tomarlo o dejarlo. Al diablo con Moscú”.

Éste era el estado de cosas en las postrimerías del pontificado de Juan Pablo II. En Ucrania había una guerra abierta entre católicos y ortodoxos: era la guerra de los dos patriarcados.

Hoy, por el contrario, sólo pocos años después, parece haber brotado la paz entre la primera y la tercera Roma. Benedicto XVI no es polaco sino alemán, y ya es ésa una variante de no poco peso. Y además es un teólogo que conoce bien la eclesiología de las Iglesias orientales.

En efecto, desde el momento que Joseph Ratzinger es Papa, no se habla más del nuevo patriarcado greco-católico. Él no habla más de ello y no hablan más ni siquiera los ucranianos.

En el año 2008, a fines de enero, los obispos greco-católicos de Ucrania estuvieron en visita “ad limina” en el Vaticano. Era la primera vez luego de setenta años. Y no se habló una sola palabra sobre el patriarcado.

Respecto a las relaciones con los ortodoxos, el Papa les dijo: “Es necesario reconocer humildemente que en este campo hay todavía obstáculos concretos y objetivos”.

Pero el Papa ha solicitado a los greco-católicos que promuevan la paz, antes que nada en la propia casa, y allanar los “malentendidos” con los católicos de rito latino presentes en Ucrania, casi todos polacos y más que nada mal vistos.

Lo que Benedicto XVI invoca más como acción común entre católicos y ortodoxos es la re-evangelización de esos amplios estratos de población que también en Ucrania han abandonado la fe cristiana, luego de décadas de dominio ateo. También el patriarcado de Moscú, hoy personificado en Kirill I, es particularmente sensible a esta exigencia.

Se calcula que en Ucrania, sobre casi cincuenta millones de habitantes, los ortodoxos son el 30%, los católicos el 10%, los protestantes el 3% y los judíos casi el 1%. Los que se profesan ateos son casi el 15%. “Todos los otros están alejados de la fe, no pertenecen a ninguna Iglesia, pero de todos modos están abiertos y acogerían el mensaje de Dios con atención y con gran interés. Por eso, debemos ir hacia ellos y presentarles a Cristo. Éste es un gran desafío evangelizador para nosotros”. Así se ha expresado el arzobispo mayor de los greco-católicos ucranianos, el cardenal Lubomyr Husar, mientras estaba en Roma para la visita “ad limina”, en una entrevista concedida a “L’Osservatore Romano”.

Desde esa visita “ad limina” hasta hoy hay que señalar otro par de hechos, uno positivo y el otro no.

La novedad positiva es de hace unos días. Una delegación del patriarcado de Moscú, presidida por el metropolitano Hilarión de Volokolamsk se encontró en Varsovia con una delegación de los obispos de Polonia, presidida por el arzobispo primado de Gniezno, Henryk Muszynski, para acordar una declaración común de perdón recíproco, de reconciliación y de cooperación entre las dos Iglesias.

Se trata de un viraje sin precedentes, en el marco de una serie de conflictos seculares que han enfrentado a la Rusia ortodoxa y a la Polonia católica. Las dos delegaciones han confrontado los respectivos bocetos del futuro documento y se han separado, confiados en rápidos progresos. El próximo encuentro se celebrará en Moscú.

Por el contrario, la novedad negativa se refiere a la Universidad Católica de Ucrania, con su sede en Leopoli, la única universidad católica de toda la ex Unión Soviética, definida por Benedicto XVI como “un válido apoyo para la acción ecuménica”.

El pasado 18 de mayo, agentes del SBU, el servicio de seguridad de Ucrania que reemplazó a la tristemente famosa KGB, se presentaron al rector de la universidad, Borys Gudziak, de 50 años de edad, nacido en Estados Unidos y doctorado en Harvard en historia y literatura eslava y bizantina, pretendiendo que él firmase una carta de colaboración con los servicios.

Gudziak hizo conocer públicamente la prepotencia padecida y el 26 de mayo las autoridades declararon que se había tratado de un error. Esto no quita que el acto se inserta en un marco de crecientes presiones contra las libertades civiles y contra la Iglesia Católica, acentuado luego del ascenso al poder, el pasado mes de febrero, del filo-ruso Viktor Yanukovich.

Con la victoria de Yanukovich, la Iglesia greco-católica – que en esta y en las anteriores elecciones ha sido partidaria siempre de los candidatos filo-occidentales –ha visto empeorar sus propias condiciones. Está todavia esperando un pleno reconocimiento legal. Las iglesias, los conventos, las escuelas y los hospitales que le han sido restituidos luego de la caída del régimen soviético no reciben ayuda para ser restaurados y puestos en condiciones para poder trabajar en ellos.

Viceversa, las ayudas públicas van a la Iglesia Ortodoxa, tratada como la religión del Estado. El nuevo presidente mantiene vínculos sólo con el patriarcado de Moscú, y deja de lado a la Iglesia greco-católica.

El rector Gudziak y muchos otros con él consideran que el Patriarcado Ortodoxo de Moscú, en Ucrania, debería mayormente armonizar con los hechos las palabras de fraternidad ecuménica que dirige a la Iglesia de Roma.