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Benedicto XVI envió ayer una carta al episcopado belga en la que deplora los modos con que, el jueves pasado, los agentes irrumpieron en una reunión plenaria de la conferencia episcopal. Como se sabe, los agentes retuvieron a los obispos durante nueve horas, secuestraron documentos y material informático, e incluso –en una acción paralela- perforaron la tumba de dos cardenales -situadas en la cripta de la catedral (foto)- en la inútil búsqueda de no se sabe qué documentos. Una operación rocambolesca (que muchos han comparado a métodos propios de una novela de Dan Brown) en la que resulta difícil no percibir el deseo de humillar públicamente a la Iglesia.

El Papa no critica que se investigue sobre pedofilia. Al contrario, confirma la línea de transparencia y colaboración con la autoridad civil. Lo que demuestra este ridículo blitz es que si el Papa predica colaboración, no parece que ese discurso sea recíproco: la policía ha incluso secuestrado 475 dossiers recogidos por la comisión independiente instituida por la Iglesia para hacer luz sobre los casos de abusos. Muchas de las personas han querido declarar ante esa comisión y no ante la policía, con la esperanza también de mantener el anonimato.

El Secretario de Estado vaticano declaró el viernes que los métodos seguidos en este caso superan los usado por los regímenes comunistas. Pienso que se trata de un modo de decir, porque los millares de víctimas muestra que los métodos comunistas eran diversos. También afirmó que los obispos habían permanecido esas horas de reclusión sin comer ni beber.

El ministro de justicia belga, De Clerck, desmintió ayer esas afirmaciones, y el portavoz del episcopado belga confirmó que los obispos había sido tratados bien. Naturalmente, el gobierno (dimisionario) ha usado esa mala información para minimizar el caso y presentar la reacción como exagerada.

Mientras subrayo de nuevo las palabras del Papa (que la justicia siga su curso), reconozco que son cada vez más insistentes las sospechas de que hay quien usa la lucha contra la pedofilia como un arma contra un único enemigo. Una cosa es que la jerarquía católica belga del pasado tenga sus responsabilidades en la mala gestión del problema (que hay que demostrar), y otra muy distinta tratarla como si fuera una cúpula mafiosa.