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Por Sandro Magister

Penitencia, perdón y nueva evangelización. Como en el Jubileo del 2000 y más. Una comparación sorprendente. Con una entrevista al cardenal Ruini.

ROMA, 8 de julio de 2010 – La vía dolorosa de la Iglesia de hoy contrasta cruelmente con la gloriosa alegría del Jubileo del 2000, apogeo del pontificado de Juan Pablo II.

Sin embargo, cuando se hurga un poco sobre qué fue de verdad ese año de gracia, se descubre que la Iglesia de Benedicto XVI simplemente convierte en realidad lo que aquel anunciaba.

El Jubileo fue el año del arrepentimiento y del perdón. De perdón dado y solicitado, por los muchos pecados de los hijos de la Iglesia en la historia. El primer domingo de Cuaresma de aquel año, era el 12 de marzo, el Papa Wojtyla ofició ante los ojos del mundo una liturgia penitencial sin precedentes. Siete veces, como los siete vicios capitales, confesó las culpas cometidas por los cristianos siglo tras siglo, y por todas ellas pidió perdón a Dios. Exterminio de los herejes, persecuciones a los judíos, guerras de religión, humillación de las mujeres…

El rostro doliente del Papa, marcado por la enfermedad, era el icono de este acto de arrepentimiento. El mundo lo miró con respeto. Incluso con complacencia. A veces incrementando el reclamo: el Papa debería haber hecho mucho más.

Y en efecto, en los medios de comunicación del mundo, era esta la música dominante. Hacía bien Juan Pablo II en humillarse por ciertas páginas negras de la historia cristiana, pero siempre había quien pretendía que debería golpearse más el pecho y por otras cosas más. La lista no era nunca suficiente. Repasando todas las veces en las que el Papa Wojtyla pidió perdón por alguna cosa, antes y después del Jubileo del 2000, se encuentra que lo hizo por las cruzadas, dictaduras, cismas, herejías, mujeres, judíos, Galileo, guerra de religiones, Lutero, Calvino, indio, injusticias, inquisiciones, integralismo, Islam, mafia, racismo, Ruanda, esclavitud. Y quizá falta algún tema. Pero con seguridad jamás pidió públicamente perdón por los abusos sexuales a niños. Ni se recuerda que alguno haya le nunca haya saltado encima a reclamarle por este silencio, ni meno que se le haya exigido que sumara a la lista la pedofilia.

Eso ocurría hace diez años. Pero ese era el espíritu del tiempo, dentro y fuera de la Iglesia. Un espíritu poco atento al escándalo de los muy jóvenes víctimas de abusos, no obstante ya habían explotado en Austria el caso Groer, el arzobispo de Viena golpeado por acusaciones jamás verificadas, en los Estados Unidos el caso Bernardin, arzobispo de Chicago falsamente acusado que perdonó a su acusador, y por todas partes el caso Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo de quien se confirmó después la culpabilidad.

Pero en Roma había un cardenal que veía largo hacia delante, de nombre Joseph Ratzinger.

Más que a los pecados de los cristianos del pasado, sobre los cuales el juicio histórico es siempre problemático, él miraba a los pecados del presente. Y entre estos veía algunos que más que otros ensuciaban el rostro de la Iglesia “santa”, más todavía en cuanto cometidos por clérigos.

En el 2001, como prefecto de la congregación para la doctrina de la fe, hizo más exigentes los procedimientos con los cuales afrontar los casos de pedofilia en el clero.

Cuando en el 2002 en los Estados Unidos explotó el escándalo en proporciones clamorosas mantuvo la línea de rigor.

El viernes santo del 2005, al escribir el texto del último Vía Crucis del pontificado de Juan Pablo II, denunció la “suciedad” en la Iglesia con los acentos de una lamentación profética.

Pocas semanas después fue elegido Papa y cinco años después, al cumplirse los 10 años del Jubileo del 2000, el escándalo de la pedofilia embistió a la Iglesia y a él con una severidad sin precedentes.

Pues, bajo al oleada avasallante de las acusaciones, Benedicto XVI ha hecho para las culpas de los cristianos de hoy lo que el Jubileo del 2000 hizo por las culpas de los cristianos del pasado.

Ha predicado que la más grande tribulación para la Iglesia no nace de fuera, sino de los pecados cometidos dentro de ella.

Ha puesto a la Iglesia en estado penitencial, ha pedido a todos los cristianos que se purifiquen la “memoria”, ciertamente, pero más aún sus vidas presentes.

A los católicos de Irlanda, más que a los otros contagiados por el escándalo, les ha ordenado que hacer limpieza de todo, que se confiesen frecuentemente, que hagan penitencia todos los viernes por un año entero y a sus obispos y sacerdotes que se sometan a especiales ejercicios espirituales.

A los sacerdotes, sobre todo, ha dedicado un cuidado muy particular. Aún antes que las polémicas llegaran a su cima, Benedicto XVI lanzó el Año Sacerdotal para reavivar en los clérigos el amor por la misión a la que son convocados y la fidelidad a sus compromisos, incluida la castidad. Como modelo de vida les ha presentado el ejemplo del santo Cura de Ars, un humilde sacerdote rural en la Francia anticlerical del siglo XIX, que pasaba días enteros en el confesionario, para acoger a los pecadores y perdonar.

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Pero el perdón no fue el único elemento que caracterizó el Jubileo del 2000. Juan Pablo II quiso ese Año Santo sobre todo para volver a dar impulso a la evangelización del mundo.

Y también aquí, de nuevo, el pontificado de Benedicto XVI no es otra cosa que la actualización sistemática de aquel proyecto.

No es un misterio cuál es la “prioridad” que el Papa Ratzinger se ha asignado como sucesor de Pedro. La ha confirmado él mismo con estas palabras, en la carta a los obispos de todo el mundo del 10 de marzo del 2009:

“En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo, en Jesucristo crucificado y resucitado”.

Benedicto XVI está tan convencido que conducir a los hombres a Dios es “la prioridad suprema y fundamental” de la Iglesia y del sucesor de Pedro, que no sólo ha hecho de ella el centro de su predica sino que tomado de ella la decisión de crear en la curia romana un dicasterio expresamente destinado a la “nueva evangelización” de los países donde está más marcada el moderno eclipse de Dios.

Instituyó la nueva oficina el pasado 30 de junio y el mismo día llamó a Roma a ocuparse de la selección de los futuros obispos en todo el mundo, al cardenal canadiense Marc Ouellet, teólogo en gran sintonía con él, pero sobre todo directo conocedor de Quebec, una de las áreas de Occidente en la que la descristianización se ha dado en forma más dramática y repentina.

En el pasado otoño, regresando de un viaje a otra de las regiones más descristianizadas, Praga y Bohemia, Benedicto XVI maduró también otra idea: la de instituir un simbólico “patio de los gentiles”, como el patio abierto a los paganos del antiguo templo de Jerusalén, para abrir el diálogo con los hombres más alejados de Dios.

También este proyecto está tomando cuerpo. El Papa lo ha confiado a su ministro de la cultura, el arzobispo Gianfranco Ravasi. El “patio de los gentiles” será inaugurado en París en marzo del 2011 en tres sedes intencionalmente carentes de toda insignia religiosa: la Sorbona, la UNESCO y la Académie Française. Ya han manifestado su adhesión importantes personalidades agnósticas y no creyentes, comenzando por la psicoanalista y semióloga Julia Kristeva.

En cuanto a las jóvenes generaciones, la niña de los ojos de Juan Pablo II, para quienes instituyó las Jornadas Mundiales de la Juventud, de las cuales la más grande fue precisamente la del Jubileo, Benedicto XVI sabe bien que el futuro de la fe en Occidente se juega en buena medida en ellas.

También en Italia, el país de Europa en el que la Iglesia sigue teniendo una presencia sólida y difusa, ya se entreven las señales de la caída. Una investigación realizada para “El Reino” del profesor Paolo Segatti, de la Universidad de Milán, ha evidenciado un neto distanciamiento entre los nacidos en 1981, de la práctica religiosa, de la oración, de la fe en Dios, de la confianza en la Iglesia.

Cuando estos jóvenes tengan hijos, la transmisión de la fe católica a las futuras generaciones sufrirá una drástica interrupción. El “patio de los gentiles” deberá hacerles un lugar también a ellos.

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“UN REGRESO A LOS ORIGENES DEL CRISTIANISMO” Entrevista a Camilo Ruini

En el 2000 Camilo Ruini era el cardenal vicario de Juan Pablo II. Era su primer colaborador en Roma y en Italia. Nada de aquel Año Santo se ha perdido, dice: “El pontificio consejo para la nueva evangelización, instituido por Benedicto XVI en estos días, es su último gran relanzamiento”.

P. – ¿Cardenal Ruini, qué cosa ha sido para la Iglesia el Jubileo del 2000?

R. – Para la Iglesia católica ha sido un tiempo de extraordinaria intensidad, fuertemente querido y cuidadosamente preparado por Juan Pablo II, en particular a través de la carta apostólica “Tertio millenio adveniente” que precisó el sentido del Jubileo y explicó el itinerario de su preparación. En el espíritu del Concilio Vaticano II, se trató de un retorno a los orígenes, es decir, de poner a Jesús —corazón y fuente perenne de la fe y de la vida cristiana— en función de proponer el mismo Cristo a los hombres de nuestro tiempo, por lo tanto se trató de aquella nueva evangelización que es el alma del pontificado de Juan Pablo II, como ya lo era de Pablo VI y antes del Concilio Vaticano II. Por ejemplo, el acontecimiento que más me involucró, es decir la Jornada mundial de la juventud en Tor Vergata, fue el vértice del intento de evangelizar e involucrar con Cristo a los jóvenes, o sea al mundo que está naciendo. Pero tantos otros acontecimientos que caracterizaron el gran Jubileo, desde el pedido de perdón por los pecados de los miembros de la Iglesia hasta la memoria de los mártires del siglo XX, se inscriben en la misma perspectiva de evangelización a través del retorno a las fuentes del cristianismo.

P. – ¿Y qué queda de todo ello diez años después?

R. – Queda toda la sustancia: quedar anclados en Cristo y anunciar la fe en él a todos los hombres, proponiéndola toda entera, sin temores y sin omisiones. Cierto, la impresión es que hoy las condiciones son menos favorables, y efectivamente entonces algunas grandes dificultades se encontraban todavía fuera de nuestros horizontes, o no aparecían centrales como ocurre hoy. Basta pensar en el 11 de setiembre del 2001, o en la irrupción de lo que me gusta llamar la nueva cuestión antropológica, es decir la gran pregunta, y el gran desafío sobre quién es el hombre: un simple epifenómeno de la naturaleza o el ser que, aunque pertenece a la naturaleza la supera infinitamente, con todas las consecuencias que derivan de una u otra alternativa. Por lo demás, es normal que el futuro sea imprevisible: por definición este no está escondido, pero es también abierto, es el campo de la libertad del hombre, y antes todavía de la libertad de Dios, más allá de todos los determinismos que existen en la naturaleza y en la historia. Por ello, en los momentos difíciles el cristiano no puede desesperar o resignarse, debe más bien profundizar su conversión a Dios y extraer de ella las energías para un compromiso mayor.

P. – Juan Pablo II pidió perdón a Dios y al mundo por toda una fila de culpas pasadas del cristianismo. Pero hoy las acusaciones son más insistentes y tienen a la Iglesia fijamente como su objetivo. ¿Qué hace Benedicto XVI al respecto?

R. – Juan Pablo II sorprendió al mundo eclesial con aquella iniciativa suya. A muchos les pareció un gesto gratuito, no necesario, y potencialmente peligroso, pero luego se entendió que no era así. En todo caso, él pidió perdón por las culpas cometidas por los cristianos en el pasado. Hoy es diferente. La atención está focalizada sobre algunas culpas no de ayer sino de hoy. Benedicto XVI reconoce los pecados cometidos en el presente y para estos pide el perdón ante todo de Dios y por tanto también a los hermanos en la Iglesia y en la humanidad. El perdón implica la voluntad de reparar el mal causado a las víctimas, requiere la fe y la conversión del corazón. Pero es otra cosa la actitud de aquellos que acusan a la Iglesia para golpearla, no por una positiva voluntad de construir. Frente a estos ataques es necesario tener fuerza espiritual, no debilidad. Maritain afirmaba justamente que la Iglesia no debe arrodillarse frente al mundo.

P. – El Jubileo fue un gran llamado a la conversión de los corazones y a una autorreforma de la Iglesia. ¿Se ven hoy los frutos? ¿Qué reforma de la Iglesia tiene en mente Benedicto XVI?

R. – La reforma de la Iglesia que Benedicto XVI quiere no es en primer lugar una reforma de estructuras exteriores, de aparatos organizativos. La verdadera reforma se refiere ante todo al alma profunda de la Iglesia, a su relación con Dios. Por otra parte la palabra “autorreforma” no es la más exacta: la Iglesia no puede hacerlo por sí misma. Debe dejarse plasmar y reformar de lo alto, tomando vida y forma del Espíritu de Dios.

P. – El año jubilar fue también el año de la “Dominus Iesus”, de la reafirmación de Jesús como único salvador del mundo, un documento que fue muy discutido. ¿Había necesidad?

R. – Ciertamente que sí. Había necesidad y hay necesidad también hoy. Si acaso, se podría decir que llegó un poco tarde, porque ya desde hace algunas décadas había —también en la Iglesia— quienes ponían en duda una verdad, la de Cristo único salvador, que para los creyentes en Cristo es fundamental y diría obvia, dado que es parte del mensaje cristiano primigenio. El Nuevo Testamento está todo centrado en esto: fuera de Jesucristo no hay bajo el cielo otro nombre en el cual los hombres puedan ser salvados.

P. – Pero el cristianismo no es creíble si los cristianos se presentan ante el mundo desunidos. ¿Qué existe hoy del camino ecuménico de reconciliación entre las Iglesias?

R. – En diez años se han dado muchos pasos adelante, en particular con las Iglesias ortodoxas y con las precalcedonienses de Oriente, todas de origen apostólico. Menos positivo es el balance con las Iglesias salidas de la reforma protestante. Las dificultades principales sobre este filón son dos. La primera es el progresivo alejamiento de estas Iglesias del modelo apostólico en cuanto al modo de concebir y atenuar los ministerios eclesiales. La segunda se refiere a la antropología, las cuestiones sobre quién es el hombre, sobre la bioética, sobre la familia. Entre ambos frentes varias comunidades protestantes han emprendido un camino de aparente modernización que en realidad las lleva siempre más lejos del centro del cristianismo.

P. – ¿Y con los judíos? ¿Y con el Islam? Juan Pablo II soñaba en encuentro en el Sinaí entre las tres religiones…

R. – Con los judíos ha habido progresos sustanciales, si bien en ciertos momentos convulsionados de incomprensiones, errores de procedimiento y malentendidos. Con el Islam, respecto al Jubileo de hace diez años, el cuadro loa ha marcado el 11 de setiembre del 2001. Pero tanto la Iglesia como algunos componentes del Islam han buscado y buscan superar esta fractura y llegar a una mejor comprensión recíproca. La convicción común es que todos tenemos el deber de servir a la unidad del género humano, en un mundo siempre más pequeño e interdependiente, en el cual tenemos siempre más necesidad los unos de los otros.