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Isabel Santos Herrero/Revista Misión

Tras haber visto morir a sus compañeros, a su madre y a su hermana y de haber acudido al canibalismo para no morir de hambre, Nando y su colega Roberto Canessa atravesaron la cordillera en busca de ayuda.

El 13 de octubre de 1972, un avión de las Líneas Aéreas Uruguayas se estrella en los Andes con 45 personas a bordo. Después de dos meses, tras haber visto morir a sus compañeros, a su madre y a su hermana, de haber soportado hasta 30 grados bajo cero y de haber acudido al canibalismo para no morir de hambre, Fernando Parrado y su colega Roberto Canessa atravesaron la cordillera en busca de ayuda. Fue el principio del fin de una pesadilla que, desde 1992, relata en numerosas conferencias alrededor del mundo y en donde su “carta de presentación” es el esfuerzo, la esperanza y el amor a la familia.

En 1992 comenzó a dar conferencias por todo el mundo basándose en su propia experiencia en los Andes. ¿Tuvieron que pasar 20 años para poder hablar de sus vivencias?

Durante casi veinticinco años estuve muy ocupado con mi familia, mis amigos, mis deportes y mis empresas, en este orden. Empecé porque un amigo me pidió que diera una conferencia para YPO (Young President’s Organization) en la ciudad de México, para una audiencia de 1.200 presidentes de empresas de todo el mundo. Les gustó y empezaron a llamarme de todas partes. Una cosa siguió a la otra y diez años después recibo más de cien solicitudes al año, aunque solamente puedo impartir unas doce. Si no me hubiera llamado mi amigo, tal vez nunca hubiese dado una conferencia. No quiero más desafíos pero sí experiencias, y las conferencias me han enriquecido al encontrar personas y lugares que jamás hubiera conocido de otra manera.

Usted es autor del best-seller autobiográfico Milagro en los Andes (Planeta). Con la perspectiva de los años, ¿cuál fue el verdadero milagro?, ¿sobrevivir física y psicológicamente?, ¿no recriminar nada a Dios?

El verdadero milagro fue una lucha increíblemente dura de un grupo de chicos en condiciones infrahumanas, donde había escasas probabilidades de sobrevivir. En el caso de Roberto y en el mío la buena condición física ayudó. Posteriormente, la capacidad para dejar a un lado la tortura psicológica de enfrentarse a la muerte todos los días. No obstante, creo que sin haber exprimido el físico más allá de lo imaginable, no estaríamos vivos. ¿Recriminar a Dios? Para nada. No tuvo nada que ver con esto. Fue simplemente un error de pilotaje y una épica y loca travesía por los Andes de dos ignorantes en montañismo, que no sabían a lo que se iban a enfrentar.

¿Qué vivencias recuerda con más intensidad del accidente? ¿Cuál fue la decisión más dura que debió tomar en aquella situación?

Recuerdo cordialidad y siempre el apoyo mutuo. No hubo violencia ni malos tratos. Dando todos lo mejor de nosotros mismos a los demás creamos un equipo que nos permitió afrontar ese infierno helado. Tal vez, la decisión más difícil fue la de enfrentar las cumbres de los Andes, cuando al subir la primera montaña vi lo que tenía por delante.

¿Cómo se encaja perder a una madre y cuidar a una hermana agonizante hasta su fallecimiento?

Las circunstancias son totalmente diferentes a las de la vida diaria. Simplemente es lo que hubo que hacer. No había otra opción y la mente trata de cerrarse al sufrimiento, ya que la dureza de la supervivencia supera todo lo demás.

En alguna conferencia ha comentado que el capitán del equipo era una persona religiosa que marcó –con mucha libertad– unas rutinas de piedad, de oraciones… ¿Pensaba en Dios en aquellas circunstancias?

No mucho. Traté de que su decisión de la muerte de mi madre, mi hermana y mis amigos no influyera en mi percepción de Él. Me peleé un poco y me aparté del Dios que me enseñaron en el colegio, acercándome más al Dios que me permitió conocer Arturo Nogueira, uno de los chicos que murió con mucho dolor. En la sabiduría que le dio su muerte cercana, me dejó una frase que ha regido mi vida espiritual desde entonces: “Duda, pero duda sin miedos”.

Durante su caminata por la montaña, ¿qué le motivó a seguir adelante?

El amor hacia mi padre destrozado en Montevideo, tras haber perdido en un instante a su mujer, a su hija y a su hijo. No sabía que yo estaba vivo, siempre me creyó muerto y si podía regresar para darle un soplo de vida, lo iba a intentar. También pensé que esa tragedia me iba a impedir sentir amor por una mujer, una mujer que ya vivía en algún lugar de este planeta y que jamás me iba a conocer porque yo moriría allí. Sin embargo, iba a intentar de alguna manera llegar a ella, a quien no conocía, pero que ya amaba más que a nadie.

A lo largo de su vida, ¿se ha sentido un héroe por salvar a sus compañeros?

Jamás me he hecho esa pregunta. Creo que soy pragmático. En la guerra algunos mueren y otros se salvan; en un terremoto, igual. Simplemente es así. En su interior, todos saben que si no hubiera sido por Roberto y por mí, estarían todos muertos en ese glaciar. Pero no hay que adjudicarse el título de héroe. Simplemente ocurrió de esa manera. Quería salvarme y Roberto también. Y con esa voluntad nuestra, salvamos al resto. Entre todos se había hecho un gran trabajo. Sin embargo, sólo dos atravesamos durante esos diez días los Andes.

Usted suele hablar del sentido de la amistad, la familia, la fe, la perseverancia… ¿Hay manera de salir de situaciones extremas o de una crisis sin esos valores?

Hay momentos en que todo es oscuro y parece no haber salida y nadie viene en nuestra ayuda. Esto le pasa a millones de personas en el mundo y es cuando hay que apretar más y más, sin aflojar. Hubo un momento en mi vida en el que había perdido todo: familia, amigos, mis estudios, un futuro y casi, casi, mi vida. Logré salir adelante y lo único que logro rescatar en mis recuerdos, casi borrados por la niebla del tiempo, es el esfuerzo… el nunca aflojar. No recuerdo ni inteligencia, ni sabiduría, ni conocimientos: recuerdo el esfuerzo. Por eso, en las crisis no hay tiempo para lamentos, es tiempo de seguir. Si uno se detiene, se muere.

Cada 22 de diciembre los supervivientes se vuelven a reunir para celebrar su nuevo “nacimiento”…

Aprendimos a una edad muy temprana lo que una persona aprende cuando está al final de la vida. Tantos poetas, grandes pensadores y escritores han expresado que si pudieran vivir de nuevo, vivirían de forma diferente a lo que han hecho. Hoy los supervivientes vivimos el presente y conocemos el valor primordial de la vida, que es el amor de la familia.

¿Cómo sería usted ahora si no hubiera ocurrido aquel accidente?

No tengo ni la más mínima idea. Es una hipótesis que no quiero explorar. Mi vida es con el accidente; algo muy importante de lo que ya han pasado 37 años. En este tiempo me han ocurrido otras cosas también importantes. Aquéllo es casi un recuerdo amargo, nada más.

Bajo la nieve

Fernando Parrado formaba parte del equipo uruguayo de rugby de los Old Christian’s Club que viajaba en avión hacia Santiago de Chile para jugar un partido. Nando tenía 22 años. Con él viajaban su madre y una de sus dos hermanas. La primera murió en el impacto y la segunda lo hizo en sus brazos, después de varios días tratando de amortiguar la gangrena de sus piernas heridas. Hoy está casado y tiene dos hijas. Además de su trabajo como empresario, se dedica a dar conferencias en todo el mundo sobre la motivación, la estrategia y el trabajo en equipo, teniendo como base su experiencia personal de aquella tragedia que la película ¡Viven! llevó a la gran pantalla.

Guía de un superviviente

La mejor manera de celebrar un logro es… ¡Disfrutándolo! La mejor manera para curarse de una gran pena es… ¡Irse al cine! Su lugar favorito para desconectar… Mi casa en El Chorro, cerca de Punta del Este, Uruguay. ¿Cuál es su héroe literario? Como escritor, Carlos Ruiz Zafón con La Sombra del viento. Como personaje, los héroes de las novelas de acción y espionaje, ¡se las saben todas! ¿Qué metas le quedan aún por alcanzar? Estoy con los flaps bajos, aterrizando de los proyectos y sueños. No quiero más metas, quiero más tiempo con mi familia y mis amigos. ¿Cuál es la última de sus preocupaciones? Lo que los demás piensen de mí. Mi mayor preocupación es mi miedo por lo que le pueda pasar a mi familia: enfermedades, accidentes, etc. La pregunta más difícil que le han hecho sus hijas… Cuando me han preguntado cómo era su abuela, mi madre, que murió en los Andes, y a la que nunca conocieron.

Publicado en la revista Misión: http://www.revistamision.com