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Por Ricardo Narvaez Tossi

Una de las ideas que ya son parte de nuestra cultura moderna, es que la meritocracia es un acto de justicia. Es decir, que aquellas personas que por sus esfuerzos y capacidades personales han salido adelante y han triunfado, merecen obtener puestos o lugares de destaque en la economía y la sociedad. Entendido así, parece que sí es justo que obtengan una mejor posición en la jerarquía social, y de paso, la obtención de la admiración y el reconocimiento público.

El premio a sus méritos estaría en directa relación con una mayor riqueza e incluso con el supuesto derecho a tener una vida mas permisiva y de “libertad moral”. No son pocos los ejemplos en la farándula, los deportistas destacados, los artistas, los nuevos ricos, etc., a quienes sus continuos divorcios, lujos, vidas mundanas o permisivas, entre otros, terminan siendo para muchos hasta modélicas. Parece que se ha olvidado que no pocos han alcanzado su fama y riquezas como fruto de su egoísmo, corrupción o abusos. Los medios de comunicación hoy en día buscan que aplaudamos a todos los poderosos y VIPs. Tenemos revistas, periódicos y canales en cable dedicados a ello.

Pero en esto de la meritocracia contiene algunas falsedades muy serias, que casi sin darnos cuenta, van penetrando en toda nuestra cultura. En primer lugar, que los ricos son útiles y los pobres, inútiles. Las ideologías económicas de antes nos decían que los pobres creaban las riquezas con su trabajo y que los ricos las dilapidaban. Hoy se nos dice lo contrario. Los gastos y lujos de los ricos son los que generan trabajo a los inútiles pobres. El valor de las personas estaría entonces en lo utilitario, y a los pobres habría que verlos como una carga social, porque no pueden acumular ni ostentar riquezas. Ahora, a su pobreza, hay que añadirles el estigma de mantenidos.

Lo segundo, es que desde hace más de un siglo, las políticas de igualdad de oportunidades para todas las personas, ya no reduciéndolas a derechos hereditarios, nos han traído la idea que cualquiera puede triunfar en esta vida. La educación pública, los concursos de méritos, la democracia, los derechos humanos, etc., nos habría puestos a todos en la misma línea de partida. Habría igualdad de oportunidades para el estudio y puestos de trabajo, y por lo tanto quien triunfa, sería por sus cualidades internas. Otro contrabando, ya que se nos vende la idea de que los triunfadores no sólo tienen más derechos a disfrutar de la vida, sino que también pueden ser las mejores personas.

Juan Calvino ya había planteado hace siglos que Dios bendecía con bienes materiales a sus elegidos, idea que se traslado a los Estados Unidos y ahora es parte de nuestra cultura. Entonces, si los triunfadores merecen su éxito, los fracasados, los miserables, los pobres, merecen también su fracaso. Si eres pobre, es porque te lo mereces, por no esforzarte en aprovechar las oportunidades que te ha dado la vida. Y literatura sobre como triunfar en la vida y de este darwinismo social, se encuentra toda la que quieran. La caridad cristiana es vista entonces como una distorsión de la “auténtica” justicia social, ya que al ayudar al pobre, lo confirma en su pereza y dejadez. Es la justificación moderna para una muy antigua dureza de corazón. Al sufrimiento de ser pobre, se le añade ahora la vergüenza de serlo.

La Doctrina Social de la Iglesia nos ilumina permanentemente para entender y juzgar estos y otros contrabandos de la meritocracia. Leer en estos días la nueva encíclica de SS. Benedicto XVI, Caritas in veritate, resulta muy iluminadora.