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Un interesante resumen del Padre Manuel Carreira.

– Un hecho no necesita testigos directos para ser histórico. Si yo veo un cadáver en el suelo, no dudo de que la persona murió, aunque no haya testigos. Si luego la veo viva, tampoco deja de ser histórica la resurrección por no ocurrir ante notario. Nadie duda de que yo nací, aunque no haya testigos del momento.

– En la concepción judía del hombre es IMPOSIBLE hablar de resurrección con el cadáver delante. Ningún Apóstol lo haría. Si los adversarios hubiesen podido presentar el cadáver de Cristo cuando, en Pentecostés, Pedro habló de la Resurrección, ese hubiese sido el final del Cristianismo.

– El cadáver “desapareció” del sepulcro. ¿Por qué?. Tanto la ley romana como la judía condenaba a muerte a quien profanase una tumba. ¿Quién iba a hacerlo, y para qué?. Lo único que ganaron los “testigos de la Resurrección” (como se autodefinían los Apóstoles) fue el martirio, y antes el ridículo y la incredulidad (véase la experiencia de Pablo en Atenas).

– Si acepto el testimonio de los Apóstoles acerca de que Cristo murió, ¿con qué lógica les niego credibilidad cuando me aseguran que lo vieron vivo, lo tocaron y comieron con El?.

– Resurrección “sin cuerpo” es una contradicción, como “círculo cuadrado”. Lo único que puede resucitar es lo que murió, y eso no es el alma. Ni es Hombre quien no tiene cuerpo y alma: la antropología más obvia exige que no nos definamos como espíritus encarcelados a la espera de dejar el cuerpo. Ni tiene sentido para “el Verbo hecho Carne”.

– Cuando Cristo instituye la Eucaristía, dice “Esto es mi Cuerpo”, “Mi Sangre que va a ser derramada”. Obviamente las palabras no tienen sentido sino con referencia al Cuerpo que está a la mesa con los apóstoles y a la Sangre que corre por sus venas en ese momento. Cuando ahora adoramos el Cuerpo y Sangre en la Eucaristía, ¿qué adoramos, sino esa misma realidad material?.

– Cristo necesitó convencer a los Apóstoles de su realidad corporal (“No soy un fantasma”) y de su identidad humana, la misma antes y después de su muerte. Por eso muestra las llagas y las hace tocar. Ningún otro tipo de “cuerpo” hipotético (¿sin materia?) hubiese sido prueba para los Apóstoles.

– La asistencia del Espíritu a la Iglesia sería verdaderamente ridícula sin la realidad del misterio central de la fe y de la Eucaristía. Por todo esto, que puede desarrollarse ampliamente, quienes hablan de una “Resurrección sin Cuerpo”, o con el de Cristo pudriéndose en el sepulcro, no sólo dicen lo que es claramente herético, sino que no tienen ni el más mínimo sentido crítico o lógico, sean quienes sean.