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Dedicó la catequesis a san Tarcisio, patrón de los monaguillos y bendijo una nueva estatua del santo que será colocada en las catacumbas de San Calixto.

Más de 60.000 monaguillos de doce países europeos, de ellos 45.000 alemanes, asistieron hoy en el Vaticano a la audiencia pública del Papa, quien les exhortó a venerar la Eucaristía y a realizar “con amor, devoción y fidelidad” su labor.

“La Eucaristía es un bien precioso, un tesoro cuyo valor no se puede medir. Es apoyo y fuerza para nuestro camino de cada día y vía hacia la vida eterna, es el don más grande que Jesús nos ha dejado”, afirmó el Pontífice ante los miles de jóvenes.

La presencia de tantos muchachos y muchachas en el Vaticano, tras los numerosos escándalos de abusos de menores por parte de clérigos en diferentes países, entre ellos EEUU, Irlanda, Alemania, Austria, Holanda, Italia y Bélgica, testimonia, según señalaron fuentes vaticanas, la “gran confianza” en la Iglesia católica y en el Pontífice por parte de las familias.

Representantes de la organización Coetus Internationalis Ministratium (CIM), que les agrupa, señalaron que esos casos no han influido a la hora de venir a Roma, lo que no significa, que no se trate de hechos deplorables y que haya que esforzarse por mejorar la vigilancia.

En una mañana calurosa y en una plaza de San Pedro abarrotada también por miles de personas de todo el mundo, entre ellos centenares de españoles y latinoamericanos, Benedicto XVI reanudó su encuentro semanal con los fieles, tras tres semanas de vacaciones en la residencia de Castel Gandolfo, a 33 kilómetros al sur de Roma, donde transcurre el verano.

Benedicto XVI llegó al Vaticano procedente de Castel Gandolfo en helicóptero. Desde el helipuerto se trasladó en el “papamóvil” a la plaza de San Pedro, cubriendo la cabeza del sol con un sombrero rojo, el tradicional “galero”.

El Papa Ratzinger recorrió la plaza, siendo acogido con vivas, palmas y ondear de banderas por los miles de jóvenes, de edades comprendidas entre 14 y 25 años, procedentes de Alemania, Francia, Bélgica, Suiza, Rumanía, Eslovaquia, Hungría, Portugal, Albania, Italia, Polonia y Croacia.

En deferencia a que la mayoría de los presentes eran de lengua alemana, utilizó este idioma para la catequesis, que dedicó a la figura de san Tarcisio, patrón de los ministrantes, como también son conocidos los monaguillos.

El joven Tarcisio vivió en Roma en la segunda mitad del siglo III, en la época del emperador Valeriano y durante las persecuciones cristianas. Murió lapidado por negarse a entregar a los paganos la Eucaristía que llevaba en su pecho para dar a cristianos enfermos.

“Que el testimonio de Tarcisio nos enseñe el profundo amor y veneración que debemos tener hacia la Eucaristía. Es un bien precioso, un tesoro cuyo valor no se puede medir. Es el Pan de la vida, es Jesús que se convierte en alimento, apoyo y fuerza para nuestro camino de cada día y vía hacia la vida eterna, es el don más grande que Jesús nos ha dejado”.

Benedicto XVI animó a los muchachos a servir a Dios con generosidad y a desarrollar su labor “con amor, con devoción y con fidelidad y a prepararse bien para la Misa”.

Concluida la audiencia, el Papa bendijo una nueva estatua del santo, de cinco metros de altura y cuatro mil kilos de peso, que será colocada en las catacumbas de San Calixto, en el sur de Roma, donde se encuentra el sepulcro de Tarcisio.

Concluida la audiencia, el Pontífice regresó al Palacio Pontificio de Castel Gandolfo, donde el domingo rezará el ángelus ante varios centenares de fieles.