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La repetición de algunas frases hace que con el paso del tiempo se conviertan en perogrulladas, aun cuando su contenido expresa verdades profundísimas y de inmenso valor. Así, al decir que el hombre está creado a imagen y semejanza de Dios pareciera que se dice algo hermoso, casi poético, pero que en nada toca a la persona concreta, en nada cambia la visión del ser humano y de la realidad.

Al ingresar en la historia de Occidente, el pensamiento cristiano inaugura una cosmovisión que marca una tradición del pensamiento y de la que ya no será posible salir tan fácilmente. El intelectual italiano Benedetto Croce, desde una posición atea y materialista llegó a afirmar en su momento que “no podemos no decirnos cristianos”, aludiendo a que el cristianismo es más que una religión, es una cultura, una forma de entender el universo todo, de pensar, de vivir, de comprender al hombre y su quehacer en el mundo. Sin caer en la tentación de idealizar los periodos históricos bajo el pretexto romántico de que “todo tiempo pasado fue mejor” no es exagerado decir que la Edad Media fue una época en la que la fe permeó la sociedad. Pablo Landsberg señala que para esta época el mundo era entendido como “un cosmos, un todo ordenado con arreglo a un plan, un conjunto que se mueve tranquilamente según leyes y ordenaciones eternas, las cuales, nacidas con el primer principio de Dios, tienen también en Dios su referencia final”[1]

Con su carga de secularismo y ataque a todo elemento religioso, la Ilustración, radical ruptura con el pasado medieval al que se tildaba de “oscuro”[2], separó la realidad sobrenatural de la temporal y trató de establecer una cultura no cristiana. Los datos de fe no tenían ya ningún valor ni podían decir nada al hombre, llamado a establecer un reino solamente suyo en el que no haya ninguna referencia a lo divino. Los creyentes no han sido ajenos a esta corriente de pensamiento que extendió sus influencias por todo el orbe; es por esa razón que el dato fundamental de que somos imagen y semejanza de Dios no se percibe con la hondura antropológica que tiene. La psicología, entre otras disciplinas, resultó afectada por esta nueva idea que pareció hacerse dogma desde el siglo XVII y en la actualidad permanece muy presente en la sociedad.

Trascendiendo el prejuicio ilustrado que ya se mencionó, la fe cristiana mantiene que la ley eterna establecida por Dios e inscrita en el corazón del hombre sigue siendo una luz para que él, como creación de amor, se conozca y tenga una vida feliz, plena y realizada de acuerdo al orden establecido por su Creador. La psicología, como estudio del alma, no puede nunca prescindir de la Revelación y de ella debe partir toda su investigación, ya que de no hacerlo se pone en el gravísimo riesgo de reducir al hombre; bastante dice al respecto la consabida negación del concepto metafísico de “alma”, que es reemplazado en la modernidad por “mente” para negar cualquier carácter trascendente de esta dimensión de la naturaleza humana. La persona es una unidad bio-psico-espiritual que al ser creada a imagen y semejanza de Dios tiene un dinamismo de permanencia que la mueve a ser más, a darle sólidas bases a su identidad, a su existencia y un dinamismo de despliegue por el cual tiende a amar y sentirse amado; dichos dinamismos se expresan psicológicamente en una necesidad de seguridad y otra de significación, es decir, por un lado saber quién se es, conocerse y por otro sentirse valioso y significativo para los demás. Cristo es el o de una vida en fidelidad a dichos dinamismos y por eso la psicología debe promover una verdadera vida cristiana en la que todas las dimensiones que constituyen la persona se centren en Él, esto implica hábitos de pensamiento, afectivos y de conducta que día tras día van contribuyendo a la realización del hombre para que llegue a ser lo que es, para que ponga el color a la obra ya esbozada por Dios.

El objetivo de una psicología inspirada en la fe no puede ser otro que la vida cristiana porque si entiende al hombre como unidad de cuerpo-alma y espíritu, su tarea no puede agotarse en una de estas dimensiones como si de un compartimento estanco se tratara. Para el logro de este objetivo una herramienta fundamental es un juicioso plan de vida que incluya metas y medios concretos y proporcionales en diferentes áreas como son la espiritual (oración, sacramentos, consagración de intenciones), vocacional (cómo vivir mejor el llamado recibido a un determinado estado de vida como puede ser el matrimonio, por ejemplo), psicológica (cambio de mente adquiriendo los pensamientos y sentimientos del Señor Jesús), intelectual (formación, estudio, instrucción continua), comunitaria (amistad, compartir con otros en torno a Jesús), apostólica (anunciar el Evangelio siempre compartiendo la propia experiencia de la vida cristiana a través del testimonio y la palabra) y físico-conductual.

Vivir la vida cristiana es el horizonte al que somos llamados por Dios, todo fin diferente deshonra al hombre y solo en este camino encuentra el sentido pleno de su propia existencia, haciéndose cada vez más como Cristo, aquel que le revela su propia identidad y la sublimidad de su vocación[3].

Carlos Andrés Gómez Rodas

cgomezrodas@gmail.com



[1] Landsberg, Pablo. La Edad Media y nosotros. Madrid. Revista de Occidente. 1925. p.117

[2] “Son los siglos oscuros, “sterquilinium scholasticum”, “scholasticum barbaries”, (“estercolero escolástico”, “barbarie escolástica”), que deben ser limpiados.” Soto, Gonzalo. Filosofía Medieval. Bogotá. San Pablo. 2007. p. 15

[3] Gaudium et Spes 22