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En estos días he visto una película muy interesante y recomendable, una película japonesa llamada “Violines en el cielo” (en inglés Departures, o partidas, despedidas), ganadora Oscar a la Mejor Película Extranjera en el año de 2008 y donde el protagonista principal, Daigo Kobayashi, violonchelista profesional de una orquesta en Tokio, pierde el trabajo ante la disolución de la orquesta y se ve obligado a regresar a su pueblo, Hirano, donde termina trabajando para una empresa dedicada al Nokanshi o arte de preparar a los muertos para su entierro, para el mas allá.

La ceremonia del amortajamiento, en la que se lava, viste, maquilla y coloca al difunto en el ataúd ante la presencia de los allegados, depende de los amortajadores, un oficio poco solicitado. El la película, Daigo Kobayashi (Masahiro Motoki), descubre la muerte en todas sus facetas, lo que le permitirá emprender una nueva vida.

Importante es la figura de su esposa Mika (Ryoko Hirosue), cuya actuación permite que la cultura japonesa nos sea transmitida con mucha fidelidad. Mujer abnegada, dispuesta a luchar y acompañar a su esposo en las dificultades. Sobria y amorosa, e incluso en su sencillo pudor, nos trasmite una femineidad muy propia de las culturas orientales, y que en nuestras culturas occidentales se ha retrocedido mucho por lamentables ejemplos de vulgaridad de todos conocidos. La joven esposa aporta naturalidad al papel de una mujer que inicialmente está en contra de la profesión escogida por su marido, pero que acaba por entenderla y respetarla.

El tercer personaje importante es el dueño de la empresa de amortajamiento, es el Señor Sasaki (Tsutomu Yamazaki), quien con paciencia va educando a su nuevo discípulo en el arte de preparar a los muertos, trasmitiéndole el arte de buscar reconciliar a las personas con sus parientes, amigos o esposos muertos.

El trasfondo de la película trasmite una enorme reverencia a los muertos y hacia la muerte, hacia el duelo en silencio, a asumir con reconciliación el drama de los problemas y las rupturas no resueltas entre la persona que muere y sus deudos. La hondura del drama, que incluye la reconciliación del protagonista mismo con la muerte de su padre, realmente eleva el espíritu.

La película tiene diversos matices de humor, como parte de la naturalidad de la vida ante la aceptación del drama de la muerte. Por ser una película japonesa, acusamos la falta de una visión cristiana de la esperanza y del encuentro con Dios, pero esto no le quita los grandes méritos de la belleza con que son tratados los temas de la amistad, la reverencia, la fidelidad, la muerte y otros.

El contraste con la forma con que nuestra cultura actual occidental trata estos temas es cuestionante. Nuestros velorios son en mucho, patéticos. Velorios donde no faltan las bebidas alcohólicas, donde los chistes y los chismes son los temas mas hablados. Donde muchos se sienten incómodos frente a los deudos, sin nada que decir, más allá de un tímido y rápido saludo o abrazo. Se invita a “asumir el duelo” buscando olvidar a los muertos y seguir “viviendo la vida”. A cuantos se les niega la visita del sacerdote llevándoles los Santos Óleos, para no “asustar” al moribundo, como si mantenerlo tranquilo fuese mas importante que salvar su alma.

“De la muerte súbita, líbrame Señor” dice una de las mas hermosas letanías. Es decir, le pedimos Dios que nos podamos preparar para la muerte, aceptando la vejez y la enfermedad. Sin embargo, nuestros tiempos de búsqueda desenfrenada de placer, de bienestar, de fama y riqueza, sin cuestionamientos morales, se ha convertido en un ideal “morirse sin darse cuenta”, morirse sin sufrir. León Bloy decía en su crítica al espíritu burgués: “Quiere a toda costa reventar sin sufrir, y es muy natural. ¿Por qué salir con dolor de una vida que, en resumen, ha sido hecha para que se goce con ella hasta el último suspiro?” De ahí a la defensa de la eutanasia, hay un paso.

En fin, quedémonos con la recomendación de ver esta estupenda película japonesa “Violines en el cielo”