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Por el P. Jurgen Daum
En: Reflexiones para la Santa Misa del Dies Domini

Hoy en día muchos católicos creen que alcanzarán la vida eterna viviendo en esta vida “sin hacer mal a nadie”, viviendo una vida cristiana acomodada a su medida, un catolicismo “light”. Muchos otros están convencidos de que, en contra de lo que enseña Cristo y su Iglesia, luego de esta vida vendrán sucesivas reencarnaciones, y que habrán muchísimas oportunidades para ir purificando sus almas hasta llegar a ser como dioses.

Según esta doctrina tan de moda hoy en día, nadie se condenará. Para ellos y para muchos otros “católicos”, el infierno no es sino una invención de la Iglesia, una doctrina creada para infundir el miedo en los creyentes y tenerlos sometidos a su dominio.

Suelen argumentar quienes niegan la existencia del infierno o se resisten a creer en él: “si Dios es amor, ¿cómo puede existir el infierno? ¿Cómo puede Dios-Amor querer que alguno de sus hijos se condene por toda la eternidad? Un padre nunca puede querer la infelicidad para sus hijos, no puede querer que sufra lo inimaginable por toda la eternidad”.

Quienes así razonan desoyen esta advertencia del Señor: «Esfuércense en entrar por la puerta estrecha. Les digo que muchos intentarán entrar y no podrán». La enseñanza es clara. No da lugar a suavizaciones ni relativizaciones: quienes no responden a su condición de hijos, serán excluidos de la salvación ofrecida por el Señor Jesús, y eso no porque Dios no los ame, sino porque su amor lo lleva a respetar nuestras decisiones libres.

Quien en esta vida no quiere abrirle la puerta de su corazón a Dios, que se inclina a nosotros en su Hijo, que toca y toca a la puerta de nuestros corazones desde su Cruz, implorando que le abramos, se excluye a sí mismo de la Comunión con Dios por toda la eternidad. Dios ha hecho todo lo posible para nuestra salvación. No puede sino respetar nuestra libertad. No puede haber otro lugar para quien insiste en decirle no a Dios que el «estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1033; ver números siguientes).

El Señor ha abierto para nosotros las puertas del Reino de los Cielos, pero no nos obliga a entrar. Quien de verdad quiera conquistar la Vida eterna, debe hacerlo con una actitud esforzada, combativa, “violenta” (ver Mt 11,12). Esa violencia la hemos de ejercer ante todo contra todo lo que en nosotros nos haga desemejantes a Cristo: el pecado, los vicios, los pensamientos, sentimientos y actitudes que no corresponden a los pensamientos, sentimientos y actitudes del Señor Jesús.

Pero para participar de su comunión y vida eterna el Señor nos llama a mucho más, nos llama a ser perfectos en la caridad (ver Mt 5,48; Col 3,14), nos llama a amar como Él nos ha amado (ver Jn 15,12). Pasar por la puerta estrecha es, en este sentido, “pasar” por Aquel que ha dicho de sí mismo: «Yo soy la puerta» (Jn 10,9). En otras palabras, se trata de asemejarnos cada vez más al Señor Jesús en sus pensamientos, sentimientos y actitudes, hasta llegar a la perfección y plenitud de la madurez en Cristo (ver Ef 4,13).

En esta lucha por conquistar la vida eterna no podemos olvidar que sin el Señor nada podemos hacer (ver Jn 15,4-5). Nuestros necesarios esfuerzos sólo darán fruto en la medida que sean una decidida cooperación con la gracia divina que Dios derrama en nuestros corazones. Esa gracia hay que implorarla incesantemente y buscarla en los Sacramentos de la Iglesia. Así pues, “¡a Dios rogando, y con el mazo dando!” De ese modo, y sólo de ese modo, estaremos pasando por la puerta estrecha para ingresar al Reino de los Cielos que Dios nos tiene prometido.

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