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“Testimoniad que las cosas grandes que anhela el corazón se encuentran en Dios”. Publicamos el mensaje enviado por el cardenal Bertone al obispo de Rímini con el saludo del Papa Benedicto XVI al Meeting.

Excelencia Reverendísima,

con alegría tengo el placer de transmitir el cordial saludo del Santo Padre a Su Excelencia, a los organizadores y a todos los participantes en el Meeting para la Amistad entre los Pueblos que se celebra en Rímini.

Este año, el lema –“Esa naturaleza que nos empuja a desear cosas grandes es el corazón”- nos recuerda que la naturaleza de cada hombre lleva en el fondo una inquietud inextirpable que le empuja a buscar algo que satisfaga este anhelo. Todo hombre intuye que en el cumplimiento de los deseos más profundos de su corazón puede encontrar la posibilidad de realizarse a sí mismo, de completarse, de ser más verdaderamente él mismo.

El hombre sabe que no puede responder por sí solo a sus necesidades. Por mucho que presuma de ser autosuficiente, experimenta que no basta con eso. Necesita abrirse a otra cosa, a algo o a alguien que pueda darle eso que le falta. Debe, por decirlo de alguna forma, salir de sí mismo y dirigirse hacia algo que sea capaz de colmar la amplitud de su deseo.

Como subraya el lema del Meeting, no es cualquier cosa la meta última del corazón humano, son las “cosas grandes”. El hombre tiene la tentación de quedarse en las cosas pequeñas, en las que dan satisfacción y placer “a buen precio”, que sacian momentáneamente, cosas tan fáciles de conseguir como ilusorias en último término. En el relato evangélico de las tentaciones de Jesús (Mt 4, 1-4) el diablo insinúa que es “el pan”, es decir, la satisfacción material, la que puede saciar al hombre. Ésta es una mentira peligrosa porque sólo contiene una parte de verdad. El hombre, de hecho, vive de pan, pero no sólo de pan. La respuesta de Jesús desvela la falsedad última de esta posición: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4).

Sólo Dios basta. Sólo Él sacia el hambre profunda del hombre. Quien ha encontrado a Dios, lo ha encontrado todo. Las cosas finitas pueden darle destellos de satisfacción o alegría, pero sólo el infinito puede llenar el corazón del hombre: “Inquietum est cor nostrum, donec requiescat in Te – nuestro corazón está inquieto hasta que reposa en Ti” (San Agustín, Confesiones, I, 1). El hombre, en el fondo, necesita una sola cosa que lo contiene todo, pero antes debe aprender a reconocer, también a través de sus deseos y anhelos superficiales, lo que verdaderamente necesita, lo que verdaderamente quiere, lo que es capaz de satisfacer la capacidad del corazón.

Dios ha venido al mundo para despertar en nosotros la sed de “cosas grandes”. Se ve con claridad en esa página evangélica de riqueza inagotable que narra el encuentro de Jesús con la samaritana (Jn 4,5 – 42), de la que San Agustín nos dejó un comentario luminoso. La samaritana vivía la insatisfacción existencial de quien todavía no ha encontrado lo que busca: había tenido “cinco maridos” y en aquel momento convivía con otro hombre. Aquella mujer, como solía hacer habitualmente, había ido a por agua al pozo de Jacob y allí encontró a Jesús, sentado, “cansado del viaje”, al calor del mediodía.

Después de pedirle que le diera de beber, es Jesús mismo quien le ofrece agua, pero no cualquier agua, sino “un agua viva”, capaz de colmar su sed. Y así se abría espacio “poco a poco (…) en su corazón” (San Agustín, Comentario al Evangelio de Juan, XV, 12), haciendo emerger el deseo de algo más profundo que la simple necesidad de satisfacer la sed material. San Agustín comenta: “Aquél que pedía de beber tenía sed del deseo de aquella mujer” (Ibid. XV, 11). Dios tiene sed de nuestra sed de Él. El Espíritu Santo, simbolizado por el “agua viva” de la que hablaba Jesús, es ese poder vital que aplaca la sed más profunda del hombre dándole la vida total, la vida que él busca y espera sin conocerla. La samaritana dejó entonces en el suelo el cántaro “que ya no le servía, es más, se había convertido en un peso: ya sólo quería saciarse con aquella agua” (Ibid. XV, 30).

También los discípulos de Emaús viven la misma experiencia con Jesús. Es de nuevo el Señor quien hace “arder su corazón” a los dos que caminaban “con rostro triste” (Lc 24, 13-35). Sin reconocer a Jesús resucitado, durante el trayecto junto a él sintieron que su corazón les “ardía en el pecho”, que la vida volvía a comenzar, con tanta fuerza que al llegar a casa “le insistieron” para que se quedase con ellos. “Quédate con nosotros, Señor”: es la expresión del deseo que palpita en el corazón de todo ser humano. Este deseo de “cosas grandes” debe transformarse en oración. Los Padres decían que rezar no es otra cosa que convertirse en deseo vehemente del Señor. En un precioso texto, San Agustín define la oración como expresión del deseo y afirma que Dios responde atrayendo nuestro corazón hacia Él: “Dios (…), al suscitar en nosotros el deseo, ensancha nuestro espíritu, haciéndolo así capaz de acogerlo” (Comentario a la Primera Carta de Juan, IV, 6).

Por nuestra parte, debemos purificar nuestros deseos y nuestras esperanzas para poder acoger la dulzura de Dios. “Ésta –continúa San Agustín- es nuestra vida: ejercitarnos en el deseo” (Ibid). Rezar a Dios es un camino: un proceso de purificación de nuestros pensamientos y deseos. A Dios le podemos pedir todo. Todo lo que es bueno. La bondad y la potencia de Dios no conocen límite entre cosas grandes y pequeñas, entre cosas materiales y espirituales, entre cosas terrenas y celestiales. En el diálogo con Él, poniendo toda nuestra vida ante sus ojos, aprendemos a desear cosas buenas, a desear en el fondo a Dios mismo. Se dice que, en uno de sus momentos de oración, Santo Tomás de Aquino oyó al Señor Crucificado que le decía: “Has escrito bien sobre mí, Tomás, ¿qué deseas?”. “Nada más que a Ti”, fue la respuesta del santo doctor. “Nada más que a Ti”. Aprender a rezar y aprender a desear es, por tanto, aprender a vivir.

Cinco años después de la muerte de Monseñor Luigi Giussani, el Sumo Pontífice se une espiritualmente a los miembros del movimiento de Comunión y Liberación. Como pudo recordar durante la audiencia en la Plaza de San Pedro el 24 de marzo de 2007, “don Giussani se comprometió (…) a despertar en los jóvenes el amor a Cristo, ‘Camino, Verdad y Vida’, repitiendo que sólo Él es el camino hacia la realización de los deseos más profundos del corazón del hombre”.

Al encomendar a los participantes en el Meeting estas reflexiones, esperando que sean de ayuda para reconocer, encontrar y amar cada vez más al Señor y testimoniar en nuestro tiempo que las “cosas grandes” que anhela el corazón humano se encuentran en Dios, Su Santidad Benedicto XVI asegura su oración y con gusto envía a Su Excelencia, a los responsables y organizadores, y a todos los presentes la Bendición Apostólica.

A lo que uno también cordialmente mi deseo y aprovecho la ocasión para confirmarle mi aprecio.

Afectísimo en el Señor,

Cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado.

Vaticano, 10 de agosto de 2010