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Por Remedios Falaguera

Ante el reciente anuncio de “Ganar salud en la escuela. Guía para conseguirlo”, fruto de la colaboración entre el Ministerio de Educación, Política Social y Deporte y Ministerio de Sanidad y Consumo, Ministerio de educación y Sanidad, los padres no podemos,¡ ni debemos!, dejar a estos nuevos “actores educativos” orientar los sentimientos de nuestros hijos y , mucho menos, proporcionarles una educación afectivo-sexual no acorde a nuestras convicciones morales y religiosas.

Nadie duda, y los padres somos conscientes de ello, que la sexualidad es una parte muy importante de la vida del ser humano que no podemos ignorar, sin embargo, no deberíamos darle más importancia de la que tiene. Sin embargo, los padres, a pesar de que a menudo nos encontramos con una gran dificultad en la educación de la sexualidad, deberemos poner todos los medios a nuestro alcance para encontrar y poner en práctica, de una manera u otra, el autentico y más adecuado programa de educación sexual. Un programa que debe ser claro, verdadero y completo; gradual y equilibrado. Una educación de la sexualidad integral e integradora, conforme a los principios antropológicos fundamentales de la naturaleza y la dignidad de la persona humana.

Un programa que enriquezca las facultades del hombre, por las que nos diferenciamos del resto de seres vivos, y que nos capacitan en el desarrollo libre, razonado e integral de nuestra personalidad al servicio de una sexualidad sana y responsable: la inteligencia y la voluntad.

Un programa que ayude a los padres, como primeros y principales educadores de los hijos, a estar en guardia y preparados para enseñarles que el amor no es apetencia sexual, sino una elección libre y generosa por la que se procura el bien del otro.

No podemos caer en el error, como señala el novelista francés, Maxence van der Meersch, de enseñarles “los más diversos conocimientos. Les proporcionamos los maestros más eminentes. Pero en lo que se refiere a este instinto sagrado que nace en ellos y que gobernará su vida de hombres, de maridos y de padres, callamos vergonzosamente. Dejamos que se instruyan entre sí. Dejamos a un chiquillo de 14 años, más precozmente “informado” que nuestro hijo, el cuidado de ilustrarlo acerca del más grande de los misterios de la vida”.

Dicho esto, y bajo el amparo no solo en la legislación española, sino también por la jurisprudencia europea, los padres debemos exigir nuestras libertades y derechos avalados por:

– Art.27 de la Constitución Española donde “se reconoce la libertad de enseñanza” y se garantiza “el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones” en unas condiciones de igualdad real y efectiva.

– El art. 14 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea considera que “toda persona tiene derecho a la educación”. Este derecho incluye la facultad de recibir gratuitamente la enseñanza obligatoria. Se respetan, de acuerdo con las leyes nacionales que regulen su ejercicio, la libertad de creación de centros docentes dentro del respeto a los principios democráticos, así como el derecho de los padres a garantizar la educación y la enseñanza de sus hijos conforme a sus convicciones religiosas, filosóficas y pedagógicas”.

– art.16.3 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que nos exhorta a que “la familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado”

-Art. 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que dispone que “La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales (…) los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos”.

– La Carta Europea de los Derechos del Niño considera que “la infancia de todo individuo y las particulares circunstancias de su entorno familiar y social determinan en gran medida su vida posterior de adulto”, hace hincapié “en el papel primordial de la familia y su estabilidad en el desarrollo armonioso y equilibrado del niño”. Y señala que “el padre y la madre tienen una responsabilidad conjunta en cuanto al desarrollo y educación”. (12)

Y en lo referente a la educación de la sexualidad añade: “El niño deberá ser protegido frente a las enfermedades sexuales. A tales efectos, se le deberá facilitar la información oportuna. Igualmente, deberá proporcionársele una educación en materia sexual y las atenciones médicas necesarias con inclusión de las medidas dirigidas al control de la natalidad, dentro del respeto de las convicciones filosóficas y religiosas.”

Una vez dicho esto es conveniente exponer algunos puntos fundamentales que avalaran nuestro buen hacer en esta tarea.

PRIMERO. La educación de la sexualidad es un derecho y una responsabilidad de los padres.

Un derecho y una responsabilidad que es prioritario, intransferible, innegociable, indelegable e insustituible. Por lo tanto, los padres tenemos la obligación de ejercer nuestro derecho y nuestra responsabilidad en la educación de la sexualidad, como nos recordaba el Dr. Marañón: “Son las manos infinitamente cuidadosas de los padres y no ningunas otras, por sabias que sean las que tienen la máxima eficacia para llevar a cabo la iniciación sexual”.

No solo debemos comprometernos al cien por cien, sino que debemos implicarnos en evitar, con todos los medios disponibles, el intervencionismo de terceros, entre ellos Gobierno y CCAA, en todo lo que se refiere a los principios ideológicos, religiosos, morales y éticos que consideremos esenciales para la salud física y espiritual de nuestros hijos.

Y para ello, como bien decía Rafael Pich, pionero de la Orientación Familiar, “en nuestra vida de familia el saber es importante, el saber hacer es indispensable y el querer hacer es determinante (…) Todo lo que se haga a favor de la familia será poco. La altísima y creciente densidad microbiana antifamilia requiere con urgencia que aumentemos las vacunas y vitaminas que ayuden a nuestras familias no sólo a defenderse sino a contrarrestar esta infección con seguridad y alegría, colmando la sociedad de familias fuertes, con personalidad propia.”.

Padres, ¡no claudiquéis en la educación de los hijos! De esto dependerá el futuro de la juventud, de la familia, y de la sociedad.

SEGUNDO. La familia es el ámbito natural y más apropiado para la formación sexual.

A pesar de que muchos padres se sientan confusos ante esta responsabilidad, no pueden dudar de su privilegiada capacidad de amar, conocer y comprender las necesidades en desarrollo armónico y equilibrado de los hijos en todas las materias, incluida, la dimensión humana de la sexualidad.

En efecto, la familia es “ámbito natural y más apropiado para el desarrollo de la personalidad, el espacio privilegiado donde, en un ambiente de amor y confianza, pueden plantearse sin traumas los interrogantes sobre la sexualidad”. De ahí que podamos señalar a la familia como el mejor lugar donde los vínculos, el ambiente y el tipo de convivencia, facilitan que de un modo natural se asimilen virtudes y valores importantísimos, así como la equilibrada formación de la personalidad y la forma más humana de entender la existencia.
Tanto es así, que Victoria Camps, Catedrática de Ética en la Universidad Autónoma de Barcelona, señala: “hablar de virtudes públicas (…) equivale a recordar que debe haber una moral mínima compartida por todos, a pesar del pluralismo de ideologías y de la relatividad de las creencias. Los derechos humanos han sido proclamados como derechos universales, y la obligación de respetarlos y defenderlos nos concierne a todos. Hablar de virtudes públicas equivale a hablar de compromiso cívico o de civismo”.

De ahí que, “los primeros años en familia, y la manera en que el niño los interpreta, contribuyen a la formación de actitudes, valores y comportamientos que tienden a persistir en y durante la vida adulta. Es verdad que la familia no es la única fuerza modeladora en la vida de un niño: el colegio, los amigos y las instituciones de enseñanza superior (a lo que podríamos añadir las “normas y costumbres” que profanan el verdadero significado de la sexualidad y que son alentadas por los medios de comunicación como televisión, internet, videos, películas, libros y revistas), también influyen en las actitudes y valores. Pero nada tiene mayor impacto en un niño que su experiencia familiar, en particular el amor de sus padres y la disciplina, pero ésta sólo puede alcanzar su impacto máximo en la vida de un niño en el momento en que los padres se dan cuenta de este mismo hecho y hacen un uso adecuado de él.” (Mercedes Arzú de Wilson, Guía práctica de educación y sexualidad, Ed.Palabra, 1998)

Es cierto que durante años, nos han hecho creer que al no haber recibido la instrucción de una adecuada educación de la sexualidad, los padres no estábamos preparados para esta tarea, y que por tanto, era mejor dejarla en manos de “expertos de reconocida solvencia”. Unos “expertos” que reconocen abiertamente que este tipo de relaciones son naturales y necesarias para su desarrollo, o incluso que los jóvenes y adolescentes no deben controlar sus impulsos, y por tanto se les debe facilitar la información, el uso y el disfrute de sus “necesidades” para evitar consecuencias perjudiciales al desarrollo de la personalidad.

Más aún, los padres, no podemos ni debemos arrojarlos, muchas veces por comodidad, miedo e ignorancia, al pozo sin fondo de la irresponsabilidad sexual que fomenta prácticas sexuales precoces, la búsqueda de nuevas sensaciones, el consumismo enfermizo y habitual de sexo que les llevará a una disfunción sexual sin precedentes.

Advertirles que, desgraciadamente un día no muy lejano, este bombardeo de sensaciones contradictorias les llevará al “síndrome del aburrimiento” en el cual, la apatía, la indiferencia y el, desencanto serán los síntomas del consumo indiscriminado en la búsqueda de placer, es responsabilidad de los padres.

Si esto no ocurriera, si dejáramos a otros “actores” tomar el mando de la educación de la sexualidad de nuestros hijos, si permitiéramos una suplantación de la patria potestad reconocida en la Constitución, estaríamos violando no solo los derechos y deberes de los padres a educar y proteger a nuestros hijos, sino que les estaríamos haciendo un flaco favor, del que solo nosotros seríamos los únicos y principales responsables subsidiarios.

Padres, ¡no violemos nuestros derechos y responsabilidades!
Porque, y aunque parezca algo repetitivo volver a destacar este punto, los padres, movidos por el amor, el cariño y la comprensión por cada uno de nuestros hijos, somos los protagonistas principales, irreemplazables, necesarios y los más adecuados protagonistas en su educación.

Nadie conoce mejor a sus hijos que nosotros mismo. Y nadie, mejor que los padres, tienen el privilegio de crear una escuela de valores culturales, éticos, sociales, espirituales y religiosos, como es la familia, donde los niños, jóvenes y mayores aprendamos a vivir el amor y del amor que tanta falta hace en la sociedad actual. Y en donde se transmiten, se aprecian y se respetan, con una facilidad extraordinaria, los valores fundamentales de la existencia humana.

Una escuela donde el ambiente de confianza, sinceridad, y naturalidad, necesario para la educación de la sexualidad, se realiza de modo gradual, integral y coherente, de forma individualizada, progresiva y continua según las necesidades afectivas, emocionales y sociales de cada hijo en las distintas etapas en el desarrollo de su personalidad.
Porque solo los padres, o aquellos a quién, bajo nuestra atenta mirada, deleguemos parte de esa educación, sabe encarar la educación de la sexualidad “conforme a sus convicciones morales y religiosas, teniendo presentes las tradiciones culturales de la familia que favorecen el bien y la dignidad del hijo”. (Carta de los derechos de la familia, de 1983, del Pontificio Consejo para la Familia).

Ahora bien, sin olvidarnos de aquellas palabras de Séneca: “Lento es enseñar por medio de la teoría, breve y eficaz, por medio del ejemplo”. O como señala David Isaacs en su libro “La educación de las virtudes”: “Si nuestros criterios -lo más valioso que tenemos- son buenos y los vivimos congruentemente no hará falta “convencer” a los hijos. Se tratará, más bien de dejarse ver, exigir y orientar. ¡Que los niños vean que luchamos en conseguir las mismas metas que les exigimos a ellos, sencillamente porque es bueno para nosotros y para los demás! Los hijos necesitan tres cosas básicas para aprender: tener un MODELO, saber IMITAR y si se lo hacemos atractivo, tendrán GANAS DE REPETIR”.

TERCERO. La familia necesita la colaboración del centro educativo.

De ahí la importancia de la libertad de los padres a la hora de elegir un centro educativo acorde a sus convicciones preferencias morales, religiosas, filosóficas y pedagógicas, como señala el art.14 de la Declaración de derechos fundamentales de la Unión Europea (7-XII-2000)

Porque, “los educadores están llamados a formar personas. Más allá de una simple información que ofrezca datos, ciertamente necesaria, sobre la sexualidad, ellos pueden articular un programa de formación que ofrezca valores y criterios sólidos de discerni¬miento para orientar el comportamiento hu¬mano responsable en este campo”. (Sobre algunos aspectos referentes a la sexualidad y a su valoración Moral, Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe).

Con su quehacer profesional deben ayudar a los padres en la educación de sus hijos. Para ello, padres y profesores deben estar coordinados en el proyecto y finalidad de la tarea educativa.

Los padres ponen en manos de los profesores, del centro escolar, parte de su derecho educativo. De ellos depende motivar, guiar el comportamiento del alumno, y completar la labor de los padres.

Para ello, y en la tarea de la educación de la sexualidad concretamente, los profesores deberán crear un clima de confianza, delicadeza y respeto que les permita dialogar con el alumno, y en el que se facilite que el alumno pida consejos ante las dudas que pueda tener a la hora de desarrollar un criterio y un comportamiento de la sexualidad recto y positivo.

Ahora bien, para la consecución de este objetivo, y dada su complejidad, es necesario un profesional competente, que goce de una total confianza de los padres para impartir esta materia, y que les estimule a vivir una serie de valores imprescindibles a la hora de desarrollar de una manera armónica todas sus capacidades, en especial, la entrega y generosidad que late en los corazones de nuestros adolescentes y jóvenes. Puesto que, “la formación y el desarrollo de una personalidad armónica exigen una atmósfera serena, fruto de comprensión, confianza recíproca y colaboración entre los responsables. Esto se logra con el mutuo respeto a la competencia específica de los diversos operadores de la educación, a las respectivas responsabilidades y a la elección de los medios diferenciados a disposición de cada uno”. (Orientaciones educativas sobre el amor humano. Sagrada Congregación para la educación católica)

CUARTO. El estado no puede inmiscuirse en la educación de la sexualidad.
La dejación del derecho y la responsabilidad de los padres, por ignorancia, comodidad, y muchas veces por ingenuidad, deja la puerta abierta a una, llamémosle invasión prepotente del Estado en la tarea educativa de nuestros hijos. Una invasión que, como hemos visto en casos recientes, pretenden secuestrar la conciencia y las actitudes de nuestros hijos, cuestionando la educación que los padres quieren para sus hijos, con un único objetivo: introducir una nueva “Moral de estado”, institucional y obligatoria para las próximas generaciones de jóvenes españoles, con la que poder manipular las mentes de nuestros hijos e imponer su doctrina.

Un aspecto fundamental de este hecho es el abuso de autoridad de la Administración pública y sus instituciones que se promueve con la implantación de una concepción del hombre y de su dimensión humana de la sexualidad, en gran parte contrarias a sus convicciones morales, religiosas, y afectivas; a través de la difusión, por ejemplo, de guías, folletos, y páginas web.

Después de todo, no solo perjudican seriamente el desarrollo físico, mental y moral de los menores, sino que vulneran claramente el derecho fundamental de los padres en la educación de sus hijos y las normas de protección de la moralidad de los niños y jóvenes establecidas en la Constitución española. (Ver Constitución Española números 1 0, 16, 20, 4; 27, 2-3; 39, 4.)

Es deber del Estado tutelar a los ciudadanos contra sus propias injerencias y usurpaciones de nuestros derechos y deberes como padres responsables de la educación de nuestros hijos. Más aún, es obligación del Estado apoyar a los padres a recuperar, mediante la educación y el ejemplo, los auténticos valores éticos y morales que ensalcen la Dignidad de la persona humana. Esto supone una labor urgente de la que, los padres, como primeros y principales educadores de sus hijos, no podemos evadirnos. Es más, es nuestra responsabilidad, encontrar soluciones lo más inmediatas posibles para solucionar este problema.