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Aunque la razón última por la que creemos es la autoridad de Dios revelante, necesitamos, para poder creer en conformidad con nuestra condición de seres racionales y libres, contar con algunos signos o “motivos”, en plural, que hagan posible que nuestra adhesión incondicional a Dios por la fe sea, desde la perspectiva humana, razonable.

La revelación es humanamente “creíble”, digna de ser creída, porque irrumpe en la historia de los hombres portando, incluso externamente, su propia credibilidad. Sin unos signos o indicios que nos permitiesen descubrir, con ayuda de la razón, la presencia de la revelación en el mundo, la opción de la fe resultaría imposible. Dios nos envía señales, pruebas, que despiertan nuestra atención y nos animan a mirar más allá de lo inmediato.

El gran signo de la revelación, la gran “prueba” de que Dios anda por medio y de que el Evangelio no es una construcción humana, es la misma figura de Jesús. Ante todo, por su perfecta coherencia. En Jesús lo que “aparece”, lo que se puede ver y oír, corresponde perfectamente a lo que “es”. No hay disfraces en Él, sino una plena armonía entre la forma y el fondo. Jesús es el Hijo de Dios, enviado al mundo para salvar a los hombres. Y se manifiesta en conformidad con su ser.

En Él, el amor de Dios se hace visible en la existencia terrena del más puro y noble de los hombres: en su palabra llena de libertad; en la ternura de su cercanía a los pobres, a los enfermos, a los pecadores; en la enseñanza nueva de las Bienaventuranzas; en la mansa fortaleza de su pasión y de su Cruz.

Este Signo por antonomasia ha vivido entre nosotros en un lugar concreto y en un tiempo concreto. Jesús es el Emmanuel, el Dios-con-nosotros. La huella de su paso por la historia es accesible a todos. No es la Iglesia quien ha inventado a Jesús, sino es Jesús quien está en el origen de la Iglesia. El Credo deja constancia del realismo de su presencia en la historia al mencionar a “Poncio Pilato”.

La historia de Jesús no es una maravillosa, pero etérea, construcción mítica. Sus pasos han impresionado los caminos de Palestina, sus palabras han sido verdaderamente oídas y conservadas por la memoria de los creyentes, la sangre que manó de la Cruz regó la tierra del Calvario. La luz de su Resurrección cambió la vida de hombres muy concretos que dieron testimonio de este hecho con la entrega de sus propias vidas.

Y este Jesús de divina coherencia, de modesta y grandiosa presencia en la historia, es capaz de seguir iluminando hoy las vidas de los hombres. No cambia en exceso nuestra existencia por conocer los datos que marcaron los hitos de la vida de un personaje histórico. Pero, con referencia a Jesús, sí cambia todo. Si Él es quien ha dicho ser – y no podemos ni sospechar que nos mintiese – entonces todo cambia para mí.

Su paso por la tierra me concierne, me afecta en lo más íntimo, porque yo quiero – como todos los hombres quieren – encontrar un horizonte que oriente mi caminar. Si Él es quien ha dicho ser, yo tengo mañana y futuro y esperanza. Si Él es quien ha dicho ser, la injusticia y la carga de la muerte que gravan el peso de la historia podrán ser, finalmente, vencidas.

No puede Alguien como Él ser un camelo, no pudieron urdir su personaje, como quien escribe una novela conmovedora y trágica, aquellos hombres a quien llamamos “evangelistas”. No se puede, razonablemente hablando, explicar la grandeza de Jesús y su impacto palpable en tantos hombres sin sospechar, sin pensar que es creíble que, ante Él, nos encontramos con Dios; que en Él, Dios se ha encontrado con nosotros. Éste – Él mismo – es el gran milagro que los demás milagros rubrican.

Guillermo Juan Morado.