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La Jornada Mundial de la Juventud será en agosto de 2011.

Por: José Ignacio Alemany Grau, Obispo

Un año antes nos ha llegado ya el mensaje de Benedicto XVI para este encuentro juvenil que se reunirá bajo el lema “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”.

Son éstas unas palabras de Colosenses 2,7 que el Papa quiere que sean el transfondo de todo el encuentro e incluso de toda la preparación.

El mensaje es muy bello. En él el Santo Padre no sólo habla y orienta sino que cuenta su propia experiencia personal en plena juventud. Su compromiso vivencial con Jesús y cómo le nació el anhelo de ser sacerdote.

El optimismo de este Papa, de mente lúcida y corazón ardiente y comprometido es un buen ejemplo que meditar.

Sabe muy bien Benedicto XVI que Europa está en un momento difícil y poner el encuentro en Madrid ha sido, ciertamente, un tiro al blanco que tiene que ha de producir fruto, sobre todo en la juventud que es la esperanza de la Iglesia.

Por eso el Papa “quisiera que todos los jóvenes, tanto los que comparten nuestra fe, como los que vacilan, dudan o no creen, vivan esta experiencia, que puede ser decisiva para la vida: experiencia del Señor Jesús resucitado y vivo, y de su amor por cada uno de nosotros”.

A continuación el Papa vuelve a su propia juventud para compartir: “Al pensar en mis años de entonces, sencillamente no queríamos perdernos en la mediocridad de la vida aburguesada. Queríamos algo grande, nuevo. Queríamos encontrar la vida misma en su inmensidad y belleza”.

Esto que comparte siempre la juventud no es un sueño vacío… “el hombre, en verdad, está creado para lo que es grande, para lo infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente… De un modo único y especial, la persona humana hecha a imagen de Dios, aspira al amor, a la alegría y a la paz”.

“Dios es la fuente de la vida; eliminarlo equivale a separarse de esta fuente e, inevitablemente, privarse de la plenitud y la alegría”.

Con estas palabras Benedicto XVI se refiere, una vez más, a la pobreza tan grande que heredará Europa si sigue de espaldas a Dios.

Podríamos decir que ésta es la obsesión de Benedicto XVI: añora de verdad, la fe profunda de otros tiempos que él tuvo la suerte de vivir en su propia familia a pesar de tocarle uno de los momentos difíciles de la historia.

Advierte también a los jóvenes que la fe cristiana “no es sólo creer en la verdad sino sobre todo una relación personal con Jesucristo… Cuando comenzamos a tener esta relación personal con Él, Cristo nos revela nuestra identidad y con su amistad la vida crece y se realiza en plenitud”.

Añade el Papa que existe un momento en la juventud en el que llega la gran pregunta: ¿qué sentido tiene mi vida?, ¿qué finalidad?, ¿qué rumbo debo darle?

Y volviendo a su juventud, añade: “En cierto modo muy pronto tomé conciencia de que el Señor me quería sacerdote. Pero más adelante, después de la guerra, cuando en el seminario y en la universidad me dirigía hacia esa meta, tuve que reconquistar esa certeza. Tuve que preguntarme: de verdad ¿es éste mi camino? De verdad, ¿es la voluntad del Señor para mí? ¿Seré capaz de permanecerle fiel y estar totalmente a disposición de Él, a su servicio? Una decisión así también causa sufrimiento. Pero después tuve la certeza: ¡Así está bien! Sí, el Señor me quiere, por ello me dará también la fuerza. Escuchándolo, estando con Él, llego a ser yo mismo…

No cuenta la realización de mis propios deseos, sino su voluntad. Así, la vida se vuelve auténtica”. A continuación el Santo Padre invita a los jóvenes, recordando la parábola de Jesús, a que construyan su futuro sobre roca como el hombre que cavó y ahondó. Y la roca será siempre Cristo. Sin Cristo muerto y resucitado, no hay salvación: “Por eso quiero invitaros a coger la cruz de Jesús, signo del amor de Dios, como fuente de vida nueva. Sólo Él puede liberar al mundo del mal y hacer crecer el reino de la justicia, la paz y el amor al que todos aspiramos”.

En el punto cuarto de su mensaje el Papa invita a creer en Jesús sin verlo, para conseguir la bienaventuranza que le dijo a Tomás: “Bienaventurados los que crean sin haber visto”.

Para ayudar a creer, Benedicto XVI nos cuenta que a lo largo “de mis años de estudio y meditación, fui madurando la idea de transmitir en un libro algo de mi encuentro personal con Jesús, para ayudar de alguna forma a ver, escuchar y tocar al Señor, en quien Dios nos ha salido al encuentro para darse a conocer”.

Ése es el regalo que ya nos ha hecho el Papa porque ha entregado a la imprenta los tres tomos de su obra “Jesús de Nazaret”.

Más adelante les explica a los jóvenes que también hoy “podemos tener un contacto sensible con Jesús; meter, por así decir, la mano en las señales de su pasión, las señales de su amor”.

“Queridos jóvenes aprended a ver, a encontrar a Jesús en la Eucaristía, donde está presente y cercano hasta entregarse como alimento para nuestro camino; en el sacramento de la penitencia, donde el Señor manifiesta su misericordia ofreciéndonos siempre su perdón. Reconocer y servir a Jesús también en los pobres y enfermos, en los hermanos que están en dificultad y necesitan ayuda.

Entablad y cultivad un diálogo personal con Jesucristo, en la fe. Conocedlo mediante la lectura de los evangelios y del catecismo de la Iglesia católica; hablad con Él en la oración, confiad en Él. Nunca os traicionará”.

Después el Papa comenta que Jesús no nos ha salvado como islas y por eso tenemos que encontrarlo en la Iglesia que Él fundó.

Dentro de la Iglesia compartimos sobre todo nuestra fe: “Cristo es el bien más precioso que tenemos que compartir con los demás. En la era de la globalización, sed testigos de la esperanza cristiana en el mundo entero: son muchos los que desean recibir esta esperanza”.

Finalmente, recuerda que la elección de creer en Cristo y de seguirlo no es fácil, debido a nuestras infidelidades personales y a muchas voces que nos sugieren vías más fáciles. “No os desaniméis, buscad más bien el apoyo de la comunidad cristiana, el apoyo de la Iglesia”.

Finalmente, después de invitarlos, una vez más, a encontrarse con el Papa en Madrid, les pide que hagan una preparación profunda para que sea fecundo el encuentro.