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El prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, Mons. Ángelo Amato, SDB, fue el encargado de presidir la Eucaristía en la que hoy ha sido beatificada Madre María de la Purísima. Reproducimos el texto íntegro de la homilía.

HOMILÍA DE MONS. AMATO

Eminencias, Señor Arzobispo de Sevilla Mons. Juan José Asenjo Pelegrina, Excelencias Reverendísimas, Reverendos Sacerdotes, Reverendas Hermanas de la Compañía de la Cruz, Religiosos y Religiosas, Autoridades civiles y militares, queridos fieles,

uando nuestra Beata era Superiora de Las Minas, se necesitaba un campesino para cuidar el gran huerto de la casa, ya que las hermanas se ocupaban de la asistencia de los enfermos. Ella contrató a un pobrecillo, que no podía encontrar trabajo en ningún sitio. Le pidió a una hermana que le enseñara lo necesario. Cuando se equivocaba lo excusaba siempre. Gracias a ella, este pobrecillo en su vejez pudo tener una pequeña casa y una modesta pensión.
Su empeño en el trabajo formaba parte de la virtud de la pobreza. Una vez, visitando, como Madre General, la casa de Reggio Calabria, en Italia, con toda naturalidad eligió para ella la limpieza de los baños.

Un día en el que una hermana los limpió antes, la Madre preguntó: “¿Quién me ha quitado mi oficio?”.
Pero esto lo había hecho antes. Una hermana cuenta que cuando nuestra Beata era superiora de la casa de Las Minas olía a lejía. Preguntó por tanto a la hermana portera por qué la superiora emanaba este olor. Y se le respondió: “Querida hermana, la Superiora hace las tareas menos agradables de la casa”.

Madre Purísima solía decir que en la casa de Dios no hay tareas bajas, todas son altas .

1. la beatificación de Madre María Purísima de la Cruz es un nuevo regalo que el Santo Padre hace a la archidiócesis de Sevilla, tras la canonización de Santa Ángela de la Cruz. Le estamos muy agradecidos por ello y le aseguramos la oración por su infatigable servicio a toda la Iglesia.

Sevilla ha sido siempre una ciudad fecunda en santos y héroes: Leandro, Isidoro, Fernando. De esta ciudad partieron para difundir el Evangelio a tierras desconocidas, hileras de intrépidos misioneros de Jesucristo. Además, en todo el mundo, Sevilla es conocida por su monumental catedral, por la Giralda, por las procesiones, llenas de fe y devoción, de la Semana Santa.

Con Santa Ángela de la Cruz y con la Beata Madre Purísima de la Cruz, nosotros, sin embargo, nos dirigimos a la Calle Alcázares (hoy Calle Santa Ángela de la Cruz), para oír las bienaventuranzas de Jesús y admirar a dos piadosas mujeres, que acompañan al Crucificado en el Calvario. Estas dos mujeres han llevado realmente la Cruz de Cristo por las calles de Sevilla, cada día y durante todos los días de su vida, como una vocación de santidad y de apostolado, en favor de los más pobres y necesitados, escondidos en las dolorosas entrañas de esta bella ciudad. Las dos Hermanas de la Cruz, bajo su amplio velo negro, distribuían discretamente alimentos y bienes a las familias necesitadas. De este modo ellas han ayudado a Sevilla con la melodía de sus buenas obras, atrayendo sobre todas las familias de la ciudad las bendiciones del cielo. Se trata de dos mujeres santas, pero también de dos grandes bienhechoras de la ciudad. De Sevilla. La “ciudad de la gracia” se convierte con ellas en “la ciudad de la gracia divina”.

2. Muchos entre vosotros, estoy seguro de ello, han conocido personalmente a la Beata Madre Purísima, muerta en 1998 (mil novecientos noventa y ocho). Y muchos de vosotros podríais dar testimonio del valor de su santidad. Siguiendo la liturgia de este día, me limito a subrayar algunos aspectos.

Madre Purísima de la Cruz, ungida por el Espíritu del Señor, fue enviada entre nosotros para anunciar la buena noticia del consuelo de los afligidos (Is 61, 1-3a). Entre las muchas pruebas de su caridad, escojo algunas de ellas.

Una joven, Manuela Carmona Reina, acompañó a la Madre durante ocho años en sus visitas a los pobres del pueblecito de Las Minas, donde existía un gran número de ancianos y enfermos, necesitados de asistencia. Esta joven cuenta que un día acompañó a la Madre a visitar a una señora anciana de nombre Bárbara. Esta mujer se encontraba en un estado de completo abandono, inmovilizada en la cama y con una gran cantidad de llagas. La suciedad era tal, que los ratones iban por todos lados, incluso por encima de la mujer. Cuando la Madre se dio cuenta de la situación dijo: “Manoli, quédate fuera porque esto no es muy agradable”. Fue entonces la Madre quien curó las heridas de Bárbara, quien limpió la casa y quien echó fuera a los roedores. Su actitud hacia esta enferma fue verdaderamente heroica, incluso porque ella sentía horror de los ratones. Desde ese día la anciana señora Bárbara le daba gracias a Dios por haberle enviado a un ángel.

La misma Manuela cuenta que, un día de julio, en pleno calor, a la una de mediodía, se encontró a la Madre de vuelta de una visita y la invitó a subir a su furgoneta. La Hermana que la acompañaba se sentó delante, al lado de Manuela, que conducía, y la Madre se sentó en la parte de atrás, acomodándose entre los sacos. Poco después se encontraron a dos mujeres que caminaban a pie, bajo un sol abrasador. La Madre hizo parar la furgoneta, bajó ella junto a su Hermana e hizo subir a las dos mujeres. Después volvieron al convento a pie, con el bochorno de julio y con su hábito de tejido grueso.

Incluso la caridad hacia sus Hermanas, sobre todo con las más difíciles, era admirable. Las corregía con bondad y firmeza, animándolas a permanecer fieles a la vocación. Sorprendía la paciencia y la caridad que la Madre tenía hacia aquellas hermanas que se habían equivocado, y continuaba manteniendo con ellas una confianza maternal. Las sorprendía, las conmovía profundamente y las confirmaba en sus buenos propósitos. 

3. Junto a la caridad ejerció una fortaleza heroica, sobre todo durante los años de la dirección del Instituto. Sostenida por la palabra del Señor, que llama bienaventurados a los que sufren y a quienes son perseguidos por amor a la justicia (cf. Mt 5, 1-12), ella, en el difícil periodo postconciliar, perseveró en la sana tradición, indicando a sus hermanas aquel camino de santidad y de servicio querido por la santa Fundadora, rechazando la moda efímera de cambios externos, exentos de eficacia apostólica. Nuestra Beata es un válido ejemplo de la fecundidad de la obediencia al carisma fundacional: hacerse pobres con los pobres para ganarse a Cristo.

Fue esta capacidad suya de mantener intacto el espíritu del Instituto la que hizo florecer a su congregación de manera verdaderamente extraordinaria. Un testigo afirma: “No podemos olvidar que cuando la mayor parte de los Institutos hoy sufre por falta de vocaciones, hasta el punto de que muchos de nuestros conventos y monasterios parecen residencias de ancianos, el Instituto de las Hermanas de la Cruz continúa teniendo vocaciones en un número verdaderamente considerable”.

Madre Purísima vivía con convicción su vocación, según el espíritu de Santa Ángela de la Cruz: total olvido de sí misma para entregarse a Dios y a los pobres y un ferviente deseo de seguir a Cristo Crucificado. El esplendor de su vida ejemplar empuja a muchas jóvenes a consagrarse al Señor entre las Hermanas de la Cruz.

Como Superiora General visitaba cada tres años sus casas, escuchando con atención e interés a todas sus Hermanas, animándolas a ser fieles al espíritu de la Fundadora. De esta forma infundió en ellas una sólida formación doctrinal y espiritual, en tiempos en los que parecía debilitarse la fidelidad a la Iglesia. A propósito de esto, una hermana suya testifica: “Fue un periodo en el que en la vida religiosa se respiraba una gran corriente de cambio y en el que casi todas las congregaciones cambiaron no sólo el hábito, sino incluso el carisma de la congregación. Ella, sin embargo, se mantuvo en afirmar que a nosotras nada nos impedía continuar vistiendo como en tiempos de nuestra Santa Fundadora y en confirmar nuestra fisionomía, afianzando con fuerza nuestro carisma para no alejarnos del que nuestra Santa Madre quería que fuese nuestro Instituto. Esto lo defendió, luchó por esto y lo consiguió, a pesar de las sonrisas irónicas de otros institutos religiosos y de sacerdotes que nos ridiculizaban”.

Esta serena prudencia, en tiempos de gran turbulencia ideológica, contribuyó a reforzar el espíritu y el carisma de la Fundadora. A pesar de las corrientes demoledoras de la vida consagrada, ella supo mantener unidas a sus Hermanas mediante la exacta observancia de la Santa Regla y del espíritu de oración: “Cuidó la vida espiritual del Instituto como una madre con sus hijos, preocupándose de que la doctrina de los sacerdotes que venían a la Casa Madre a dar ejercicios y a confesar, fuera teológicamente sana y exigente en las virtudes, como está en nuestro espíritu”.

Ella quiso que su Instituto se mantuviera fiel a las auténticas fuentes de la vida consagrada: fidelidad a la Regla y al espíritu de la Fundadora y docilidad y obediencia a la Iglesia y a su Magisterio. Mientras que todo a su alrededor era un piadoso espectáculo de relajación en la doctrina y en las costumbres, ella fue heroica en incentivar la vida interior de sus Hermanas, dándole importancia a la vida espiritual alimentada de oración, de silencio, de obediencia, de caridad y de servicio a los pobres.

Una hermana cuenta las humillaciones que debieron sufrir cuando asistían a clases de teología: “Llegábamos a clase con nuestra carpeta azul de cartón, con nuestros zapatos desgastados, con nuestro gran paraguas con algún roto. Mientras buscábamos un asiento, sentíamos las miradas de desaprobación de algunas religiosas que susurraban: “Ya han llegado las del Viejo Testamento”. Yo me sentía mal y la miraba a ella que, sin embargo, permanecía sonriente y serena ante estos comentarios”.

Don Gaspar Bustos, vicario episcopal de la vida consagrada en la diócesis de Córdoba durante 20 años, declara: “Me parece que la beatificación de Madre María de la Purísima pueda ser un ejemplo estupendo de fidelidad a la Iglesia y al propio carisma y de cómo realizar una verdadera renovación de un Instituto Religioso respetando el pasado y el presente”.

4. Esta fidelidad ha consentido al Instituto florecer, no obstante la pobreza y la austeridad de su regla llevada a cabo con ayunos, durmiendo sobre tarimas de madera, soportando desdichas y privaciones. La Madre ha vivido por completo la bienaventuranza evangélica de la pobreza: ser pobres para ayudar a los pobres. Tenía bien asimilado el lema de Santa Ángela de la Cruz: “los pobres son nuestros señores”.