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Pablo J. Ginés/ReL

Cuando Ridley Scott estrenó en 1982 Blade Runner, creó un clásico del cine, una obra de culto a partir de un guión en lo que lo real, lo verdaderamente vivo, era confuso y dudoso. El guión se basaba en una novela de de 1968 titulada “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, y su autor, Philip K. Dick ha inspirado después otras muchas películas, aunque él nunca llegó a ver el éxito de ninguna de ellas: falleció 4 meses antes del estreno de Blade Runner.

Origen de películas de éxito

Muchos recordarán “Desafío Total” (1990), dirigida por Paul Verhoeven y protagonizada por Arnold Schawarzenneger, basada en su relato “Podemos recordarlo todo por usted” (We Can Remember It for You Wholesale, de 1966). En 1995 se estrenó “Asesinos Cibernéticos” (Screamers), basada en su relato “La segunda variedad” (Second Variety, de 1953). Con mucho más éxito y dinero, en 2002, Minority Report, dirigida por Steven Spielberg y protagonizada por Tom Cruise, basada en el relato “El informe de la minoría”, de 1956. En 2006 apareció una película de animación por rotoscopio, sobre imágenes reales de Keanu Reeves y Winona Ryder, titulada “Una mirada a la oscuridad”, como la novela de Dick de 1977 en la que se basaba. Y en 2007, Next, protagonizada por Nicolas Cage, sobre un hombre que prevé el futuro con pocas horas de antelación, basado en la novela de 1954, “El hombre dorado”.

En todas ellas, subsiste la duda por lo que es real, lo que solo es un futurible dudoso y lo que es mera ilusión. Y lo mismo puede decirse de la mente de su autor: Philip K. Dick fue de niño a un colegio para jóvenes emocionalmente inestables y ya desde entonces aprendió a hacer trampas en los tests psicológicos y responder lo que el terapeuta esperaba… o lo contrario.

Una vida desequilibrada

En su blog, en junio de 2009, su viuda, Tessa, lamentaba que todos los especialistas diagnosticaron mal a Dick. Le daban píldoras, tranquilizantes o excitantes, y horas de terapias sobre “cómo te ha ido hoy”, cuando, según Tessa, “el problema no era el hoy, sino el trauma en su infancia”, la muerte de su hermana gemela Jane a los 40 días de haber nacido, en 1928, y años de presión de su madre, que siempre le hizo sentir que era él, y no la niña, quien debía haber muerto.

A Phil le colocaron distintas etiquetas, según la moda del momento: psicosis, neurosis, esquizofrenia, maníaco depresivo, bipolar, drogadicto, de todo. Parece que solo yo sospeché el verdadero problema: desorden asociativo de identidad, también llamado desorden de personalidad múltiple“.

Fuese lo que fuese, toda la vida de Phil Dick fue un desorden. Tuvo cinco esposas y varias mujeres más en su vida, sólo al final contó con algo de dinero y le rodeaba la sensación de que todo era ilusorio. Pero hubo un momento clave que afectó a su espiritualidad y le hizo optar por el catolicismo, convencido de la fuerza salvadora de sus sacramentos… y de poco más. Lo explica Emmanuel Carrère, en una de las mejores biografías sobre él: “Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos” (Minotauro, 2007).

“Una tarde de noviembre de 1963, Phil caminaba por los prados que las lluvias incesantes habían transformado en pantanos. Un pájaro cantó, sobrevolándolo. Phil levantó la mirada. En el cielo había un rostro, un rostro que abarcaba el cielo. Un rostro gigante, metálico, horrible, que, inclinado hacia él, lo miraba. Aterrado, cerró los ojos. De esa visión no le quedó la forma del rostro, sino su expresión, increíblemente abyecta, como si todos los males del mundo confluyeran allí, en aquella mirada que se filtraba por entre las fisuras que rodeaban la nariz o el lugar donde tenía que haber una nariz. Comprendió que toda su vida había temido ver lo que estaba viendo. La máscara antigás de su padre, que tanto lo había asustado de niño, ya se lo había anunciado. Y ahora por fin lo había visto. Nunca más lo olvidaría, nunca más dormiría tranquilo.”

Phil bajó la mirada, vio sus botas en el barro, lo normal. Alzó los ojos y el rostro seguía allí. “Tú no existes, eres una alucinación de mi cerebro”, afirmó. “Últimamente he sufrido mucho, demasiada soledad y demasiado dolor. Pero tú no existes”. Sin embargo, el rostro bosquejó una mueca sarcástica. Dick salió corriendo. Aún no había probado el LSD, pero sí anfetaminas.

Cuando se lo contó a un psiquiatra, le dijo que todo estaba en su mente, pero “Dick no se dejó convencer, no le tranquilizaba en absoluto saber que algo tan espantoso estaba en su cerebro, y no en la realidad”, explica su biógrafo. Así que intentó explicarse mejor ante el doctor.

“El universo es un tipo que vierte cerveza en un vaso. Esto genera mucha espuma, y nuestro mundo no es más que una burbuja en medio de esa espuma. A veces, algunos vislumbran la cara del tipo que vierte la cerveza, y ya nada es como antes. Eso es lo que me ha pasado”, afirmó. “¿Quiere usted decir que ha visto a Dios?”, preguntó el psiquiatra.

“Usted ha encontrado a Satán”

Dick acudió entonces a una iglesia católica que frecuentaba un conocido en Inverness, California y pidió confesarse. Probablemente, era su primera confesión, porque era hijo de una episcopaliana divorciada y no practicante. El cura escuchó con atención y le dijo sin rodeos: “usted ha encontrado a Satán”. Aquel diagnóstico al principio reconfortó a Dick: la Iglesia lo tomaba en serio, conocía el problema. Pero, en su opinión, se quedaba corta: aquella cosa horrible y poderosa no era Satán, era peor, era Dios. Un dios horrendo para un mundo horrendo.

Con todo, decidió convertirse al catolicismo. Cuando se lo dijo a su esposa de entonces, Anne, ella se alegró, y decidieron que ella y sus hijas también se bautizarían. Para ella era un intento de salvar una familia que se hundía. Recibieron unos pocos días de catequesis. A las niñas les asustaba la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, la idea de “comer la carne y beber la sangre” de Cristo les daba miedo. Anne intentó decir que era sólo simbólico, pero Dick protestó porque, señala Carrère, para él “no valía la pena hacerse católico para racionalizar vulgarmente todos los misterios”.

Más aún, Dick creía desde aquellos días que Cristo había dejado la Comunión a la humanidad para lograr “una especie de mutación, no lo digo yo, lo dice San Pablo, no es culpa mía si se parece a un relato de ciencia ficción. El sacramento de la eucaristía es el agente de esta mutación, así que, por favor, no se lo presentes a tus hijas como una especie de estúpida conmemoración”.

Dick tomaba drogas, tenía alteraciones mentales, y nadie le dio una formación sistemática en la fe, pero su radicalidad con la comunión era perfectamente católica, y despreciaba la visión meramente simbólica que le daba el protestantismo.

“El que come mi carne y bebe mi sangre en mí permanece y yo en él”, dice Jesús en Juan 6,56. Esto, que para muchos es fuente de consuelo, para Dick podía ser preocupante. ¿Y si el dios que “permanece en mí” al comer era ese rostro maligno, diabólico, que había visto él? Esta idea (junto con la de ciertas drogas usadas en grupo para compartir ilusiones) fue la que dio origen a su primera novela con temática “religiosa”, la muy inquietante “Los tres estigmas de Palmer Eldritch”, donde mucha gente vive en un mundo ilusorio controlado por esa divinidad maligna, Eldritch.

Cuando Dick se bautizó católico, buscaba “algo” que lo protegiera de ese dios maligno de sus visiones y que le mostrase la “auténtica realidad”, ya que sospechaba –como se ve en casi todas sus novelas- que el mundo visible era una gran ilusión, conspiración o engaño, manejado por alguna Inteligencia manipuladora.

La ceremonia del bautizo fue hermosa y reconfortante para todos, menos para Dick, que temía que Eldritch apareciese en cualquier momento. Incluso el salmo 139 que se leyó le inquietaba:

“Oh, Dios, tú me has examinado y conocido,
tú sabes cuando me levanto y me siento,
de lejos entiendes mis pensamientos.
¿Dónde podré huir de tu presencia?”

Al final, Eldritch se impone en la novela. Dick, recién bautizado católico, sinceramente intenta dar un espacio al bien y a Jesucristo. Aquel que vino hace 2.000 años, afable, humilde, entregó su vida: y eso es más sobrenatural que el poder manipulador (aunque sea omnipotente) del dios que es maligno, Eldritch. Pero, como dice Carrère, “por muy católico que fuera, para Dick la última palabra debían tenerla el monstruo, las tinieblas y el horror”, en parte por su infancia leyendo a Lovecraft y sus horrores desesperanzados. La novela acaba con los personajes ostentando la marca (los estigmas) de Eldritch.

Católico estrafalario en la California psicodélica

A partir de 1964, la psicodelia se extiende por California. Dick, que siempre había sido un “descolocado marginal”, descubrió que ahora eso era lo que se llevaba. En 1961, sólo consumían LSD 25.000 personas, en 1969 eran 4 millones. Y Dick entre ellas. En el ácido que tomaba, vio confirmada su sospecha: todo era una ilusión, y detrás sólo había maldad y absurdo. Deseaba desesperadamente ser salvado, que Cristo fuese el buen Dios, pero aunque el sol brillaba y el cielo era azul, sentía que todo lo que veía era falso.

Tuvo más esposas, y una vida personal desastrosa. Siempre le faltó dinero. Pero lo más asombroso es que todos esperaban de él ser un estrafalario, y rodeado de descreídos, de agnósticos vagamente budistoides, de rebeldes antisistema, él, al mantenerse católico, era el más estrafalario de todos. Por ejemplo, a su siguiente esposa civil, Nancy, le recordaba, amargado, que vivían en pecado, porque su matrimonio católico con Anne no había sido anulado.

Sabiéndose en pecado, no podía comulgar, y precisamente comulgar era una de las pocas cosas que le hacía sentirse protegido. Estuvo siempre convencido de que Cristo estaba de forma verdadera, aunque inmaterial, en la Eucaristía. Y le asombraba que un sacerdote pudiera hacer tal prodigio. En sus obras se nota su nostalgia por los sacramentos: a menudo, aparecen como drogas, pero en “Blade Runner”, por ejemplo, es la “caja de empatía” merceriana, una mezcla cienciaficcionera de viacrucis, comunión de los santos y empatía.

Ortodoxo, comparado con el protestantismo “progre”

En 1965 Dick conoció a un símbolo del caos religioso de la época, el obispo episcopaliano James A. Pike, progresista radical que negaba toda acción del Espíritu Santo desde los apóstoles y que, pese a estar casado, vivía con su amante, Maren Hackett, amiga (y una de las suegras) de Phillip K. Dick.

Se hicieron amigos, debatían para ver quién se creía la herejía más grande o absurda, y de hecho fue el obispo Pike quien introdujo a Dick en el mundo del gnosticismo, con sus sectas antiguas de conocimientos ocultos que solo “los verdaderos iniciados” pueden conocer. Dick entendió entonces que él era un gnóstico. Pero comparado con Pike, era conservador. Pike se creía cualquiera de las últimas tonterías sobre Jesucristo: que no existió, que fue un esenio usado por astutos judíos o que era un hongo alucinógeno (teoría famosa de un tal John Allegro). Dick se encontraba a sí mismo defendiendo los dogmas católicos, en parte por llevar la contraria, en parte porque en su interior deseaba que fuesen verdaderos.

En 1966, el hijo de 20 años del obispo Pike se suicidó con una escopeta de caza. Dick escribió a Pike: “Yo creo que en el instante que sucede inmediatamente a la muerte, la Realidad aparecerá por fin frente a nosotros. Las cartas quedarán descubiertas, la partida estará terminada y veremos claramente lo que sólo habíamos sospechado o entrevisto en un espejo. Lo dice San Pablo”.

Pero Pike no estaba dispuesto a esperar, y se volcó en el espiritismo, intentando contactar con su hijo muerto y, ya de paso, preguntarle cosas para sus libros de pseudohistoria. Poco después, también Maren Hacket, la suegra de Dick, sabiendo que el obispo la abandonaría, se suicidó con un cóctel de pastillas. Por el mundo empezaban a circular historias de gente que moría después de un “mal viaje” con las drogas. En 1969, el ya ex-obispo Pike se adentró en el desierto de Judea con un jeep y 2 cajas de cocacolas buscando hongos sagrados alucinógenos. Su cadáver, perdido y deshidratado se encontró unos 10 días después.

Powers: un amigo conservador y bien casado

La vida de Dick siguió tan desastrada como siempre. Su familia volvió a romperse, estuvo viviendo en un centro contra las drogas y en 1972 desembarcaba en Los Ángeles, condado de Orange, acompañado por un joven fan que quería convertirse en su amigo y en escritor de ciencia ficción: Tim Powers, católico practicante y conservador, felizmente casado y, con el tiempo, famoso autor de best-sellers de literatura fantástica, algunas con enfoques católicos e incluso marianos, como la novela de espías sobrenatural “Declara”. El día que se conocieron, las posesiones de Dick se reducían a una maleta vieja, un impermeable y una Biblia de mano.

A Dick le quedaban 10 años de vida, tan caóticos como los anteriores. Sólo la amistad de Tim Power y su esposa Serena aportaban algo de orden en su vida. Su última esposa, Tessa, le dio un bebé en 1973. Tenían un cuadro naïf de una Virgen filipina y le ponían velas. No bautizaron al niño en una iglesia: Dick le hizo, a escondidas, una cruz con chocolate en la frente, diciendo en griego “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Y le dio el nombre “cristiano secreto” de Pablo. A estas alturas, Dick sospechaba que el mundo que vemos era una ilusión creada por el Imperio (romano, o americano, o extraterrestre, no estaba claro, pero el FBI estaba implicado) y que en realidad vivíamos aún en el año 70 d.C, que Cristo estaba a punto de volver y que los verdaderos cristianos podían despertar y reconocerse por algunos símbolos, como el pez.

Experiencias (quizá) sobrenaturales

En esta época, Dick se veía poseído a ratos por otra personalidad, Tomás, un cristiano del siglo I, y podía estar horas farfullando cosas ininteligibles en un sofá. Una vez Tessa apuntó las palabras que decía. Como Tessa estaba en aquel momento estudiando lenguas clásicas reconoció (o creyó reconocer) palabras del griego koiné que usaban muchos cristianos del siglo I: poros krater (un tipo de vasija), ananke (fatalidad), rhipidon (un pez espinoso); una expresión en ruso (sadassa ulna), y una en sánscrito (ir leg). Hay que insistir que Tessa no dominaba ninguna de estas lenguas: apuntó, y luego identificó esto como estudiante.

Aunque Dick estuviera mal de la cabeza (¿a veces?, ¿a menudo?) eso no significa que no le pasaran cosas asombrosas y , quizá, sobrenaturales.

En la primavera de 1974, estaba sentado en un sillón escuchando “Strawberry Fields Forever”, de los Beatles, y de repente sintió “un destello de luz rosa deslumbrante, que le traspasó los párpados; advirtió que le habían traspasado una información vital”. Fue a su mujer Tessa, que cambiaba los pañales del bebé y le dijo: “Tess, Christopher tiene una malformación congénita. Tiene la hernia inguinal derecha estrangulada. Ya le ha bajado a la bolsa escrotal. La membrana ha cedido. Tenemos que hacerlo operar inmediatamente”. Insistió hasta que lo llevaron a urgencias del hospital de Fullerton. El doctor Zahan confirmó el diagnóstico y operó al niño en esa noche. Si usáramos el vocabulario de los pentecostales o carismáticos, diríamos que fue una “palabra de conocimiento”, una información sobrenatural recibida de Dios. Su mujer Tess, sigue sin explicárselo.

¿Usa Dios los delirios de un fracasado?

Dick estaba convencido de estar siendo guiado por Dios, y de recibir mensajes de Él. Los intentó transcribir y ordenar, sin éxito alguno, en un diario que llamó “Exégesis”, de 1974 a 1982, año de su muerte, un bloque de ocho mil páginas y un millón de palabras, que, según se anunció el pasado abril, se publicará por primera vez el próximo otoño de 2011 (y un segundo volumen en 2012, en Houghton Mifflin).

El mismo Dick sabía que él no era más que un escritor fracasado con una vida desequilibrada, pero se decía a sí mismo: “es posible que Dios utilice los delirios de un fracasado para sus designios. Sería muy de Su estilo, Sus vías incognoscibles. Si alguien cree en la Resurrección de Cristo, no podrá negar Sus milagros; Su nacimiento del vientre de una virgen. Si cree en la Santa Virgen, sería imprudente prohibirle aparecer en Lourdes, en Fátima y en otros lugares de los que millones de peregrinos regresan transfigurados. Si cree en esas apariciones, en las curas y en las medallas milagrosas, ¿por qué no creer en la reencarnación, en la influencia oculta de la gran pirámide en la historia universal o en la Exégesis?”

Un día Tessa se hartó de sus locuras y se fue con el niño (como otras esposas suyas antes). Él, después de asegurar a Tim Powers que se encontraba bien, intentó suicidarse combinando pastillas, cortes de muñecas y gases de coche, pero la policía lo encontró a tiempo y lo metieron en un hospital psiquiátrico. Allí lo visitaba Doris, una chica episcopaliana, enferma de cáncer, de la que él se enamoró y a la que convenció para que vivieran juntos.

Doris era una chica muy práctica, interesada por la vida parroquial y la atención a sus mendigos y drogadictos; no le interesaban los debates sobre versículos oscuros o teologías. Cuando había problemas de pareja, era Tim Powers quien le llevaba en coche al psicoterapeuta, porque Dick temía ponerse a conducir en el carril contrario buscando suicidarse. Doris, contra toda previsión, se curó del cáncer después de mucha quimioterapia y sufrimiento. Ella lo atribuía a Dios. Dick, que había insultado a Dios por la enfermedad, se sintió vagamente ofendido cuando ella se curó, pero para entonces ya no vivían juntos.

En sus últimos años, Dick se animó a asistir a las tertulias de escritores novatos de ciencia ficción que Tim Powers organizaba en su casa. Allí, el veterano Dick era escuchado con veneración. Disfrutaba provocando a Powers, fiel al catolicismo y todos sus dogmas. Powers, además, se dejaba provocar, le respondía y discutían: sabía que a Dick le gustaba. Cuando otros tertulianos planteaban cómo un Dios bueno permitía el mal, Powers (un autor que no esconde el mal y grandes maldades en sus libros) respondía: “es una pregunta muy vieja; te basta con leer el Libro de Job”.

Un Dick loco es aceptable, pero no un Dick cristiano

En 1977, Dick “el profeta” que recibía mensajes de Dios, llegó a Francia, al hotel Sofitel, de Metz, dispuesto a anunciar su peculiar “evangelio” en una conferencia de aficionados a la ciencia ficción. Allí había numerosos fans, hijos de mayo del 68, que buscaban a “Dick el paranoico, el drogata, el progre”. Con la camisa desabotonada y una enorme cruz debajo, nadie podía creer que aquello fuese un signo de cristianismo: ¡ya nadie era cristiano, y menos Dick!

El escritor dejó a todos estupefactos cuando empezó a explicar que todo era ilusorio, que el presidente Nixon era el Imperio Romano, que los cristianos clandestinos eran la resistencia y que “cuando el Reino esté de nuevo entre nosotros, ya no recordaremos las tiranías ni la barbarie de la Tierra en la que hemos vivido. Creo que esto ya está sucediendo, creo que sucede desde siempre. Y que Su misericordia nos permite olvidar todo lo que ha sucedido antes”.

A los fans no les gustó nada y su admiración se convirtió en malestar. Podían aceptar un Dick loco, pero no un Dick beato que predicaba el Reino de Dios, por muy heterodoxo que fuese éste.

En sus últimos años escribió “La invasión divina”, una novela que se plantea el tema de la Encarnación: ¿cuánto sabía el Jesús niño o adolescente de su naturaleza divina y de su futuro? Pero con toques dickianos: su protagonista avisa de que todo nuestro mundo en una falsa ilusión, diversas figuras cósmicas (Elías, Atenea, Zoroastro, Shekiná) le orientan en su despertar, etc… Y una especie de novela-apología del difunto obispo Pike, titulada “La transmigración de Timothy Archer”, donde Dick se convertía en un “paladín de lo concreto” frente a las especulaciones teológicas o filosóficas.

Una muerte católica

El 17 de febrero de 1982 habló con un periodista sobre chaladuras “new age” y la Era de Acuario, y luego lo telefoneó para retractarse. Fue su última conversación. Al día siguiente, sus vecinos lo encontraron inerte, paralizado en el suelo, pero consciente: no podía hablar, sólo mover los ojos. Se sabe que en ese estado un sacerdote católico le administró los últimos sacramentos. Entró en coma durante tres días.

Doris, la chica curada de cáncer, pasó las noches a su lado rezando. Prometió rezar cada día por él, y así lo hizo toda su vida. Sabía que la vida de Dick había sido un gran caos, pero el escritor había buscado a Dios, había deseado a Dios con intensidad, y había estado dispuesto a dejar que Dios lo usase. Había creído en sus sacramentos y en la comunión de los santos, había sido bautizado católico ya adulto, por libre voluntad, y había muerto católico. En 2009, su viuda, Tessa, subastaba, entre otros recuerdos, una Biblia que Tim Powers regaló y dedicó a Dick. Enseguida encontró comprador.

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