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FUE ASESINADO POR SU AMOR AL SANTO ROSARIO.

El Pelé, primer gitano beatificado de su raza, seglar de la Tercera Orden Franciscana, mártir de la persecución religiosa en España del siglo pasado. Hombre cabal y honrado, era muy devoto de la Virgen y de la Eucaristía, generoso con los más necesitados y preocupado por la catequesis de los niños. Le llevaron a la cárcel en 1936 por la defensa de un sacerdote y fue martirizado por su empeño en seguir rezando el rosario.

En el transcurso de su proceso de Beatificación, fueron llamados a testificar algunos de sus parientes, entre ellos algunos hijos de su sobrina que hoy no pertenecen a la Iglesia Católica sino que son evangélicos, los que se suelen conocer popularmente como los “Aleluyas”, a los cuales pertenecen muchos gitanos en nuestro país. A pesar de no ser católicos, sino evangélicos de los que rechazan la devoción a los santos, ellos declararon estar encantados con el proceso de Beatificación del Pelé y afirmaron encomendarse a él asiduamente. Son las cosas de la vida.

En la Misa de la Beatificación, el Papa dijo sobre el nuevo Beato: “La frecuente participación en la santa misa, la devoción a la Virgen María con el rezo del rosario, la pertenencia a diversas asociaciones católicas le ayudaron a amar a Dios y al prójimo con entereza. Así, aun a riesgo de la propia vida, no dudó en defender a un sacerdote que iba a ser arrestado, por lo que le llevaron a la cárcel, donde no abandonó nunca la oración, siendo después fusilado mientras estrechaba el rosario en sus manos.

El beato Ceferino Giménez Malla supo sembrar concordia y solidaridad entre los suyos, mediando también en los conflictos que a veces empañan las relaciones entre payos y gitanos, demostrando que la caridad de Cristo no conoce límites de razas ni culturas.

Hoy «el Pelé» intercede por todos ante el Padre común, y la Iglesia lo propone como modelo a seguir y muestra significativa de la universal vocación a la santidad, especialmente para los gitanos, que tienen con él estrechos vínculos culturales y étnicos. El beato Ceferino Giménez Malla alcanzó la palma del martirio con la misma sencillez que había vivido. Su vida cristiana nos recuerda a todos que el mensaje de salvación no conoce fronteras de raza o cultura, porque Jesucristo es el redentor de los hombres de toda tribu, estirpe, pueblo y nación (cf. Ap 5,9).

He aquí la historia del Pelé, hombre de bien donde los haya habido. Hijo de padres gitanos españoles, Ceferino Giménez Malla, conocido familiarmente como «el Pelé», nació en Fraga (provincia de Huesca), probablemente el 26 de agosto de 1861, fiesta de san Ceferino Papa, de quien tomó el nombre, y fue bautizado ese mismo día. Como su familia, Ceferino también fue un gitano que vivió siempre como tal, profesando la ley gitana tanto en su formación como en el desarrollo de su vida.

Su padre se llamaba Juan, alias “el Tics” y su madre Teresa. De niño recorrió los caminos montañosos de la región, dedicado a la venta ambulante de los cestos que fabricaba con sus manos. Todavía joven, se casó, al estilo gitano, con Teresa Giménez Castro, una gitana de Lérida de fuerte personalidad, y se estableció en Barbastro. En 1912 regularizó la unión con «su Teresa» celebrando el matrimonio según el rito católico. El Pelé era, por aquellos años años, “un mocetón robusto; tenía dientes pequeños, muy fuertes, que conservó hasta su vejez.

No tuvo hijos, pero adoptó de hecho a una sobrina de su esposa, llamada Pepita, cuyos hijos viven todavía en 1997, y como he indicado más arriba, declararon en el proceso de Beatificación. Un día el “Tics”. se marchó con otra mujer y abandonó a los hijos. “La mala pasión”, decían. Fue un verdadero trauma para la familia, que aún hoy día apenas quieren recordar. Al pelé, como hijo mayor, le correspondía llenar su puesto de patriarca de la familia.

El Pelé dedicó los mejores años de su vida a la profesión de tratante experto en la compraventa de caballerías por las ferias de la región. Llegó a tener una buena posición social y económica, que estuvo siempre a la disposición de los más necesitados.

Sumamente honrado, jamás en los tratos engañó a nadie. Por su reconocida prudencia y sabiduría, lo solicitaban payos y gitanos para solucionar los conflictos que a veces surgían entro ellos. Piadoso y caritativo, socorría a todos con sus limosnas. Fue un ejemplo de religiosidad: misa diaria, comunión frecuente, rezo cotidiano del santo rosario.

Aunque no supo nunca ni leer ni escribir, era amigo de personas cultas y fue admitido como miembro en diversas asociaciones religiosas: Jueves eucarísticos, Adoración nocturna, Conferencias de San Vicente de Paúl y Tercera Orden Franciscana. Le gustaba dedicarse a la catequesis de los niños, a quienes contaba pasajes de la Biblia y les enseñaba las oraciones y el respeto a la naturaleza.

Tratante de caballos, afirman los testigos de su proceso de Beatificación que siempre decía la verdad en los tratos de caballerías. En cierta ocasión había vendido una caballería que tenía un defecto. Por la noche se dio cuenta y a la mañana siguiente fue a visitar al comprador para aclararle el detalle. En la feria de Vendrell compró unas mulas, sin saber que eran robadas; el dueño las reconoció, acusó al Pelé, y los llevaron a la cárcel.

Nicolás Santos de Otto demostró su inocencia y el juez lo dejó libre. «El Pelé no es ni ladrón ni tramposo; ¡es San Ceferino, el patrón de los gitanos!» Para dar gracias a Dios, subió desde su casa, en la calle San Hipólito, hasta la catedral de rodillas, con dos gruesas velas en las manos. Y a partir de ese día «se entregó más a la religión».

El mayor amigo del Pelé fue, sin embargo, un abogado excepcional y luego catedrático de Derecho y cónsul de Venezuela. don Nicolás Santos de Otto, que vivía en Barbastro y tenía un caserón Señorial cerca de la catedral. Don Nicolás confiaba plenamente en el gitano. Ceferino iba a su casa con libertad y charlaba con él ante el asombro de las muchachas de servicio. Acompañó a don Nicolás en sus viajes a Madrid, en la toma de posesión de su cátedra de Oviedo y en los acontecimientos nacionales como la consagración de España al Corazón de Jesús por el rey Alfonso XIII, rodeado del Gobierno en pleno, representantes del episcopado y otros nobles.

Conoció el Pelé también a Joaquín Costa y al oírle hablar de la política hidráulica, de canales y pantanos que necesitaba España y especialmente Aragón, se convenció de que aquél político austero y honrado era el que necesitaban tantos pobres campesinos y parados y, en sus campañas electorales, pedía a los gitanos y a los payos que le votasen.

En 1922 muere Teresa. La enterraron en el cementerio de Barbastro. Ceferino se quedó perdido, desangelado. Tenía consigo a Pepita, a la que casó con un tal Alfredo, el «Lisardo». Pronto el Pelé se vio rodeado de nietos y nietas. La casa se le hacía grande y decidió cedérsela a Pepita y su marido. Él se alojó en un piso del Entremuro, cuyo alquiler le pagaba Santos de Otto. Las nietas deseaban estar con él. Una de ellas recuerda: «Me ponía en sus rodillas y me contaba detalles de la pasión y muerte de Cristo; después me trazaba una cruz en el dorso de una mano con un lápiz».

El Pelé, antes de dormir, les hacía recitar oraciones. «Yo lo vi de espaldas, de pie, con el rosario en una mano, y en la otra un mechón de trenzas; lloraba y rezaba. En la mesilla había una fotografía de Teresa y una vela encendida».

Su martirio si sitúa en el contexto de la persecución religiosa que sufrió la Iglesia española desde el año 1931 hasta prácticamente el 1939. Empezó dicha persecución nada más proclamarse la Segunda República, con la quema de conventos e injurias varias a religiosos y sacerdotes. Después la República fue emanando leyes anticlericales cara vez más radicales, el clima contrario a la Iglesia se favoreció desde la cúpula de la República, este clima cristalizó en los asesinatos de sacerdotes en la revolución de Asturias del 1934 y así la situación de los católicos fue empeorando hasta que la cosa se convirtió en una despiadada persecución en el año 1936 con el triunfo de las izquierdas. 13 sacerdotes, 6000 sacerdotes y miles de religiosos y seglares católicos fueron el resultado de esta persecución.

En la diócesis de Barbastro la persecución fue especialmente encarnizada por influjo de los milicianos comunistas y anarquistas que venían de Cataluña, otro lugar donde la persecución se cebó con la Iglesia. Si el fin que perseguían era el de aniquilar al clero, en Barbastro casi lo consiguieron, pues fue asesinando el 88% de los sacerdotes y el obispo, el cual fue bárbaramente torturado (con sufrimientos verdaderamente inhumanods) y asesinado sin la menor piedad. Todo esto por el simple hecho de ser ministros de la Iglesia. También un gran número de seglares de Acción Católica y otras organizaciones católicas fueron asesinados.

En este contexto se sitúa la muerte de Ceferino. Al inicio de la guerra civil española, en los últimos días de julio de 1936, fue detenido por salir en defensa de un sacerdote que arrastraban por las calles de Barbastro para llevarlo a la cárcel, y por llevar un rosario en el bolsillo. Increpó a los que arrastraban al sacerdote por los malos modos con los que le trataban y porque era un hombre inocente, y se lo llevaron también a él. Una vez ya en la cárcel, le ofrecieron la libertad si dejaba de rezar el rosario, pero prefirió permanecer en la prisión y afrontar el martirio.

Le insistieron en que entregara el rosario y le dejarían libre, pero el repitió que su rosario no lo dejaba. En la madrugada del 8 de agosto de 1936, lo fusilaron junto a las tapias del cementerio de Barbastro. Murió con el rosario en la mano, mientras gritaba su fe: «Viva Cristo Rey». Murió fuera del cementerio, atado con un sacerdote. Juan Pablo II lo beatificó el 4 de mayo de 1997, y estableció que su fiesta se celebre el 4 de mayo.