>Un libro que nos habla de la vida personal de Joseph Ratzinger

No fuma, no bebe y necesita dormir muchas horas por la noche. Es rutinario, tímido y antes de llegar a ser el líder de la Iglesia católica viajaba en clase turista. Nunca tuvo entre sus metas cargos de poder y su mayor aspiración era poder escribir algún día una gran obra teológica. Su padre era policía rural y a su madre siempre le gustó la cocina. Entre sus postres preferidos el Papa siempre recuerda la tarta de manzana o el «Kaisserschmarrn», un dulce típico austriaco. A pesar de ser muy diferente a Juan Pablo II, se entendieron muy bien desde el principio y pronto pasó a ser su amigo de confianza, su soporte y años después su sucesor. Pero, ¿podemos saber quién es en realidad Joseph Ratzinger? Nos lo cuenta Laura Daniele en ABC.

Esta incógnita, que comparten miles de fieles en todo el mundo, se ha convertido en un gran desafío para Pablo Blanco Sarto, un joven sacerdote que imparte clases de Teología en la Universidad de Navarra. En su último libro, «Benedicto XVI. El Papa alemán» (Editorial Planeta), que saldrá publicado el próximo 6 de octubre, a pocas semanas de la peregrinación del Santo Padre a Santiago de Compostela y de su visita a Barcelona para consagrar el templo de la Sagrada Familia, Blanco propone, a través de una lectura amena y dinámica, abordar «desde la sintonía y la simpatía» el pensamiento y también la historia personal del Santo Padre.

«El mejor modo de conocer a una persona -señala- es sintonizar con ella, no tener una mirada inmisericorde sino cercana. Yo me he dedicado a estudiar el pensamiento de Ratzinger y creo que he conseguido entender lo que hay dentro de su cabeza, su visión de los problemas de la Iglesia y del mundo».

Después de diez años de trabajo, y de conocer de primera mano los lugares donde el Papa nació, estudió y pasó gran parte de su vida, este profesor ofrece una biografía hecha de los mejores retazos de la amplia documentación y testimonios que existen sobre la personalidad y las ideas de Joseph Ratzinger, entre las que también se incluyen las impresiones y recuerdos del propio Pontífice a través de algunos de sus escritos más personales.

A modo de un gigante rompecabezas, el autor ha logrado ordenar las piezas con gran pedagogía y ecuanimidad. «Donde hay más información y documentación -explica- es justamente de la primera época de su vida. Conforme nos vamos acercando a nuestros días hay más volumen de información pero menos contrastada. Tienes que seleccionarla mucho mejor, ver lo que te cuadra con el personaje de lo que es puro comentario, alabanza o crítica sin más. He intentado armar el rompecabezas con las piezas que iba teniendo, siguiendo ese hilo conductor que es conocer la personalidad, las ideas de Joseph Ratzinger, es decir, el personaje con sus contrastes, sus luces y sus sombras». El resultado es sin duda interesante.

Entre las experiencias más sorprendentes de sus años de investigación, el autor destaca la marca que dejó el nazismo en la sociedad alemana y en el propio Santo Padre. «Descubrir la tragedia profunda que tienen los alemanes con este tema y la labor de oposición y de lucha que tuvo el cristianismo frente al nazismo -apunta- fue muy interesante». El caso de la familia de Ratzinger fue además «clamoroso», añade.

En el relato, Blanco recupera un recuerdo familiar del Papa de aquella época: “Más adelante se alojaron en nuestra casa dos miembros de las SS (…) Mi padre no pudo evitar verter sobre ellos toda su ira contra Hitler, lo cual habría equivalido normalmente a una condena a muerte. Pero parecía que un ángel de la guarda velaba por nosotros, pues ambos desaparecieron al día siguiente, sin causarnos desgracia alguna”.

El libro recoge también momentos más dulces como los paseos con su padre durante los veranos, la sencilla vida familiar o los días en el seminario menor en los que se le daba mejor los libros que el fútbol: “Estaban previstas todos los días dos horas de deporte en el enorme campo de deportes de la casa. Esta circunstancia llegó a ser para mí una verdadera tortura, ya que no estoy lo que se dice especialmente dotado para el deporte. Tengo que decir, no obstante, que mis compañeros eran muy tolerantes conmigo”.

De los primeros pasos de lo que sería una imparable carrera eclesial, el autor rescata el día de su ordenación sacerdotal, «el más importante de su vida», en junio de 1951, o su incorporación a la curia vaticana cuando fue creado cardenal por Pablo VI: “Yo había sido tantos años un simple profesor, muy alejado de la jerarquía de la Iglesia, y no sabía cómo comportarme, y me sentía poco a gusto en aquel ambiente. A pesar de que me sentía demasiado poca cosa, el Papa fue muy bueno y me animó”.