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VALENCIA, 04 Oct. 10 / 02:23 am (ACI)

María José Solaz Viana es una valenciana de 36 años de edad y desde niña padece una enfermedad degenerativa que ahora le impide valerse por sí misma. Ella asegura que su vida es bella, no se cansa de dar gracias a Dios por “poder llevar la cruz de las personas que sufren” y es conocida porque todos los días pasa largas horas en oración en su parroquia.

Según informa la agencia AVAN, María José vive en Caudete de las Fuentes, Valencia, y sufre una ataxia de Friedreich que afecta progresivamente su sistema nervioso y muscular. Hace 20 años utiliza una silla de ruedas para desplazarse y desde hace diez su discapacidad alcanzó el grado máximo, por lo que depende de otras personas para todo.

María José ha encontrado su fuente de fortaleza en la oración. Todos los días permanece dos horas a solas en su parroquia rezando y pide a Dios, entre otras cosas, por “los males de quienes sufren y me piden que ore por ellos” o, “al menos, para que encuentren alivio”.

A los 9 años de edad, cuando recibió la Primera Comunión, recibió la noticia de su enfermedad y recuerda que “el último día que pude andar por mí misma fue el de mi Confirmación”, a los 15 años.

Según AVAN, “en los meses siguientes, su musculatura se fue atrofiando como consecuencia de la enfermedad que le afecta ya a todo el cuerpo. En 1995, su grado de discapacidad era del 95 por ciento, según los estudios médicos que se le hicieron, y hace ya una década llegó al cien por cien. Además de no poder mover apenas parte alguna de su cuerpo, desde hace años padece graves dificultades para oír, ver y, sobre todo, hablar”.

María José ha escrito numerosas cartas a Dios para “agradecerle el regalo de cada nuevo día” y aunque en los últimos meses le resulta más difícil usar la computadora, cuenta con reflexiones y meditaciones que siempre comienzan con el agradecimiento a Dios.

“Dios mío, gracias de todo corazón por haberme creado, por regalarme un nuevo día, por todo lo que me das y por lo que me darás porque, aunque me inquiete, siempre será lo mejor”, escribe María José.

En 1999, María José publicó el libro “Y a veces, Venus…” en el que recopila sus poesías. Explicó que escogió el título porque ese planeta “es lo que más brilla en la noche, como el Señor, el lucero que me despierta cada mañana”.

Para ella, lo más duro de su enfermedad es la creciente dificultad que tiene para conversar con los demás y encuentra “alivio” a sus dolores intensos “mirando el crucifijo”.

“Me consuela mucho pensar que Jesús, siendo Dios, quiso pasar por la cruz por amor a nosotros“, afirma.

AVAN explica que sus padres, Pepe y María Luisa, ambos de 73 años, se encargan de todo el cuidado de María José en casa. Sus padres vendieron sus tierras para poder dedicarse por completo a María José y aunque reciben ayuda económica de la Administración, están seguros de tener la mejor asistencia desde arriba porque lo que “nos mantiene en pie es, sobre todo, la fe”.

María José asegura que su “ejercicio favorito” es el espiritual y es al que más horas dedica. Todas las mañanas su padre la lleva a la parroquia del pueblo para que pueda rezar ante el sagrario, en una pequeña capilla anexa al templo, donde se celebra la misa diaria.

“Hablo con Jesús cara a cara”, afirma María José y relata que participa en la vida celebrativa de la parroquia. Su enfermedad afecta su cuerpo pero no ha mermado su capacidad intelectual. Ella es “totalmente consciente” de su situación y la afronta con serenidad y entereza.

Sin embargo, su camino no fue siempre sereno. Cuando cumplió 20 años de edad tuvo una fuerte crisis de fe y rechazaba su situación. “No sólo iba perdiendo la salud, sino también a muchos amigos”, lo que le llevó a sentirse “sola y desgraciada, a pesar de que también había gente que me ayudaba”, recuerda. Incluso confiesa que estuvo a punto de arrojar la toalla” pero superó este momento gracias a la fe que le transmitieron sus padres.

El párroco de Caudete, Salvador Romero, define el testimonio de María José como “una muestra extraordinaria de amor, fe, superación y ganas de vivir”. El sacerdote destaca el “altísimo grado de comprensión que tiene María José de su misión como intercesora entre Dios y los hombres, algo que nos corresponde a todos los cristianos, pero que en casos como el de ella se asume desde una coherencia fuera de lo común”.

Para el sacerdote es importante que María José no sólo viva su situación “con aceptación y paz, sino con gratitud e incluso generosidad, al ofrecerse a Dios para llevar también los sufrimientos de los demás”.

María José explica que su “vida espiritual” le permite “comprender que mi vida es bella” y que, a pesar de sus problemas, puede ser feliz.

Dios no me ha maltratado, no me arrepiento en absoluto de haber confiado en Él y ni siquiera le pido que me cure con un milagro, sino que haga siempre su voluntad en mí”, agrega.

Para ella, el sentido de su vida radica en “saber que Dios me ama hasta el extremo” y que su discapacidad, su soledad tienen sentido porque “me han ayudado a conocerle a Él” y porque, además, “puedo ofrecerle mi sufrimiento para ayudar a otros”. Preguntada sobre las personas que en su situación prefieren morir, responde que “si se acogieran a Dios, todo cambiaría”.

Además, espera que “quizás viendo mi pequeñez, es como algunas personas puedan reconocer que Dios es grande” y que, “a pesar de cosas como las que me pasan a mí, es posible sonreír y tener muchos momentos buenos”.

“Yo nunca he aspirado a nada grande” y “el mérito de todo lo que he contado no es mío sino de Dios, que me da la fuerza; sin Él, todo esto sería imposible“, concluye.