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CIUDAD DEL VATICANO, lunes 18 de octubre de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa Benedicto XVI pronunció la tarde del pasado sábado 16 de octubre, tras un Concierto en su honor, al que asistieron los Padres del Sínodo para Oriente Medio, en el Aula Pablo VI.

Se ejecutó la Misa de Requiem de Giuseppe Verdi, dirigida por Enoch zu Guttenberg e interpretada por el Coro de Neubeuern, por la orquesta KlangVerwaltung y por otros solistas.

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Señores cardenales,

Venerados hermanos,

ilustres señores y señoras

Al término de una audición tan intensa, el ánimo querría permanecer en recogimiento, pero al mismo tiempo, siente la necesidad de manifestar su reconocimiento.

[En alemán]

Deseo dirigir mi cordial agradecimiento al maestro Enoch zu Guttenberg, por las sentidas palabras que me ha dirigido y por haber querido ofrecerme este concierto, junto con la esplçendida Orquesta Die KlangVerwaltung, con la Chorgemeinschaft Neubeuern y con la Familie der Freiherren von und zu Guttenberg. A él, que ha dirigido la ejecución, a los solistas, a cada uno de los miembros de la orquesta y del coro va mi grato aprecio. ¡Gracias de corazón!

[En italiano]

Estoy contento de saludar a los señores cardenales, a los prelados, especialmente a los Padres sinodales, las distinguidas Autoridades, y a todos vosotros – entre los cuales, los pobres asistidos por la Cártiras diocesana de Roma – que habéis podido gozar de esta excelente ejecución de la Misa de Requiem de Giuseppe Verdi. Él la compuso en 1873, por la muerte de Alessandro Manzoni, a quien admiraba y casi veneraba. En una carta se pregunta: “¿Qué podría deciros de Manzoni? ¿Cómo explicaros la sensación dulcísima, indefinible, nueva, producida en mi por la presencia de ese Santo, como vos lo llamáis?”. En la mente del gran Compositor, esta obra debía ser el culmen y el momento final de su producción musical; no era solo el homenaje al gran escritor, sino también la respuesta a una exigencia artística, interior y espiritual, que la confrontación con la estatura humana y cristiana de Manzoni había suscitado en él.

Giuseppe Verdi consumió su existencia en escrutar el corazón del hombre; en sus obras sacó a la uz el drama de la condición humana: con la música, las historias representadas, los diversos personajes. Su teatro está lleno de infelices, de perseguidos, de víctimas. En muchas páginas de la Misa de Requiem resuena esta visión trágica de los destinos humanos: aquí tocamos la realidad ineluctable de la muerte y la cuestión fundamental del mundo trascendente, y Verdi, libre de los elementos de la escena, representa, sólo con las palabras de la Liturgia católica y con la musica, la gama de los sentimientos humanos ante el final de la vida: la angustia del hombre frente a su frágil naturaleza, el sentido de rebelión ante la muerte, el temor en el umbral de la eternidad. Esta música invita a reflexionar sobre las realidades últimas, con todos los estados de ánimo del corazón humano, en una serie de contrastes de formas, tonos, coloridos, en los que se alternan momentos dramáticos con momentos melódicos, marcados por la esperanza.

Giuseppe Verdi, que en una famosa carta al editor Ricordi, se definía “un poco ateo”, escribe esta Misa, que parece como una gran llamada al Padre Eterno, en el intento de superar el grito de desesperación ante la muerte, para volver a encontrar el anhelo de vida que se convierte en oración triste y silenciosa: “Libera me, Domine”. El Requiem verdiano se abre, de hecho, con una frase en La menor, que parece casi descender hacia el silencio – pocos compases de los violonchelos, suavísimo, con sordina – y se concluye con la sumisa invocación al Señor “Libera me”. Esta catedral musical se revela como descripción del drama espiritual del hombre ante Dios Omnipotente, del hombre que no puede eludir el eterno interrogante sobre su propia existencia.

Tras la Misa de Requiem, Verdi vivirá una especie de segunda “etapa compositiva”, que concluirá nuevamente con musica religiosa, los Pezzi Sacri: un signo de la su inquietud espiritual, un signo que el anhelo hacia Dios está inscrito en el corazón del ser humano, para que nuestra esperanza descansa en el Señor. Qui Mariam absolvisti, et latronem exaudisti, mihi quoque spem dedisti, hemos escuchado: “Tu que perdonaste a María (Magdalena) y escuchaste al buen ladrón, también a mi me diste esperanza”. El gran fresco musical de esta noche renueva en nosotros la certeza de las palabras de san Agustín: Inquietum est cor nostrum, donec requiescat in te – Il nostro cuore è inquieto, finché non riposa in te (Confesiones, I, 1).

[En alemán]

Queridos amigos, una vez más debemos agradecer al Señor que nos ha dado un momento de verdadera belleza, capaz de elevar nuestro espíritu. ¡Y al mismo tiempo debemos dar las gracias a quienes se han hecho instrumento de la divina Providencia! Gracias una vez más, por tanto, al profesor Enoch zu Guttenberg, a los solistas, a la orquesta y al coro, y a cuantos de diversas formas han colaborado a la realización de esta hermosa velada. Que el Señor dé a todos su recompensa].

¡Gracias y buena velada!

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]