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Se han cumplido en este año que va llegando a su fin 40 años de una carta histórica de Pablo VI, una documento lleno de preocupación. Nada extraño, pues de Pablo VI por aquellos años tenemos abundantes escritos llenos de preocupación (de algunos hemos hablado ya en las “historias del postconcilio” publicadas en este blog), y no era para menos, ya que le tocó vivir los años borrascosos del postconcilio en los que tuvo muchas más penas que alegrías. Por supuesto que dichas penas no le vinieron del Concilio en sí, que todos saben que fue un momento de gracia para la Iglesia, animado por el Espíritu Santo, sino por todos aquellos que tomaron el Concilio como excusa para hacer de su capa un sayo dejando de lado las normas eclesiásticas, la sana tradición y a veces hasta el mínimo sentido común.

Todo esto amargó mucho a Pablo VI, que en ambientes curiales fue llamado “el Hamlet del Vaticano”, por la desazón que en muchas ocasiones transmitía su apariencia. Sin duda era un hombre de gran fe y no perdía la esperanza en la ayuda de Dios, pero humanamente el postconcilio le hizo sufrir mucho. Como tenían que estar las cosas -yo no lo sé, acababa de nacer- para que, en la famosa audiencia general del 15 de noviembre de 1972, volviendo sobre lo que ya había expresado el 29 de junio precedente en la Basílica de San Pedro (cuando dijo aquello famoso que parecía que por las grietas de la Iglesia se había introducido el humo de Satanás), dijera refiriéndose a la situación de la Iglesia: “¿Cómo se ha podido llegar a esta situación?” (…) “Se creía que, después del Concilio, el sol habría brillado sobre la historia de la Iglesia. Pero en lugar del sol, han aparecido las nubes, la tempestad, las tinieblas, la incertidumbre.”

La respuesta de Pablo VI en aquel momento fue clara y neta: “Una potencia hostil ha intervenido. Su nombre es el diablo, ese ser misterioso del que San Pedro habla en su primera Carta. ¿Cuántas veces, en el Evangelio, Cristo nos habla de este enemigo de los hombres?”. Y el Papa precisa: “Nosotros creemos que un ser preternatural ha venido al mundo precisamente para turbar la paz, para ahogar los frutos del Concilio ecuménico, y para impedir a la Iglesia cantar su alegría por haber retomado plenamente conciencia de ella misma, sembrando la duda, la incertidumbre, la problemática, la inquietud y la insatisfacción”.

Estas palabras son el fruto de varios años del Papa luchando en diversos frentes abiertos en distintas partes de la Iglesia, entre los cuales destacaba -tristemente, todo hay que decirlo- la patata caliente que tenía en Holanda. Dicho país, ejemplo de catolicidad antes del Concilio, experimentó la debacle postconciliar como pocos lugares en la Iglesia: Tierra de intelectuales, se empezó por la doctrina, se siguió por la liturgia, se continuó por la vida espiritual, las vocaciones, y el resultado final fue una Iglesia por la que parecía que hubiese pasado arrasando Atila con los Hunos.

Gran parte de dicho rapidísimo declinar lo tuvo el llamado Catecismo Holandes: Al terminar el concilio Vaticano II, el Instituto Superior de Catequética de Nimega, bajo la inspiración principal de Schillebeeckx y con el imprimatur del Cardenal Bernard Alfrink, publicó el “Nuevo Catecismo de Adultos (1966)”, en el que, como ha señalado José María Iraburu, se replanteaban, más o menos abiertamente, casi todos los errores y ambigüedades del anterior modernismo, aunque a veces, para llegar a las mismas conclusiones, se empleasen argumentaciones diversas, más sofisticadas.

Sobre la intención con la que se quiso componer dicho Catecismo escribe el profesor Leo Elders: “Los autores pensaban que ciertas fórmulas en las que la fe había sido expresada, dependen de situaciones históricas particulares y que por lo tanto ya no son obligatorias paranosotros que vivimos en el siglo XX. Las docrinas omitidas son, entre otras, el dogma de la virginidad de María, la existencias de los ángeles, la del purgatorio y la transubstanciación. Se nota un tratamiento incompleto del misterio de la Santísima Trinidad, de la Persona de Cristo, de la redención, se niega la separación del alma humana del cuerpo en el momento de la muerte. A pesar de todo esto, el 4 de octubre de 1966, el Cardenal Alfrink aprobó el catecismo, no en todos sus pormenores pero sí en sus grandes líneas“.

La historia de dicho Catecismo nos llevaría lejos, pero es de justicia recordar, con Iraburu, que el Catecismo contenía tantos errores y ambigüedades, que fueron denunciados a Roma por católicos holandeses, y Pablo VI estableció para examinarlo una Comisión de Cardenales, que emitió una Declaración, el 15 de octubre de1968, en la que se indicaba un gran número de correcciones y adiciones necesarias. Una de sus primeras consecuencias no solamente de dicho Catecismo, sino en general al ambiente teológico que en Holanda se respiraba, fue el cuestionar el celibato de los sacerdotes, cosa que no sólo quedó en las cátedras de los teóricos, sino que se extendió a buena parte de la jerarquía holandesa y de países aledaños, lo cual como no podía ser menos llegó al Papa y le llenó de inquietud. No creo que se sorprendiese mucho, visto como dicho episcopado había respondido a su encíclica Humanae Vitae de 1968, pero era éste otro tema en el que el Papa no podía quedarse callado.

Y no lo hizo. Pablo VI escribió una carta al Secretario de Estado, no para que él se diese por enterado, sino para que se enterasen los obispos holandeses. La carta comienza del siguiente modo: “Las declaraciones que se han publicado en estos días en Holanda sobre el celibato eclesiástico nos han provocado un profundo dolor y han provocado muchas cuestiones en nuestro espíritu: sobre los motivos de esta actitud tan grave, sobre las consecuencias entre los sacerdotes y los jóvenes que se preparan al sacerdocio y sobre las consecuencias perturbadoras en toda la Iglesia”. La cosa no era para menos y en Papa quiere dejar clara la doctrina tradicional de la Iglesia, diciendo cosas muy interesantes. Pero lo que más interesante me parece es el mismo hecho de esta carta que hace 40 años defendía el celibato y parece que estuviese escrita para nosotros de hoy en día. No estamos ya en el postconcilio, y sin embargo no faltan voces de eclesiásticos que ponen en duda el valor del celibato.

La ocasión es lo de menos: Ahora es la pederastia, antes eran los tiempos modernos, y antes todavía otras excusas, la cosa es creer que lo que lleva tantos siglos funcionando ahora ya no funciona. Aunque la verdad, las excusas hoy en día son más flojas: Si por unos cuantos curas indignos yo tengo que cambiar mi estilo de vida, apaga y vámonos…

Entre las cosas que dice el Papa en esta carta, cuya lectura recomiendo (en la página web del Vaticano se puede encontrar), destaca una reflexión: “Y nosotros, llamados a seguir a Jesús, ¿Podemos habernos convertido en incapaces de aceptar la ley, comprobada por una experiencia tan larga, de abandonar todo, la familia y las redes, para seguirla a El y llevar la Buena nueva del Salvador? ¿Quién mejor que los pastores que sepan consagrarse irrevocablemente y sin reservas al servicio exclusivo del Evangelios podrá transmitir con plenitud de gracia y de fuerza a los hombres de nuestro tiempo este mensaje liberador? Es por esto que, considerando todo ante Dios, ante Cristo, ante la Iglesia, y ante el mundo, Nos sentimos en el deber de reafirmar claramente lo que tantas veces hemos declarado y repetido, esto es, la conexión entre el sacerdocio y el celibato, establecido en la Iglesia Latina desde hace siglos, que constituye para ella un bien sumamente precioso e insustituible”.

Después de recordar Pablo VI que el número de los que no consiguen vivir su sacerdocio célibe es una pequeña minoría en comparación con la inmensa mayoría, y que hacia ellos la Iglesia es misericordiosa a la vez que cuidadosa a la hora de considerar su petición de dejar el sacerdocio, el Papa recuerda que el hecho de haber una contestación general (en eses país) en contra del celibato, quiere decir que hace falta más que nunca “animar de todos modos posibles a la gran muchedumbre de sacerdotes que han sido fieles a sus compromisos, hacia los cuales se dirige con un afecto muy especial nuestro pensamiento y bendición”.

Han pasado cuarenta años, y hay poco nuevo bajo en sol: Una gran mayoría de sacerdotes fieles, una minoría reducidísima que no consiguen ser fieles y que sirven de excusa a algunos para poner en duda los principios. De hecho, la crisis reciente de los casos de pederasia entre el clero -fenómeno lamentable y condenable sin tapujos- ha llevado a unos cuantos, también entre los eclesiásticos importantes, a pedir nuevamente la revisión de la disciplina del celibato, que llevaba unos años sin cuestionarse.

No es nada nuevo, si nos fuéramos un poco más atrás en la historia, encontraríamos algo parecido, pues el tema es recurrente y aparece y desaparece. Lo importante del caso es no olvidar la alegría y humildad, y además la fecundidad, con la que tantos y tantos sacerdotes del mundo viven la fidelidad a su sacerdocio célibe.