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Por Mons. Ignacio Alemany Grau

Los santos, los difuntos, las calabazas, la música criolla, los niños disfrazados de santos, los pirañitas buscando caramelos…

El más inocentón se sentirá feliz con este coctel de motivos para pasar del 31 de octubre al 1 de noviembre.

Pero, dado el interés mundial por destruir todas las huellas de la Iglesia, no sería raro que hubiera algo “bien trabajadito” (como dicen en la sierra) detrás de todo esto.

Al decir “interés mundial”, entiendo por “mundo”, no precisamente las maravillas que ha creado Dios, sino en el sentido del evangelio de Juan que entiende por “mundo” los hombres perversos que quieren vivir al margen de Dios.

Como quiera que sea, nosotros, los hijos de la luz, debemos aprovechar todas las fechas y circunstancias posibles para fortalecer los valores de nuestra fe.

Que se diviertan sanamente los de las calabazas y los de los caramelos y también los de la música criolla.

Pero que, al mismo tiempo, todos fortalezcamos la llamada a la santidad desde el día 31 de octubre, en la tarde, en que comienza la celebración de la fiesta de Todos los Santos.

También nos vendrá como anillo al dedo, meditar en la muerte y en el más allá del tiempo, mientras recordamos el 2 de noviembre, que hay un purgatorio desde el cual muchos hermanos de nuestro cuerpo místico nos piden oraciones.

Creo que es muy importante aprovechar estos dos días para revivir las verdades de fe que encierra el misterio del Cuerpo Místico, recordando que hay sólo una Iglesia en tres situaciones distintas:

La Iglesia triunfante que ya goza plenamente de Dios y de la maravillosa liturgia de la que habla el libro del Apocalipsis.

La Iglesia purgante que se purifica en el purgatorio y que nos pide oraciones para poder encontrarse definitivamente en los brazos de Dios.

La Iglesia militante que somos todos nosotros, mientras vivimos un tiempo de lucha por conseguir la salvación que Dios nos ha regalado en Cristo y por Cristo.

Estos días son buenos, por tanto, para recordar que formamos un solo Cuerpo Místico, una sola Iglesia que camina hacia la parusía. En esa parusía, o vuelta del Señor, nos alegraremos todos al ver que ya estará completo el número de quienes conformarán el Reino de Dios.

De todas maneras, aunque sea brevemente, veamos qué es lo que celebra la Iglesia en estos dos días interesantes el 1 y 2 de noviembre.

El día de todos los santos
Podríamos decir que las bienaventuranzas son el resumen de lo que se celebra en esta fiesta. En este día, en efecto, recordamos a todas las personas que ya son bienaventuradas en el cielo.

A todos ellas las llamamos santos aunque no estén canonizadas por la Iglesia. Y es que la santidad no depende de la canonización sino de la manera cómo vivió una persona el Evangelio de las bienaventuranzas, que es como el resumen de todas las enseñanzas de Jesús.

Entre estos hermanos, a quienes podemos y debemos llamar santos, hay una enorme variedad que son el fruto del “trabajo” que hace el Espíritu Santo para embellecer la Iglesia de Jesús.

Caminar por la santidad no es fácil. Pero tampoco es imposible, ni mucho menos, porque se trata de colaborar con el Espíritu Santo que nos mereció Jesús resucitado.

Caminando de la mano de este buen amigo, Tercera Persona de la Trinidad, estamos seguros de llegar a la felicidad eterna.

Según el prefacio del día, al considerar esta multitud de santos, recordamos la patria definitiva hacia la que caminamos nosotros.

Dice así: “Hacia ella, aunque peregrinos en país extraño, nos encaminamos alegres, guiados por la fe y gozosos por la gloria de los mejores hijos de la Iglesia. En ellos encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad”.

El día de los difuntos
En cuanto a “La conmemoración de todos los fieles difuntos”, se trata de una celebración que fue instituida por San Odilón hacia el año 998. Sin embargo, la costumbre de rezar por los difuntos es muy anterior.

Sabemos, por ejemplo, que San Isidoro de Sevilla, que murió en el 636, mandaba ofrecer la Eucaristía el día siguiente de Pentecostés para pedir a Dios por los que se purificaban de sus culpas, antes de entrar en la Gloria.

Para la Iglesia el motivo central en este día es recordar la resurrección de Cristo porque ella constituye la esperanza de resurrección para todos nosotros.

Terminemos recordando estas palabras de Jesús a Marta que recoge la liturgia del día:
“Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que esté vivo y cree en mí no morirá para siempre”.