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Son argentinos. César Molaro, del Opus Dei, y Raúl, del Instituto de Sacerdotes Diocesanos de Schoenstatt, las celebrarán bajo el lema “Cien años de sacerdocio, salvadores con Jesús”.

El próximo 18 de diciembre, en Paraná, Argentina, ocurrirá un hecho digno del libro Guinnes: dos hermanos gemelos, los sacerdotes César y Raúl Molaro, celebrarán juntos sus bodas de oro sacerdotales. Las celebraciones tienen como lema “Cien años de sacerdocio, salvadores con Jesús”.

La entrevista a los padres Molaro, de la archidiócesis de Paraná (Entre Ríos, Argentina), la propuso a ZENIT Leandro Bonnin, antes de la clausura del Año Sacerdotal. Sin embargo sólo ahora ha podido completar el trabajo, mientras hierven los preparativos de este contecimiento. Por su gran interés testimonial, reproducimos íntegra la entrevista. Bonnin, el autor, fue ordenado sacerdote en 2005. Es vicario parroquial de San Francisco de Borja, en Paraná, Entre Ríos, Argentina.

–Llama la atención que dos hermanos gemelos sintieran la misma vocación sacerdotal, estudiaran en el Seminario y, llegaran a celebrar el mismo día sus 50 años de ministerio. ¿Podrían contarnos como surge en cada uno de ustedes la vocación a la vida sacerdotal?
–P. Raúl: El llamado del Señor, me vino a mí, siendo aún niño, una tarde que estaba con mi hermana en el mes de María, en la Capilla del Colegio Don Bosco de Paraná. Sentí como una moción interior, una invitación del Señor y de la Santísima. Virgen a ser sacerdote.

Creo que también influyó mucho el testimonio de amor y de entrega del padre José Müller, sacerdote salesiano alemán que se desvivía por los chicos del Oratorio Salesiano. Un testimonio de sacerdote abnegado, entregado, generoso y siempre alegre. Él luego se fue de misionero al Chaco Paraguayo, donde pasó muchas privaciones y sufrimientos.

Él nunca me dijo nada sobre la vocación, pero descubrí en él un verdadero sacerdote. Más adelante, perteneciendo al grupo de niños de la Acción Católica del glorioso centro Pentecostés, del Seminario viejo, al finalizar quinto grado, pude entrar en el Seminario de Paraná, gracias a la ayuda del padre Marcos Kémerer y el padre Ángel Armelín.

–P. César: Cuando íbamos al Oratorio Don Bosco, los salesianos querían llevarnos a su seminario. En 1947, estuvimos en la Acción Católica del Seminario Viejo, y a fin de año, el padre Marc os Kemerer nos preguntó si queríamos entrar al Seminario. Así fue como entramos en marzo de 1948. A fin de año, en vacaciones, el rector del Seminario, monseñor Herminio Bidal decía: “Se portaron bien, yo pensaba que iban a dar trabajo…”.

–¿Qué importancia tuvo su familia en el proceso de discernimiento vocacional y en la vida de fidelidad al ministerio?
–P. Raúl: Nuestros padres, gente sencilla y humilde de zona rural, formaron un hogar cristiano. Éramos nueve hermanos. Dos hermanitas nuestras fallecieron antes de nacer nosotros, con sólo unos meses de vida, allá por 1930 y 1933. Mis padres sufrieron mucho y eso les decidió a ir a vivir a Paraná. Después, ya ordenados sacerdotes, supimos que mi madre, en medio de su dolor por la muerte de sus hijas, dijo: “Si Dios me da hijos varones los consagraré para que sean sacerdotes”. En Paraná, la vida no les fue fácil, pasaron muchas privaciones y sufrimientos, pero llevaron adelante su hogar. Con mis hermanos estamos muy unidos y nos apoyamos mutuamente. Durante los años de estudio en el Seminario tuvimos la visita frecuente de mi madre y hermanas. Tengo la certeza de que la familia es muy importante en la vida del sacerdote. Hay una raíz que sostiene el árbol de la vida.

–P. César: Yo creo que mi familia tuvo una gran importancia. Mi padre tenía un tío sacerdote salesiano y una prima religiosa. Mi madre había sido educada en el Colegio de Hermanas de Villa Urquiza. A pesar de la promesa que hizo antes de que naciéramos, a nuestra madre le costó mucho que nos fuéramos al Seminario. Y antes de tener sotana, desde el primer año de Filosofía, todas las vacaciones nos decía: “quédense”.

El día de la ordenación, ella lloró de emoción durante toda la ceremonia, y luego se sentía feliz y orgullosa de sus hijos sacerdotes. Yo pensé siempre cómo nos ayudaron las oraciones y el apoyo de nuestros padres y hermanos en la fidelidad al ministerio sacerdotal. Siempre pienso que la familia es fundamental para la fidelidad y la perseverancia en el ministerio.

–¿Qué es para ustedes ser sacerdote?
–P. Raúl: Ser sacerdote es descubrir el amor y el llamado de Jesús a seguirlo y trabajar con Él para que los hermanos lo conozcan y lo amen. Es tratar de vivir una identificación con Jesús Sacerdote y Pastor al servicio de la Iglesia. “Salvadores con Jesús” decía, como lema, la estampa de recuerdo de Ordenación cincuenta años atrás. Con todas las fallas y deficiencias ha sido como el ideal de mi vida de sacerdote.

–P. César: Ser sacerdote es una gracia, un llamado de Dios. Es una participación del sacerdocio de Jesucristo, y por eso el sacerdote puede obrar en persona de Cristo cabeza, ya que se da una consagración especial y una configuración más profunda con Cristo sacerdote.

Jesús ha realizado la obra de la salvación por medio de su triple función de Sacerdote, Profeta y Rey. En el ministerio sacerdotal se participa de esta triple función: anunciar la palabra de Dios; santificar por medio de los sacramentos, sobre todo la celebración de la Santa Misa que es el centro y culmen de la vida cristiana; y asegurar a todos la unión en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, como pastores de la comunidad. O sea, hacer las veces de Jesús, ser salvadores con Jesús.

–En sus primeros años de ministerio les tocó vivir la aplicación de la reforma del Concilio Vaticano II, con todos lo s cambios litúrgicos, pastorales y disciplinares que implicaba, y con las luces y sombras en que se desarrolló. ¿Cómo vivieron esa etapa y que reflexión podrían dejarnos?
–P. Raúl: Durante el Concilio, podía seguir y enterarse uno de su marcha gracias a L´Osservatore Romano. Descubría una Iglesia que se abría a la acción del Espíritu Santo, que se renovaba, que se abría al querer de Dios para estos tiempos. Esto traía gran alegría y entusiasmo: ¡la Iglesia vive!

Y todo ello gracias a los grandes papas Juan XXIII y Pablo VI, a quien le tocó la parte más difícil. Este último supo ser un buen timonel y se adelantaba, muchas veces, a las propuestas de los padres conciliares en las reformas. Creo que los cambios trajeron mucho bien a la Iglesia, sobre todo un cambio de mentalidad, como por ejemplo en lo referente al encuentro con los hermanos separados y lo que significó el Ecumenismo. Así mismo, fue un saludable cambio el protagonismo dado a los laicos en la Iglesia.

También hubo firmeza de Pablo VI en algunos asuntos. Fué difícil, después del Concilio, afrontar la falsa interpretación del Concilio, que trajo confusión y dificultades muy grandes en la Iglesia y en el mundo. Se vivieron momentos muy duros, de mucho caos. Me parece –es una interpretación personal- que no hemos estudiado suficientemente el Vaticano II, y no lo hemos llevado a la práctica. Han pasado ya muchos años, y ese Concilio quería prepararnos al tercer milenio.

–P. César: Yo tomé con gran alegría el Concilio. A los seminaristas del Seminario menor, les hablaba de las comisiones que formaba Juan XXIII y los demás preparativos. Vino el Concilio, los documentos… y un tiempo después, me dí cuenta que había eclesiásticos que hablaban de reforma, y prácticamente se tiraba todo: oración, devoción a la Virgen y Santo Rosario, obediencia, celibato, liturgia, etc… Fueron años difíciles y confusos.

Hoy veo que gracias a la oraciones de mi madre, a la confianza que más que nunca me demostró monseñor Tortolo y a la gracia de Dios, no me fui más lejos ni abandoné el sacerdocio, como lo hicieron algunos de ellos. Tuve la fortuna de que cada mes o mes y medio, venía a Paraná a hablar con monseñor sobre los problemas del Instituto. Con el único que hablaba era con él. Aprendí entonces que importante que es la confianza y la obediencia al obispo.

Por otra parte, por aquel entonces estaba ocupado en el Instituto Técnico de Santa Elena, y mucho tiempo no tenía. Creo que también eso me salvó.

–Ustedes han servido a la Iglesia de Paraná en varias comunidades a lo largo de estos años. ¿Cuál ha sido para ustedes el momento más fuerte de su ministerio sacerdotal?
–P. César: Creo que fue en la ciudad de La Paz, donde, ya como párroco, trabajé mucho en la ciudad y en la campaña y en la atención de las confesiones. Pensar que casi sacaron los confesonarios en la época postconciliar… En general, en todas las parroquias, obedeciendo donde te mandan, pasé tiempos muy felices y de mucha gracia de Dios. Tengo que agradecer mucho a los fieles cristianos de cada comunidad, porque por su Bautismo y Confirmación, supieron ejercer la triple función de sacerdotes, profetas y reyes, como fieles cristianos.

–P. Raúl: Después de los primeros años juveniles, donde vivía con alegría y entusiasmo toda la labor sacerdotal vino la responsabilidad de ser párroco. En Santa Lucía, viví intensamente la vida de la Comunidad Parroquial, y la vivencia de los distintos grupos y personas que trabajaron con gran empuje en la construcción de la iglesia parroquial. Teníamos como lema: “Mientras construimos el Templo forjemos la Comunidad; mientras forjamos la Comunidad, construyamos el Templo”.

Las vivencias sacerdotales de las otras parroquias fueron también muy importantes y me llegaron mucho, sobre todo al descubrir la acción del Señor y de su gracia en la feligresía. Lo mismo el trabajo con los niños en los colegios donde he desempeñado la misión sacerdotal. Otro hecho que me marcó es que siendo párroco de la basílica de Nuestra Señora del Carmen de Nogoyá, el Señor y la Santísima Virgen quisieron, que fue un verdadero milagro de la Virgen del Carmen, que en me nos de seis meses se construyeran quinientos metros del tapial del terreno (por la clausura del convento) y quinientos metros de edificación del futuro convento. Y no se tenía nada de dinero. ¡Un verdadero milagro!

–Los dos han tenido oportunidad de vincularse a realidades eclesiales que les permitieron trascender la diócesis, y vivenciar la universalidad de la Iglesia. ¿Qué valores quisieran destacar en estas experiencias?

–P. Raúl: Me ha impactado mucho ver las multitudes en las audiencias del Papa en Roma, que acuden con gran fe y amor al Vicario de Cristo. Además me impresiona cómo el Espíritu Santo ha suscitado múltiples movimientos eclesiales de renovación espiritual y de apostolado que están renovando a la Iglesia, en medio de tantas dificultades y de hermanos que se separan de Dios y de la Iglesia. Estos movimientos son una levadura nueva que están transfor mando la masa. En relación a esto último, hay un hecho muy significativo e importante para mi vida sacerdotal: el llamado interior de la Santísima Virgen a pertenecer al Instituto de Sacerdotes Diocesanos de Schoenstatt desde hace muchos años. Ello ha marcado profundamente mi vida.

–P. César: Uniendo esto a los años difíciles después del Concilio, en Santa Elena, aunque al principio rezaba mucho (estuve del año 65 al 78), después del año 1968 o 1970, dejé de rezar por la actividad, y sentía un gran vacío interior. En septiembre del año 1976, fui a un retiro convocado por monseñor Tortolo y lo predicó un sacerdote del Opus Dei: Fernando Lázaro. Luego, cada mes venía de Buenos Aires a visitarme, como también a muchos otros sacerdotes de la Diócesis. Él me invitó a entrar en el Opus Dei.

Con los años, he visto que el Opus Dei te cuida y cuida el sacerdocio. Cada semana tenés la charla fraterna (dirección espiritual), la confesión y una reunión de formación. No te impone nada, y te exige cada vez más en la vida espiritual, con todas sus exigencias. No hay una doble obediencia: al obispo y al Opus Dei. Uno sigue siendo sacerdote diocesano y no religioso (los del Opus Dei no son religiosos) y con obediencia únicamente al obispo.

Tuve la gracia de asistir en 1992 a la beatificación de monseñor Escrivá. Aunque lo deseaba, no iba a ir a la canonización porque me habían operado del estómago el 17 de mayo del 2002, y la canonización era el 6 de octubre. El Opus Dei me pagó todo el viaje y el alojamiento, y en el avión iba un sacerdote cuidándome, y en la canonización, el mismo vicario del Opus Dei en la Argentina estaba al lado mío cuidándome. Realmente, como decía el fundador del Opus Dei, es un buen lugar para vivir y para morir. Me alegra recordar que dos veces pude ir a Roma y ver al Papa y al prelado del Opus Dei, ir al centro de la catolicidad, vivir la universalidad de la Iglesia: fieles de todas partes del mundo que participaban de la beatificación y de la canonización.

–Muchos jóvenes, inmersos en el clima de inestabilidad reinante, tienen dudas sobre si es posible mantenerse fieles en un estado de vida durante muchos años. ¿Cuáles son las claves para la fidelidad y la perseverancia?
–P. César: Hoy en día, más que nunca, existe esa inestabilidad en la gente joven y no quieren comprometerse para toda la vida. Ven muy difícil la perseverancia y la fidelidad. Sin embargo, gracias a Dios, todavía hay matrimonios que celebran sus bodas de oro, y gente que se mantiene en la fidelidad. Y en el matrimonio es más difícil, porque él o ella pueden fallar. En el sacerdocio, hay uno que no falla, y es Jesús. O sea que el sacerdote tiene el 50% de seguridad. Si uno se mantiene fiel a las normas de piedad, es obediente, y acepta las cruces queriendo hacer la voluntad de Dios, con su gracia persevera en la fidelidad. A mí me alegra y doy gracias a Dios, cuando hay fieles que me dicen: “Gracias por su fidelidad”.

–P. Raúl: Es un momento muy difícil ciertamente el que se está viviendo actualmente, y más para los jóvenes. Creo que una clave es saber lo que se quiere y adonde se va. Es decir, tener un ideal personal bien claro, para su vida. Pedir al Señor, en la oración, que le muestre sus caminos, qué quiere de él, cuál es su voluntad. Y luego, confiando en la ayuda del Señor, decidirse a vivir esa entrega incondicional, “sin mirar hacia atrás&rdq uo;, tratando de ser fieles en las pequeñas-grandes cosas de cada día. Para la perseverancia, lo que me ha sostenido es tener un buen tiempo de oración personal con el Señor cada día, tratando de descubrir allí al “Dios de la Vida”. Escuchar qué me dice el Señor, qué espera de mí. Sin la oración es muy difícil perseverar en la entrega. Además el tener un grupo de vida, donde fraternalmente nos ayudamos entre hermanos sacerdotes.

–¿Qué podrían decirle a los actuales candidatos al sacerdocio, y a los jóvenes que se están planteando su vocación?
–P. Raúl: Que si tienen dudas, ¡que no sigan! La vocación es una respuesta personal de amor y de entrega al Señor y a la Iglesia, como alguien que se casa, se compromete con la otra persona a amarla para siempre. Creer que el Señor no fallar&aa cute;, ¡Él es siempre fiel! No abandona la obra que ha comenzado. Los que podemos fallar somos nosotros, pobres pecadores; pero Jesús no retira su amor. Si uno siente este llamado del Señor a amarlo y entregarse a Él, que no dude, que se zambulla, que va a salir nadando

–P. César: Que piensen que si están en el Seminario es porque Jesús “los miró y los amó”, y los llama para esta gran vocación: el sacerdocio. Es un inmenso don y la luz que ilumina el camino. Que uno es más libre, cuando despojándose de todo, quiere seguirlo a Jesús. Se gana el ciento por uno y la vida eterna. ¿Qué más se quiere? ¡Ánimo, y seguir adelante!

–Los dos han estado muy ligados a la Santísima Virgen durante su ministerio. ¿Qué papel ocupa María en la vida de un sacerdote, y qué papel ocupó en la de ustedes?
–P. Raúl: Ella es la madre y educadora de Jesús Sacerdote, es también, porque así lo quiso el Señor, la madre y educadora del sacerdote que es otro Cristo. Ya lo señaló San Pío X “que el camino más corto, más fácil, más seguro, para ir a Cristo, es María”. Ella es la Colaboradora de su Hijo en la obra de la Salvación, y Dios quiere que sea la colaboradora de quienes son otros ‘cristos’, los sacerdotes, en su ministerio sacerdotal. De mi parte debo señalar lo que ha significado en mi vida y sacerdocio la Alianza de Amor con la Santísima Virgen en el Movimiento de Schoenstatt.

–P. César: Después de Jesús, la Santísima Virgen María ocupa un lugar primordial en la vida de un sacerdote. Es la madre de Jesús y nuestra madre que cuida especialmente de sus hijos sacerdotes. Si uno se entrega a la Santísima Virgen, puede andar mal…pero la Virgen no lo deja. ¡Qué importante es el confiar en ella! El 12 de octubre, día de la Virgen del Pilar, se cumplieron 54 años de mi voto de esclavitud de san Luis María Grignon de Montfort.

Estaba a finales del primer año de Teología. Siempre he pensado que estar en Teología, significa estar convencido que vas a ser sacerdote. No puede uno estudiar Teología si no está seguro de su vocación sacerdotal. Recuerdo que una vez, por los menos, fui a la basílica de la Virgen de Luján, a pedirle a la Virgen por mi sacerdocio. Tuve oportunidad de tocar y estar muy cerca de la Virgen de Luján, cuando vino por primera vez el papa Juan Pablo II, en medio de la crisis de las Malvinas. Cada día descubro nuevamente qué importantes son las tres avemarías, el rezo del santo rosario, el escapulario. .. en fin, sentirnos hijos de María.

Para leer más de esta singular doble vocación:

http://cienaniosdesacerdocio.blogspot.com/