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Por P. Joan Antoni Mateo García
De: Conversando sobre la fe

Hace muy poco recibí una pregunta sobre la compatibilidad o no de la incineración de cadáveres con la fe cristiana.Una persona que había viajado recientemente viaje por EEUU y Canadá pudo observar que en algunos templos había criptas donde se depositaban las cenizas de los fieles. Me contaba que esto, por una parte le sorprendió, pues parecería que la Iglesia alentaba la práctica de la incineración que antes estaba prohibida, pero por otra parte le parecía una cosa muy buena que, como en otras épocas, los restos mortales de los cristianos pudieran reposar cerca de las iglesias. De hecho, ésta es una pregunta frecuente. Y las estadísticas demuestran la creciente demanda de la incineración.

En primer lugar hay que aclarar que la Iglesia ya no niega las exequias cristianas a los fieles que optan por la incineración. Yo mismo he comprobado, como párroco, como numerosas familias cristianas optan por inicinerar los restos de sus familiares y depositan piadosamente las cenizas en el cementerio, y, lo más importante, se acuerdan de ofrecer sufragios por sus difuntos, particularmente la Santa Misa.

En otros momentos históricos es cierto que la práctica de la incineración acostumbraba a ir acompañada por una profesión de fe nihilista incompatible con la esperanza cristiana, pero esto ya no es así, al menos en los casos de los fieles que lo solicitan. Es cierto que la Iglesia prefiere la inhumación de los cadáveres, pero es una recomendación a menudo poco práctica. En los grandes cementerios de las ciudades, las enormes construcciones de nichos poco tiene que ver con la inhumación tradicional de entregar el cuerpo a la tierra.

El Directorio para la piedad popular, en sintonía con el Catecismo de la Iglesia Católica dice textualmente: “Separándose del sentido de la momificación, del embalsamamiento o de la cremación, en las que se esconde, quizá, la idea de que la muerte significa la destrucción total del hombre, la piedad cristiana ha asumido, como forma de sepultura de los fieles, la inhumación.

Por una parte, recuerda la tierra de la cual ha sido sacado el hombre (cfr. Gn 2,6) y a la que ahora vuelve (cfr. Gn 3,19; Sir 17,1); por otra parte, evoca la sepultura de Cristo, grano de trigo que, caído en tierra, ha producido mucho fruto (cfr. Jn 12,24).

Sin embargo, en nuestros días, por el cambio en las condiciones del entorno y de la vida, está en vigor la praxis de quemar el cuerpo del difunto. Respecto a esta cuestión, la legislación eclesiástica dispone que: “A los que hayan elegido la cremación de su cadáver se les puede conceder el rito de las exequias cristianas, a no ser que su elección haya estado motivada por razones contrarias a la doctrina cristiana“.

Respecto a esta opción, se debe exhortar a los fieles a no conservar en su casa las cenizas de los familiares, sino a darles la sepultura acostumbrada, hasta que Dios haga resurgir de la tierra a aquellos que reposan allí y el mar restituya a sus muertos (cfr. Ap 20,13)”.

De acuerdo con estas enseñanzas de la Iglesia yo veo loable la práctica de “enterrar” piadosamente las cenizas de los fieles en estas criptas de los templos y que allí se ofrezcan periódicamente sufragios para su eterno descanso. Infinitamente mejor que tirar las cenizas de los difuntos en ríos, montes o en el mar como muchos hacen. Y tal vez se recuperaría el sentido de aquellos cementerios ubicados junto a la Iglesia. Unas criptas o espacios dignos para esta finalidad en los templos propiciarían la vivencia de la comunión de los santos y el sentido cristiano del cementerio. Por otra parte, la incineración simplemente aceleraría el proceso natural de destrucción del cuerpo que con el tiempo queda reducido a polvo y ceniza.