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(Este artículo fue escrito antes de la visita del Santo Padre a Barcelona)

Por Sandro Magister.

Benedicto XVI se llega hasta Barcelona, para consagrar la basílica que es una obra maestra. La propone como modelo para los modernos constructores de iglesias. Una guía para la visita del fascinante edificio.

ROMA, 5 de noviembre de 2010 – Mañana sábado, Benedicto XVI visitará la catedral de Santiago de Compostela, que desde hace siglos se cuenta entre las más importantes metas de peregrinación del cristianismo.

Pero sobre todo el domingo 7 de noviembre en Barcelona, el Papa consagrará – celebrando allí por primera vez la Misa – la basílica de la Sagrada Familia, la fascinante obra maestra del arte cristiano, ideada por el genial arquitecto Antoni Gaudí, de quien está en proceso la causa de beatificación.

Es imposible no leer un mensaje en este gesto del Papa. La Sagrada Familia es una lección de excepcional vigor para el arte sacro de hoy en día: lo exactamente opuesto a tantas modernas derivaciones hacia geometrías desnudas y vacías en las que el misterio cristiano se pierde, en lugar de hacerse contemplar y vivir.

Iniciada hace más de un siglo y continuada entre altibajos luego de la muerte de su creador en 1926, la construcción de esta basílica está todavía lejos de ser completada. Pero ya cada año acuden a ver la obra en construcción dos millones y medio de visitantes. Del maestro a los discípulos, esta iglesia crece con un conjunto variado de aportes y de estilos que recuerda el de las catedrales medievales.

La Sagrada Familia es un grandioso libro abierto. Un teatro entre la tierra y el cielo en el que todas las artes se dan cita para poner en escena la historia sagrada del mundo y arrastrar a todos en la aventura.

Gaudí y los arquitectos y artistas que han continuado el proyecto – desde Lluís Bonet i Garí a Joan Vila-Grau, desde Josep Maria Subirachs a Etsuro Sotoo – han creado una obra tan rica de símbolos que exige tiempo, aptitud y pasión inclusive simplemente para leerla.

Un arte adicional que esta basílica ha generado es precisamente el arte de su interpretación. En este arte sobresale un jesuita ítalo-español, Jean-Paul Hernández, autor del más bello libro publicado hasta ahora sobre los símbolos y el espíritu de la Sagrada Familia, editada en el año 2007 con el titulo “Antoni Gaudí. La parola nella pietra”.

De este libro se reproducen a continuación algunas sugerencias. Pequeños fragmentos de una historia inmensamente más vasta, entre lo divino y lo humano, destinada a permanecer siempre abierta como el patio que los visitantes descubren en Barcelona.

LAS TORRES
Las torres del campanario son lo que impresiona más e inmediatamente a quien se acerca por primera vez a la Sagrada Familia. Hoy el visitante ve ocho, cuatro para cada una de las fachadas laterales. Pero en total debían ser dieciocho: otras cuatro sobre la fachada principal; otras cinco sobre el crucero central, con la más alta dedicada a Cristo y las otras a los evangelistas, y por último una sobre el ábside, dedicada a la Virgen.

La forma cónica de las torres recuerda la arquitectura nor-africana que apasionaba a Gaudí. Erigidas entre la tierra y el cielo, suscitan una sensación de atracción pero también de descenso de lo alto. Son la Jerusalén celestial que desciende del cielo.

Las doce torres sobre las tres fachadas están dedicadas a cada uno de los doce apóstoles. Los doce unen la tierra y el cielo, porque al anunciar el Evangelio llaman a entrar en la nueva Jerusalén. En la parte superior, las doce torres culminan con los emblemas de los obispos: la mitra, el báculo, el anillo. Los apóstoles hablan y actúan a través de sus sucesores.

En cada torre está esculpida la palabra “Sanctus” y, casi en la cima, “Hosanna in excelsis”. Son las palabras del canto que introduce la gran oración eucarística, la liturgia de la Iglesia terrenal y celestial que se celebra en cada Misa.

Para las torres centrales, todas ellas todavía sin construir, la llamada es al Cristo Pantokrator, el que domina los mosaicos absidales de tantas iglesias antiguas. Al igual que en la visión del Apocalipsis, al Pantokrator le hacen una corona “los cuatro vivientes”, los evangelistas, los testigos de la revelación divina, de la apertura de los cielos. Pero aquí el signo de Cristo no es el trono, es la Cruz, la gran cruz con el cordero al centro que dominará la torre central y más alta, la cruz gloriosa y real del Evangelio de san Juan.

LAS FACHADAS
Gaudí habría querido orientar la iglesia hacia el sol que surge, pero no le fue posible: la Sagrada Familia está erigida sobre el eje norte-sur. Pero en compensación él concibió las dos fachadas laterales, en las dos puntas del transepto: la oriental dedicada a la Natividad del Señor y la occidental dedicada a la Pasión. Si Cristo es el “sol de justicia” y “el día que el Señor ha hecho” (Salmo 118, 24), entonces entrar en la basílica y participar en la liturgia es vivir “en” este día.

En las basílicas paleocristianas es frecuente encontrar representadas, a los dos lados del arco que introduce al espacio del altar, las ciudades de Belén y de Jerusalén. Así sucede, por ejemplo, en Roma, en la basílica de Santa María la Mayor. Ellas son las ciudades de los dos “pasajes”, de las dos “pasiones” de la vida de Cristo. Porque también su nacimiento, en Belén, es en el signo de la pasión: es lo eterno que se hace mortal y se hace poner en el pesebre para ser “comido”.

De este modo Gaudí, con las dos fachadas sobre la Natividad y la Pasión, interpreta también a la Iglesia como “pasaje”. Mientras el sol que es Cristo pasa a través de la Sagrada Familia desde oriente a occidente, desde el nacimiento a la muerte redentora, la ciudad de los hombres – a partir de Barcelona, situada preferentemente al oeste de la basílica – está llamada a recorrer el camino inverso: desde la muerte al nuevo nacimiento.

EL PORTAL DE LA PASIÓN
En efecto, así como alegre, exuberante y luminoso es el portal de la Natividad, así quiso Gaudí que el portal de la Pasión fuese “duro, pelado, como hecho de huesos”.

Realizada y esculpida luego de su muerte basándose en su diseño, pero también con audaces innovaciones, la fachada de la Pasión materializa la visión en la que Ezequiel descubre un terreno campo lleno de huesos y que el soplo del Espíritu hace recubrir con tendones y con carne. El profeta le anuncia al pueblo exiliado: “os resucitaré de vuestros sepulcros. Haré entrar en vosotros mi Espíritu y reviviréis”. Toda la Pasión concluye efectivamente en el momento en el que Jesús en la cruz exhala el Espíritu.

Al centro de la fachada, en alto, sobresale el grupo de la crucifixión. Cristo está desnudo como lo estaba Adán, porque es el nuevo Adán que en la cruz recrea al hombre como era antes del pecado, al sexto día de la creación antigua y nueva, cuando puede finalmente decir: “Todo se ha cumplido”.

Cristo no apoya su cuerpo en la cruz. Ésta no se yergue en vertical detrás de él. Sale del muro en horizontal y está constituida por dos vigas de hierro. Cristo cuelga de ella como si fuera la grúa de una obra en construcción. Subirachs, el autor de las esculturas, se inspiró en san Ignacio de Antioquía: “Ustedes son piedras del templo preparadas para la construcción del edificio de Dios Padre, elevadas con la grúa de Jesucristo que es la cruz, usando como correa al Espíritu Santo” (Carta a los Efesios 9, 1).

LAS COLUMNAS
La Sagrada Familia está completamente circundada por un claustro, por primera vez en la historia de la arquitectura. Gaudí pensó el claustro como un jardín, el lugar donde Dios y el hombre pueden encontrarse cara a cara, ese jardín que en la Biblia es imagen del paraíso, de la tierra prometida y por último de las nupcias entre Cristo y la Iglesia.

Por eso Gaudí organizó el conjunto de la basílica como un bosque de árboles. Por eso está allí el jardín de la nueva creación, con la eucaristía que hace de banquete nupcial. Cada columna está en forma de árbol con sus ramas y su follaje. Sobre la nave de la Iglesia, pináculos de colores representan los frutos de la promesa, alternativos a la uva y al grano, símbolos de la eucaristía.

El desierto está afuera de este jardín, es la ciudad de los hombres todavía signada por el pecado. Para Gaudí, también Barcelona era un desierto. Con el transcurso de los años, se hizo “monje en la ciudad”, con una vida de una simplicidad apaciguante, en una casita cerca del lugar. Pero cada día la Sagrada Familia crecía con nuevas piedras y él, el constructor, gritaba a su ciudad que la nueva creación ya ha comenzado, que el desierto comienza a florecer.

Es éste el jardín en el que Benedicto XVI, Papa con nombre de monje, celebrará el domingo próximo, el 7 de noviembre, la boda entre Cristo y la Esposa.