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Por: José Ignacio Alemany Grau, Obispo

De cuando en cuando, saltan a la prensa algunos escándalos que han hecho los sacerdotes. La prensa, con ese poder (que cuando se emplea mal es diabólico) pretende envenenar el ambiente eclesial y hace todo lo posible por destruir la persona implicada. Consciente o inconscientemente todos saben que si se destruye al pastor se dispersan las ovejas. Está bastante claro que eso es lo que pretenden, a nivel mundial, los grandes poderes… y posiblemente la prensa sea el primero de todos. Sin embargo la profesionalidad exige respetar las personas e informar objetivamente sin crear escándalos que no existen.

Es conocido que si un sacerdote hace una obra extraordinaria la noticia se presentará como “el cura tal ha hecho esto…”. Pero si comete un error, fácilmente se dirá en plural: “así son los curas”. Ante todo hay que reconocer que si se trata de un verdadero pecado, pues es un pecado. Es cosa grave y ofensa a Dios. En ese caso es preciso arrepentirse, confesarse y recuperar la gracia, si es que uno libremente así lo desea, porque Dios ama la libertad y no nos “impone” el amarlo: pero eso sí, ha dado pruebas suficientes para pedírnoslo.

Para el pueblo de Dios, el hecho de que sea un sacerdote quien tiene esa debilidad evidentemente que lo cuestiona más que si lo hace un laico. En parte tiene razón porque el sacerdote debe ser, como Jesús, luz del mundo. Sin olvidar que a todos sus seguidores Jesús les pidió que fueran también luz. Respetando en cada caso lo que pueda hacer un Obispo, que conoce el problema de cerca y también a su gente, tengamos en cuenta:

* Primero, que el laico es hombre y el sacerdote también.

* Segundo, que si el pecado lo comete un laico bautizado, es un “fiel” de la Iglesia de Jesús y el sacerdote también es un fiel de la Iglesia.

* Tercero, que si el laico está casado por la Iglesia, ha sido consagrado a Dios en su matrimonio y el sacerdote también se comprometió con Dios en celibato (al menos los de rito latino).

* Cuarto, si adultera el laico, comete un grave pecado y el sacerdote también. El primero por ser infiel a su esposa a la que se unió en Cristo para siempre y el segundo porque se consagró a Cristo definitivamente.

Por otra parte es necesario que todos vayamos tomando conciencia de que la Iglesia somos todos los bautizados y que, a través del Cuerpo místico, nos perjudica el pecado, venga de donde venga, ya que por la “comunión de los santos” participamos de los bienes espirituales y también nos daña el pecado de otros, de alguna manera.

Es preciso tener en cuenta que la función de la Iglesia en este mundo es la misericordia y el perdón. Jesucristo la puso en la tierra para que repartiera a todos los hombres los méritos de su pasión y muerte, así como los méritos de su resurrección. Perdonar es el papel especial de los sacerdotes que actúan “en la persona de Cristo”.

No se puede, sin embargo, pensar que para el laico siempre hay perdón y para el sacerdote nunca. Tampoco se puede pensar que el Obispo está puesto para castigar a los sacerdotes porque es “como su jefe” y a los laicos no.

Habría que hacer unas preguntas interesantes: Cuando una persona se bautiza, ¿quién representa para ella a Jesucristo en este mundo? ¿No hay una sola Iglesia, un solo Redentor y solamente unos ministros configurados con Cristo sacerdote? ¿No son el Papa y los Obispos los principales responsables de toda la Iglesia? Si el Obispo tuviera como deber castigar al sacerdote, ¿por qué no debería castigar al laico que, abandonando a su mujer, se va con otra, e incluso si comete un solo pecado de adulterio?

Esta temporada he pensado bastante en el Evangelio de la mujer adúltera. Los fariseos han conseguido, al parecer, un trofeo y vienen felices para ver cómo enfrenta Jesús la situación. Con actitudes despectivas tiran a la mujer en el centro y le dicen al Señor: – Esta mujer ha estado adulterando. Según la ley de Moisés hay que apedrearla, ¿qué dices tú? Si la pregunta es capciosa, la inteligencia de Jesús supera la de todos ellos.

El Señor mira a cada uno de los fariseos y simplemente les dice: – El que de ustedes esté sin pecado que tire la primera piedra. El Evangelio dice expresamente que desaparecieron todos, comenzando por los más viejos, que debían tener más carga.

Si a todos esos malos periodistas y malos cristianos, se les dijera lo mismo: el que de ustedes no haya adulterado… que tire la primera piedra, ¿se atreverían a hacerlo? ¿Escribirían así? ¿Harían tan duros comentarios? La dignidad del periodista exige que si es cristiano, como cristiano, y si es periodista por serlo, respete a la persona aunque deba hacer públicos hechos difíciles.

Para mí está claro que si la Iglesia no sirve para perdonar y no perdona, no tiene razón de ser en este mundo. Todo corazón cristiano debe amar y tener capacidad de perdonar. Jamás destruir a una persona. Lo que hay que hacer es respetar a las personas siempre, aunque hayan tenido alguna debilidad, y facilitar el camino del regreso si salieron del redil. Ya es hora de que entendamos cuál es la maravilla de la revelación de un Dios que se ha definido como “Dios clemente y misericordioso”.