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Benedicto XVI sacude a los obispos italianos: «Aprendan de san Francisco» y dicta los criterios para una «verdadera» reforma litúrgica.

“Todo verdadero reformador es un obediente de la fe: no se mueve de manera arbitraria, ni se arroga ningún juicio personal sobre el rito; no es el amo, sino el custodio del tesoro instituido por el Señor y confiado a nosotros. La Iglesia entera está presente en cada liturgia: adherirse a su forma es condición de autenticidad de lo que se celebra”.

Así lo ha señalado el Papa Benedicto XVI a los obispos italianos reunidos en la ciudad de Asís en la víspera de la asamblea general del 8 al 11 de noviembre, una asamblea que tiene como tema medular el examen de la nueva traducción del misal romano.
Como señala el vaticanista Sandro Magister, el Papa “no se ha limitado a los saludos y a los buenos augurios. Ha entrado directamente en el tema. Ha dictado él mismo los criterios para una ‘verdadera’ reforma litúrgica”.
El Papa ha puesto de ejemplo de genuina reforma litúrgica el Concilio Lateranense IV de 1215, que puso en mano de los sacerdotes el “Breviario” con la Liturgia de las Horas y reforzó la fe de la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas.
“Eran los tiempos de san Francisco de Asís. Y Benedicto XVI dedicó buena parte de su mensaje a ilustrar a los obispos italianos el espíritu con el que el gran santo obedeció aquella reforma litúrgica, e hizo obedecer a sus frailes”, señala el experto en asuntos vaticanos.
Se sabe que san Francisco es uno de los santos más populares y universalmente admirados. Es un modelo también para aquellos católicos que quieren una Iglesia más espiritual y “profética” que institucional y ritual. En el campo litúrgico, estos católicos propugnan una mayor creatividad y libertad.
Pero, continúa el vaticanista, Benedicto XVI ha mostrado en el mensaje “que la orientación del verdadero san Francisco era totalmente distinta. Él estaba profundamente convencido de que el culto cristiano deba corresponder a la ‘regla de la fe’ recibida, y de este modo dar forma a la Iglesia. Primero que todos, los sacerdotes deben fundar su propia santidad de vida en las “cosas santas” de la liturgia”.