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CIUDAD DEL VATICANO, lunes 15 de noviembre de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió hoy a los obispos de la Región Centro Oeste de Brasil, que se encuentran en estos momentos en visita ad Limina Apostolorum en Roma.

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Queridos hermanos obispos,

Estoy feliz de daros la bienvenida con ocasión de vuestra visita ad Limina. Venís a la ciudad en la que Pedro, al final, cumplió su misión de evangelización y dio testimonio de Cristo hasta la efusión de su propia sangre; habéis venido para ver y saludar al Sucesor de Pedro. De este modo fortalecéis los fundamentos apostólicos de la Iglesia en vuestro país y expresáis visiblemente vuestra comunión con todos los demás miembros del Colegio episcopal y con el propio Pontífice romano (cf. Pastores gregis, 8). De este contenido son las amables palabras que el señor arzobispo de Brasilia, monseñor João Braz, me dirigió en vuestro nombre y que agradezco, al tiempo que os aseguro mi cordial afecto y mis oraciones por vosotros y por todas las personas confiadas a vuestros cuidados pastorales.

Con la visita de la Región Centro Oeste, se cierra este ciclo de encuentros de los prelados brasileños con el Papa que se inició hace más de un año. Por una feliz coincidencia, en la fecha en que dirigí el discurso al primer grupo de obispos era vuestra Fiesta Nacional de la Independencia, mientras que el último discurso que hoy pronuncio tiene lugar justamente en el día en que se recuerda la proclamación de la República de Brasil. Aprovecho el hecho para subrayar una vez más la importancia de la acción evangelizadora de la Iglesia en la construcción de la identidad brasileña. Como bien sabéis, la actual sociedad secularizada exige de los cristianos un renovado testimonio de vida para que el anuncio del Evangelio sea acogido como aquello que es: la Buena Noticia de la acción salvífica de Dios que viene al encuentro del hombre.

En este sentido, desde hace casi 60 años, la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil es un punto referencia de la sociedad brasileña, proponiéndose cada vez más y por encima de todo como un lugar donde se vive la caridad. En efecto, el primer testimonio que se espera de los anunciadores de la Palabra de Dios es el de la caridad recíproca: “En esto todos reconocerán que sois mis discípulos: en el amor que os tengáis los unos a los otros” (Jn 13, 32). La vuestra, como también las demás Conferencias Episcopales, nació como concreta aplicación del afecto colegial de los obispos en comunión jerárquica con el Sucesor de Pedro, para ser un instrumento de comunión afectiva y efectiva entre todos los miembros, y de eficaz colaboración con el Pastor de cada Iglesia particular en la triple función de enseñar, santificar y gobernar las ovejas del proprio rebaño.

Ahora, la Conferencia Episcopal se presenta como una de las formas, encontradas bajo la guía del Espíritu Santo, que permite ejercer conjunta y armoniosamente algunas funciones pastorales para el bien de los fieles y de todos los ciudadanos de un determinado territorio (cf Código de Derecho Canónico, can. 447). De hecho, una cooperación cada vez más estrecha y concorde con los hermanos en el ministerio ayuda a los obispos a cumplir mejor su tarea (cf. Christus Dominus, 37), sin abdicar de la responsabilidad primera de apacentar como pastor proprio, ordinario e inmediato su Iglesia particular (cf. Motu proprio Apostolos suos, 10), haciéndola oír la voz de Jesucristo, que “es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13, 8).

Siendo así, la Conferencia Episcopal promueve la unión de esfuerzos y de intenciones de los obispos, convirtiéndose en un instrumento para que puedan compartir sus fatigas; debe, por tanto, evitar ponerse como una realidad paralela o sustituta del ministerio de cada uno de los obispos, es decir, sin cambiar su relación con la respectiva Iglesia particular y con el Colegio Episcopal, ni tampoco constituyéndose en intermediario entre el obispo y la sede de Pedro.

Mientras tanto, en el fiel ejercicio de la función doctrinal que os corresponde, cuando os reunís en vuestras Asambleas, queridos obispos, debéis sobre todo estudiar los medios más eficaces para hacer llegar oportunamente el magisterio universal al pueblo que os fue confiado. Esta función doctrinal será desempeñada en los términos indicados por mi venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II, en el Motu Proprio Apostolos suos, también al abordar las nuevas cuestiones emergentes, para después poder orientar la conciencia de los hombres para encontrar la recta solución a los nuevos problemas suscitados por las transformaciones sociales y culturales.

De modo especial, algunos temas recomiendan hoy una acción conjunta de los obispos: la promoción y la tutela de la fe y de la moral, la traducción de los libros litúrgicos, la promoción y formación de las vocaciones de especial consagración, la elaboración de subsidios para la catequesis, el compromiso ecuménico, las relaciones con las autoridades civiles, la defensa de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, la santidad de la familia y del matrimonio entre hombre y mujer, el derecho de los padres a educar a sus hijos, la libertad religiosa, los demás derechos humanos, la paz y la justicia social.

Al mismo tiempo, es necesario recordar que los asesores y las estructuras de la Conferencia Episcopal existen para el servicio a los obispos, no para sustituirles. Se trata, en definitiva, de buscar que la Conferencia Episcopal, con sus organismos, funcione cada vez más como órgano propulsor de la solicitud pastoral de los obispos, cuya preocupación primaria debe ser la salvación de las almas, que es, además, la misión fundamental de la Iglesia.

Queridos hermanos, al final de nuestro encuentro, me gustaría invitaros a mirar el futuro con los ojos de Cristo, poniendo en Él vuestra esperanza, pues “la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5).

Reiterando mi profundo afecto por el pueblo brasileño, confío a Brasil a la intercesión materna de la Virgen María, Nuestra Señora Aparecida, modelo de todos los discípulos: que Ella os conduzca por los caminos de su Hijo. Y, recordando a cada uno de los prelados brasileños que, durante estos últimos catorce meses, pasaron por aquí en visita ad Limina y también a aquellos que no pudieron venir por problemas de salud, de todo corazón os concedo, así como a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas, a los catequistas y a todos vuestros diocesanos, la Bendición Apostólica.