>

Ofrecemos nuestra traducción de un artículo, publicado en la edición italiana de Zenit, del profesor Aurelio Porfiri, docente de música litúrgica y dirección de coro, coordinador del programa musical en la Universidad de San José de Macao (China), y compositor de cantos litúrgicos en latín, italiano e inglés. En este artículo, el autor explica cuáles son, en su opinión, los tres grandes errores en la relación entre la música litúrgica y las diversas culturas.

***

Examinando desde hace años la cuestión, yo creo que se tiende a caer en tres errores u obstáculos cuando se habla de cómo la música se debe inculturar en el mundo de hoy. Son errores probablemente hechos de buena fe y estoy obviamente abierto a la discusión. Pero después de años de observación y lecturas me parece precisamente que, al menos en estos tres puntos, sería necesario reflexionar más atentamente.

Un primer error común es: inculturación significa recomenzar desde cero, significa destruir la cultura litúrgica (y musical) de proveniencia. Ahora bien, no podemos callar, sin ser injustos, que el cristianismo se ha desarrollado en determinados contextos culturales que han aportado también muchas cosas buenas y aún en parte válidas para la función del mensaje mismo, también en la liturgia y en la música. ¿Por qué destruir todo? En efecto, algunos ejemplos verdaderamente buenos de inculturación de la música litúrgica son precisamente la prueba de que la destrucción no sirve de nada; lo que sirve es la nueva creación generada por aquello que viene de antes y que se convierte en parte, me animaría a decir genética, de esta nueva creación. Este pasado no es un estorbo, es una oportunidad.

Canto gregoriano y polifonía han sido por siglos el repertorio litúrgico de la Iglesia católica. Podemos intentar ir más allá pero no por esto es necesario despreciarlos o considerarlos como enemigos de la “nueva música litúrgica”. Deberían ser los padres a los cuales respetar y amar, no tiene sentido avergonzarse de ellos. Por parte de algunos hay una furia, casi revolucionaria me atrevería a decir, que busca comenzar siempre todo desde cero, lo que me parece, al menos, imprudente. Lo que se necesita no es una revolución sino una evolución.

Siempre buscar hacerlo mejor pero con la conciencia de poder ver más lejos porque nos queremos sentar sobre las espaldas de los gigantes que nos han precedido. Recordemos que la instrucción de 1994 sobre la inculturación en la Liturgia Romana se llamaba Varietates Legitimae, legítimas diferencias, variaciones, no destrucciones.

Un segundo error común es de tipo más cultural: se identifica como cultura de ciertas naciones un determinado repertorio que, en realidad, es más la cultura creada por los mass media. Cuántas veces he oído cantar a los jóvenes las habituales canciones resonantes, modelos musicales provenientes de la música de consumo (que no tiene nada de malo en sí misma, es el contexto el que está equivocado). Ahora bien, como ya advertía el Cardenal Ratzinger en su libro Introducción al espíritu de la liturgia, no se puede decir propiamente que esta música sea música popular (en el sentido expresado por la Sacrosanctum Concilium en el punto 119, expresión del genio de un pueblo), dado que es claramente el producto de algunas determinadas estrategias de mercado.

Tampoco se puede negar que la gran música del pasado no era popular en sentido estricto, siendo el fruto de estrategias eclesiásticas y políticas. Pero creo que la diferencia relevante es que la música litúrgica del pasado nunca ha pretendido ser “popular” sino que, sin duda, era para el pueblo. Nacía como gran arte para estar luego a disposición de todos. Es necesario hacer también una observación que proviene de la historia: sabemos cómo la causa del movimiento ceciliano para la reforma de la música litúrgica, que influenciará también el famoso Motu Proprio de San Pío X, será el tipo de música que se escuchaba en las iglesias del siglo XIX, fuertemente influenciada por la música operística.

Pero, y esto a menudo no se dice, aquello era realmente un ejemplo logrado de inculturación. La música operística en el siglo XIX era la música de todos, pobres y ricos, impregnaba el tejido social y cultural. Por lo tanto, tomando la manera en que algunos entienden hoy la inculturación, debería ser aceptada con todos los honores. Pero, aunque era a veces de producción técnica apreciada y amada por amplios estratos del pueblo y del clero, no fue luego aceptada porque no se conformaba a algunos cánones que la música litúrgica debería poseer y sobre los que se podrá volver luego.

Por lo tanto, este repertorio fue sustituido poco a poco por otro que se consideraba más conforme a la acción litúrgica. Siempre en Varietates Legitimae, en el punto 19, se dice que las culturas deben ser purificadas y santificadas en el momento de encuentro con la liturgia. No se toma todo lo que hay. San Pablo hablaba de examinar todo y quedarse con lo que es bueno, no arrojarse en los brazos de las mutabilidades humanas.

Un tercer error común, consecuente al segundo, es que se hace entender que todo debe partir siempre de una supuesta base. Pero no es así en el mundo real. Si se piensa en la revolución informática, nos damos cuenta de que hay siempre una elite que, en cierto sentido, orienta e inspira la base. Esta elite comprende los genes que han revolucionado el modo en que nos comunicamos. Ellos orientan la revolución informática incluso esperándose posibles fallos y fracasos.

Pero su creatividad y experiencia permite el avance enorme que estamos viviendo. Lo mismo sucede con la música litúrgica: la “elite”, formado por los profesionales, trabajaba por el bien de todos, al servicio de todos. En cambio, se pensó que era necesario eliminar este elemento intermedio, que una sana inculturación significaba des-profesionalizar al músico de iglesia. Todo debía ser fruto de la espontaneidad.

Pero recordemos que esta elite, como las informáticas, eran extremadamente democráticas. Cualquiera podía formar parte de ella, también desde los estratos más humildes del pueblo, si poseía la voluntad de aplicarse en el estudio y en la práctica musical. También hoy, cuando se habla de inculturación en el campo de la liturgia y de la música, se tiende a pensar que música del pueblo significa música que el pueblo escucha. Pero los dos conceptos pueden ser muy diversos. Mis estudiantes chinos están muy familiarizados con el pop y el rap americano pero lo están muy poco con su cultura musical de origen. ¿Qué es lo que se inculturará?

Yo creo firmemente que los tres puntos anteriormente expuestos han sido una burda distorsión de las instancias del movimiento litúrgico. La inculturación se entendía como momento naciente, no como apocalipsis de aquello de lo que proveníamos. La inculturación era impregnarse nuevamente de la tradición para nuevas primaveras de fe, no salir a la gélida noche de lo desconocido a cualquier precio. Aquello que los padres nos han dejado no debería ser vivido como un peso sino como una oportunidad. El pasado es como el grano de trigo que momentáneamente desaparece para reaparecer en nuevas creaciones, modificado pero permaneciendo siempre el mismo.