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De: Ricardo Narvaez Tossi

En una de las cosas donde parece que todos estaríamos de acuerdo es en que no debemos juzgar a los demás por su dinero, sino que hay que valorar a las personas por encima de sus riquezas. Pero esta idea, tan compartida, sigue siendo un ideal, porque en la realidad el termómetro económico ha sido y es una forma de valoración definitiva en la sociedad.

Un elemento novedoso desde el liberalismo económico es la relación directa que se hace entre el dinero y la moral. En tiempos de meritocracia, asumimos que los éxitos económicos son “merecidos”, como nos lo explica Alain de Botton en su libro Ansiedad por el Estatus,

Como vivimos en tiempos de muy alta competencia y en supuesta igualdad de oportunidades, acumular riqueza supone tener grandes virtudes personales, tener valor, energía y creatividad, y por lo tanto, el dinero cobra un valor moral. Su presencia indica las virtudes de su propietario, su heroicidad para haberlo conseguido, y por lo tanto la corona del triunfo está en la absoluta libertad para dilapidarlo. Se asume una directa relación entre riqueza y libertad, pues esta última consistiría en un cada vez mas amplio abanico de posibilidades de caprichos y acciones amorales, donde no cabe ninguna opinión o censura al estilo de vida de la persona que lo disfruta. Entonces el dinero ya no otorga sólo placer, sino sobretodo honor y valor en su propietario.

Esta tendencia en los criterios mundanos tiene en el otro lado de la balanza al pobre, ya que pensar que se puede ser virtuoso pero pobre supone una idea casi insostenible. Si se es pobre sería como producto de deficiencias morales, de ser timorato, perezoso, acomplejado. En un hermoso pensamiento, León Bloy decía que la miseria es la falta de lo indispensable, pero la pobreza es la falta de lo superfluo. Esto implica una valoración de la pobreza como desapego de las cosas mundanas que no es concebible en nuestros tiempos tan consumistas y liberales y tan poco cristianos. Ser pobre y ser feliz suena a cuento de hadas, pues los valores mundanos y la propaganda nos configura modelos de felicidad casi irrechazables, donde nos muestran imágenes de nosotros mismos pasándola bien de un modo tan perfectamente creíble que no admite duda alguna.

El gran monje Thomas Merton nos dice que “pasarlo bien así puede ser tan convincente que uno ya no se dé cuenta siquiera de una posibilidad remota de que pudiera cambiarse en algo menos satisfactorio”. Pero como toda supuesta satisfacción admite dudas, se nos van presentando una y otra “posibilidad de ser feliz” cada vez mas creíbles y cada vez mas caras, posibilidades que una y otra vez nos van fallando.

Al final, sólo queda la desesperación. La pobreza (y no la injusta miseria) ya no es el sufrimiento físico de algo indispensable, sino la vergüenza social de ser considerados por los otros como un fracasado, un indecente. Cabe entonces la pregunta que se hace Alain de Botton: ¿por qué hay que interpretar que la riqueza y la pobreza constituyen el punto de referencia principal de la moral del individuo?”

¡Qué lejos están estos criterios del mundo de los criterios de Cristo!. Estar en el mundo sin ser del mundo; bienaventurados los pobres; no se puede amar a Dios y al dinero; ver en el pobre el rostro de Jesús; buscar lo humilde porque el último será el primero, etc., nos evidencian como la lógica cristiana nos enseña a mirar lo cotidiano desde una perspectiva absolutamente diferente, desde la Revelación de la Verdad.