>Por: Ricardo Narvaez Tossi

Es cada vez más común escuchar que una persona o alguna acción está “rompiendo esquemas”. Supuestamente se rompen esquemas en el arte, en la literatura. En gastronomía no sólo hay que inventar nuevos platos, sino que lo importante es no “seguir parámetros”. Una idea fundamental es ser innovador en la moda, en el marketing o en la arquitectura. Esto va mas allá de lo que hace algunos años se consideraba “vanguardista”. Es decir, ya no sólo hay que ser novedoso, sino además hay que ir contra la corriente para que algo sea válido.

Detrás de esta búsqueda de novedades, se percibe un altísimo grado de subjetivismo. Ya no es sólo la novedad por la novedad, un afán de conocimientos o invenciones, sino una búsqueda de afirmarse y hacerse notar por mínimas diferencias. Hay como una desesperada competencia en diferenciarse de lo anterior, más aún, no de perfeccionar lo ya hecho, sino de empezar de cero a partir de una intuición sin antecedentes. Es como caminar de espalda, buscando distanciarse de lo precedente, sin saber o importar a donde se va yendo. Esto trae que una lejanía cada vez mayor de la verdad y de la realidad, con un inmenso desgaste de este dinamismo descontructivista.

Lo penoso es que cuando esto se lleva a amplios grupos de la población (sobre todo jóvenes), se manipula para aumentar groseramente el consumo aquellos productos y servicios que se ofrecen con la etiqueta de novedosa exclusividad.

Si miramos las últimas décadas, desde los hippies hasta la actualidad, vemos casi la misma tendencia. Se trata de hacer añicos, de demoler “rompiendo esquemas”, partiendo de la “absoluta” certeza de la invalidez de toda tradición o antecedente. Pero como no hay orientaciones de adonde hay que ir, solamente hay que distanciarse de lo anterior en caminos sin rumbo,

Llevado al terreno personal, en una cultura tan alienante como la actual, donde se ha difuminado la individualidad, el deseo de ser amado y valorado se refleja en una casi desesperada búsqueda de llamar la atención por la mínima diferenciación de los otros. Esta supuesta ruptura se refleja en modas, en la apariencia exterior, en nuevas “tendencias” sexuales, en conductas o lenguajes que cuando no caen en el ridículo, muestran una patética falta de originalidad.

Esta vorágine de superficialidad muestra el deseo último de comunión y de amor, canalizado en la búsqueda de un vacío que no responde en absoluto a la nostalgia de infinito que cada persona lleva dentro. Construir sobre roca firme, caminar por rumbos seguros, vivir en la alegría de la libertad que da saber que se anda en la verdad, es un anhelo profundo del corazón humano, que sólo puede saciarse en la Verdad de Jesucristo, custodiada por la Iglesia.

Pero incluso también en la fe se puede encontrar estos afanes de novedad: liturgias enrevesadas; afanes sentimentaloides, extraños mesianismos; mezclas de elementos cristianos con espiritualidades orientales; redefiniciones constantes de cómo debe ser la relación con Dios, etc., que al final llevan perderse en claros subjetivismos.

Como decía hace muchos años el Cardenal Louis Pie, “Ya se ha ensayado todo ¿No será hora de ensayar la Verdad?”