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En el sur andino del Perú, a casi cuatro mil metros de altitud en Ayaviri, se celebró multitudinariamente este sábado 27 de noviembre la “Jornada por la vida Naciente”, en respuesta a la convocatoria del Papa Benedicto XVI.

Alrededor de dos mil personas, encabezadas por el Obispo Prelado de Ayaviri, Mons. Kay Martín Schmalhausen Panizo, se manifestaron por el respeto y el cuidado de toda vida, desde la concepción en el vientre de la madre.

En la marcha participaron instituciones educativas, carros alegóricos, comedores populares, grupos parroquiales y eclesiales, la Beneficencia Pública y la ONPE-Ayaviri.

El punto de partida fue la puerta del Hospital “San Juan de Dios”, llegando hasta la Catedral de Ayaviri, donde Mons. Schmalhausen dirigió la hora litúrgica de las vísperas del Primer Domingo de Adviento.

En su homilía, el Obispo Prelado recordó que “decirle sí a la vida es un compromiso de todo hombre a favor del mismo hombre”.

“Aceptar, respetar y acoger la vida humana intangible y sagrada” debe ser una responsabilidad que deben asumir también los jóvenes, “de cara al futuro de nuestro país”, afirmó.

La indiferencia ante el aborto no es una opción” señaló Mons. Schmalhausen, al concluir su homilía.

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Homilía Vigilia por la Vida Naciente


Queridos hermanos,

Hemos querido unirnos en esta tarde con sincero afecto al Papa Benedicto XVI para celebrar en comunión con todas las Iglesias del orbe esta Vigilia por la Vida Naciente a la que nos ha convocado el Sucesor de Pedro. En estas primeras vísperas del primer domingo de Adviento, nos preparamos con gozo a que Jesús venga a nosotros. Queremos que Él, Vida de todo hombre, nazca en nuestros corazones. En Él comprendemos que toda vida humana tiene un valor infinito.

Por eso queremos decir un “Si” valiente y lleno de gratitud por la vida de todo ser humano, en especial por aquellos concebidos por nacer. En presencia de Jesús Eucaristía – Él expuesto en el Santísimo Sacramento del Altar – venimos por eso a dar gracias a Dios Amor por la vida humana y de todo ser humano. “Cuánto tenemos que agradecerte Señor, por habernos llamado a la existencia, por habernos hecho a cada uno quienes somos, por nuestros padres que supieron acogernos y nos dieron una familia.

Sabemos que así como la vida de cada uno de nosotros tiene un valor infinito para Ti, así también la vida de todos los hombres, en especial la de los niños por nacer, que están aún en el vientre de sus madres, tienen un valor precioso a tu mirada amorosa para con cada uno de ellos”.

Queridos hermanos, para nadie de nosotros es desconocido que hoy en día la vida humana está amenazada ya desde el momento mismo de su concepción. Los hijos concebidos aún no nacidos, nuestros hermanos menores, son los más débiles entre los débiles, los que no tienen voz. Hoy queremos hacernos voz de cada uno de ellos y reafirmar nuestro compromiso de amar, custodiar y defender siempre la vida humana, en todas sus fases, desde la misma concepción hasta su término natural. A la vida humana le decimos “Sí” sin poner condiciones.

El concebido no es un producto desechable cuando padece de enfermedad o discapacidad. Toda persona posee por sí misma desde que es engendrada, una dignidad y unos derechos inalienables. ¿Quiénes somos los hombres para jugar en esta materia a dios? La Iglesia ha afirmado desde siempre que la vida humana es un don intangible. No nos pertenece para manipularla ni decidir sobre su inicio ni término. En efecto, salida de las manos de Dios, no nos pertenece. Quien no cree, quien no tiene fe religiosa, al menos ha de reconocer que no se ha dado la existencia ni así mismo ni a los demás.

Por tanto, ningún poder, ninguna autoridad humana, tiene derecho de decidir sobre ella ni determinar el momento a partir del cual el nuevo ser engendrado es ser humano. En efecto, no existe el derecho de decidir el hombre sobre la vida del hombre. Hoy, en esta celebración de fe y oración, queremos reafirmar una vez más y de modo público nuestra convicción como católicos, pero en primer término como personas humanas, que el Estado y sus instituciones, así como los legisladores y las autoridades civiles tienen un grave deber de proteger la vida humana, y de proporcionarle una marco jurídico y legal seguro, cuidando para que todo ser humano llamado a la existencia pueda encontrar en este mundo el lugar de su realización y felicidad y gozar de todos los bienes a los que tiene justo derecho en orden a una vida feliz.

Sí, la Iglesia siente el grave deber de proteger la vida humana desde su inicio. Sí, la Iglesia no teme en absoluto levantar su voz cuando quienes ejercen el gobierno o la autoridad pública – llamados a servir al bien común de sus pueblos – pretenden erigirse en dioses ávidos de controlar o manipular el futuro y destino de sus pueblos. Ningún argumento, sea de índole económico o de cálculos poblacionales, ni mucho menos las presiones o intromisiones de organismos internacionales en nuestros sistemas legislativos, justifican decisiones y acciones que atenten contra la vida humana. Y no existen tampoco razones por la que los peruanos debamos reeditar en nuestra patria los holocaustos silenciosos de millones de muertes por aborto que cargan sobre sus conciencias naciones del primer mundo (como Estados Unidos, Alemania o España) cuya modernidad en este sentido no es en absoluto envidiable.

Cuando la Iglesia levanta su voz contra las leyes que pretenden legitimar o liberalizar las prácticas de aborto, cuando Ella advierte de las graves consecuencias sociales ante los intentos de liberalizar el ejercicio de la sexualidad precoz en adolescente y jóvenes menores de edad, cuando lanza una severa llamada de atención a la sociedad porque ciertos programas de educación sexual contienen graves contrabandos ideológicos o se reparten preservativos a los jóvenes de nuestra patria, no sigue solo ni primariamente un criterio religioso, ni pretende mucho menos la defensa de ningún dogma.

Más bien, la Iglesia, experta en humanidad, no deja de ponerse del lado de las sociedades concretas para servir a la causa del hombre y cooperar en la búsqueda de la verdad. El actuar de millones de católicos colabora de hecho en la humanización de la sociedad y la Iglesia hace lo posible por preservar al hombre de destruirse a sí mismo cuando éste se enrumba por caminos equivocados. Ella sabe bien que las mismas normas morales son un patrimonio de la humanidad entera adquirido a muy alto costo, y que al actuar el hombre contra ellas actúa contra sí mismo con consecuencias devastadoras para sí y capaz de corroer desde dentro hasta destruirlo el tejido de la vida social.

Es mínimamente razonable, por tanto, ante el panorama de los cambios actuales plantearse preguntas orientadas a buscar soluciones que sean valederas y aporten constructivamente a nuestro futuro. Por eso nos preguntamos: ¿puede una sociedad que mata a sus hijos en el vientre de sus madres subsistir a largo plazo? ¿Es el crimen del aborto verdaderamente una solución a las causales a las que se pretende dar salida? ¿Somos conscientes del altísimo costo de generaciones de madres ultrajadas en su maternidad y conciencia por medio de este genocidio? ¿Queremos realmente una patria en que las leyes induzcan – por establecer costumbre – a la práctica del libertinaje sexual de nuestros adolescentes? ¿No es mucho mejor y humanizante formar la conciencia, que simplemente informar? ¿No hemos aprendido la lección de otras naciones que a fuerza de su despoblamiento forzado constatan hoy con temor la inviabilidad de su futuro?

Desde hace un tiempo para acá llama la atención la intolerancia de algunas personalidades y medios frente a la voz de la Iglesia. Se deja la impresión que quisieran a ultranza imponer a la sociedad civil sus propias ideas y callar a quienes no acuerdan con ellos. Incapaces de escuchar argumentos ni de aceptar debates razonables descalifican con etiquetajes, en vez de situarse en el marco dialogal de una sincera búsqueda del bien común, fin primario de toda sociedad humana.

Frente a ello hay que decir que los Estados, los gobiernos de turno o las instituciones sociales por muy laicas que sean tienen el deber de preservar en sí la capacidad de escuchar y dialogar razonablemente. De lo contario no solo hipotecarán la credibilidad de un sistema democrático, sino que incurren en el grave riesgo – por muy sutil que pueda aparecer este proceso – de convertirse poco a poco en agentes de un sistema totalitario que en nombre de la a-confesionalidad termina por imponer su propio credo laicista o sus agendas privadas.

Queridos jóvenes, me dirijo ahora a ustedes con unas últimas palabras. Decirle sí a la vida, es un compromiso de todo hombre a favor del mismo hombre. No hay posibilidad en esto de banderías ni partidos. Aceptar, respetar y acoger la vida humana, intangible y sagrada desde el momento mismo de la concepción, debe ser un compromiso también de todos ustedes y de cara al futuro de nuestro país. En esta materia la indiferencia no es una opción. Y hoy en día ustedes los jóvenes del Perú tienen la grave responsabilidad de levantar su voz en el caso de que las autoridades arbitrariamente conculquen contra el derecho fundamental a la vida humana.

A nuestra Madre, la Virgen de Altagracia le dirigimos nuestra súplica. Ella llevó en su vientre a Jesús, Vida del hombre. Ella, Madre de todos los hombres, conoce como nadie el valor de la vida humana. A Ella, defensora y abogada de la causa de la Vida, encomendamos el futuro de nuestra patria y del mundo entero. Amén.