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Llega a las pantallas el esperado estreno de la tercera entrega de las Crónicas de Narnia: La travesía del Viajero del Alba. En esta ocasión con más fidelidad al relato original y sin que el relato de aventuras desdibuje la profundidad del mensaje que C.S. Lewis quiso trasmitir en este relato fantástico para niños y para los que no lo son tanto.

La nueva entrega supone una giro en la concepción de la serie que vino motivado por el fracaso comercial de la segunda parte, Crónicas de Narnia: El príncipe Caspian, en aquel caso producida por Walt Disney. Ahora bajo la producción de Fox y Walden Media, el director Michael Apted –Gorilas en la niebla (1988), Nell (1994), Amazing Grace (2006)- realiza una adaptación fiel e inteligente a la vez que actual de este clásico de la literatura infantil. Lo interesante de esta tercera parte es que se mantiene en la misma línea de la primera: ofrecer un relato de aventuras atractivo a la vez que con interesantes claves de sentido.

Volvemos a la tierra de Narnia esta vez sirviendo como ventana de comunicación el cuadro de un barco cuya proa es dorada y tiene la forma de la cabeza de un dragón. Se trata de El Viajero del Alba y allá van a desembarcar dos de los hermanos Pevensie, Edmund y la ya no tan pequeña Lucy, esta vez acompañados por su primo, el repelente a la vez que malcriado Eustace. Tras reencontrarse con Caspian, rey de Narnia, y el valiente ratón Reepicheep conocen al capitán Lord Drinian, y se suman a la aventura del rescate de los siete lores expulsados por el usurpador de Narnia, Miraz, años atrás.

La peripecia les llevará a vencer a los vendedores de esclavos, luchar contra las tentaciones, enfrentarse a serpientes marinas, hacer visibles a los invisibles, sortear la oscuridad y llegar al mismísmo umbral del fin del mundo.

Nuevamente la película permite una doble lectura. Por una parte un amable relato de aventuras bien contado, con guiños a las otras entregas de la serie, despliegue imaginativo de efectos especiales y personajes entrañables que emprenden procesos sugerentes. Todo ello sin perder el pulso a una historia que se hace divertida y emocionante. Y además para los que buscan algo más hay un abundante despliegue simbólico al que ya nos han acostumbrado este tipo de relatos.
El eje central, como en todo relato de aventuras que se precie, se encuentra la lucha del bien contra el mal. En este caso el mal ya no aparece personalizado, sino que se enmascara en el interior como tentación del poder (Edmund-Caspian), de riqueza (Eustace) o de imagen (Lucy) todo ello difuminado en la oscuridad que todo lo envuelve. Del lado del bien estará la fe nuevamente representada en Lucy, el valor subrayado en Reepicheep y la conversión a una nueva vida de Eustace. Todos ellos siempre guiadas por las apariciones de Aslan.

Además la abundancia de la simbología cristiana y apocalíptica se muestra en las siete espadas, la mesa-altar, los caballeros dormidos y despertados, las escamas del dragón, el extremo del mundo o el león. Sin embargo, lo más interesante es que el relato de aventuras sirve como iniciación desde lo extraordinario a lo sobrenatural y desde la alegoría introduce en el proceso personal de la fe.

El libro termina con una confesión explícita donde Aslan termina convirtiéndose en cordero que invita a una cena pascual. Sin embargo la película, con discreción pero con profundidad, recoge el mensaje central del león crístico cuando invita a Edmund y Lucy a volver al mundo real: “Allí tengo otro nombre. tenéis que aprender a conocerme por ese nombre. Éste fue el motivo por el que se os trajo a Narnia, para que al conocerme aquí durante un tiempo, me pudierais reconocer mejor allí”.

Una estupenda oportunidad destinada a familias y educadores para ayudar a llegar más allá de la aventura y profundizar en la fe.
Un servicio que Lewis y esta película nos prestan hoy.