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Benedicto XVI visitó y celebró ayer misa en una parroquia de la periferia de la capital romana, que acoge a muchas familias llegadas desde el centro y sur de Italia. En su homilía, el Papa lamentó que «muchos profetas, ideólogos y dictadores» se hayan autoproclamado Mesías para instaurar sus imperios, dictaduras y totalitarismos, que cambiaron el mundo de un modo destructivo.

ROMA, lunes 13 de diciembre de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la homilía que el Papa pronunció ayer por la tarde, durante la Misa celebrada con motivo de su visita pastoral a la parroquia de San Massimiliano Kolbe, en la diócesis de Roma.

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¡Queridos hermanos y hermanas de la parroquia de San Massimiliano Kolbe! Vivid con empeño el camino personal y comunitario en seguir al Señor. El Adviento es una fuerte invitación para todos a dejar entrar cada vez más a Dios en nuestra vida, en nuestras casas, en nuestros barrios, en nuestras comunidades, para tener una luz en medio de tantas sombras, en las muchas fatigas de cada día. ¡Queridos amigos! Estoy muy contento de estar en medio de vosotros, hoy, para celebrar el Día del Señor, el tercer domingo de Adviento, domingo de la alegría.

Saludo cordialmente al cardenal vicario, al obispo auxiliar del sector, a vuestro párroco, a quien doy las gracias por las palabras que me ha dirigido en nombre de todos vosotros, y el Vicario parroquial. Saludo a cuantos son activos en el ámbito de la parroquia: los catequistas, los miembros de los diversos grupos, como también a los numerosos seguidores del Camino Neocatecumenal. Aprecio mucho la decisión de dar espacio a la adoración eucarística, y os doy las gracias por las oraciones que me reserváis ante el Santísimo Sacramento. Quisiera extender mi pensamiento a todos los habitantes del barrio, especialmente a los ancianos, a los enfermos, a las personas solas y en dificultades. A todas y cada una recuerdo en esta Misa.

Junto a vosotros, admiro esta nueva iglesia y los edificios parroquiales, y con mi presencia deseo animaros a llevar a cabo cada vez mejor esa Iglesia de piedras vivas que sois vosotros mismos. Conozco las muchas y significativas obras de evangelización que estás llevando a cabo. Exhorto a todos los fieles a dar su propia contribución para la edificación de la comunidad, en particular en el campo de la catequesis, de la liturgia y de la caridad – pilares de la vida cristiana – en comunión con toda la diócesis de Roma. Ninguna comunidad puede vivir como una célula aislada del contexto diocesano; debe ser en cambio expresión viva de la belleza de la Iglesia que, bajo la guía del obispo – y, en la parroquia, bajo la guía del párroco que hace las veces de él –, camina en comunión hacia el Reino de Dios.

Dirijo un pensamiento especial a las familias, acompañándolo con el deseo de que estas puedan llevar a cabo su propia vocación al amor con generosidad y perseverancia. Incluso cuando se presentasen las dificultades en la vida conyugal o en la relación con los hijos, que los esposos no dejen nunca de permanecer fieles a ese “sí” fundamental que pronunciaron ante Dios y mutuamente en el día del matrimonio, recordando que la fidelidad a la propia vocación exige valor, generosidad y sacrificio.

Vuestra comunidad comprender dentro de sí muchas familias venidas de Italia central y meridional en busca de trabajo y de mejores condiciones de vida. Con el paso del tiempo, la comunidad ha crecido y se ha transformado en parte, con la llegada de numerosas personas de los países del Este europeo y de otros países. Precisamente a partir de esta situación concreta de la parroquia, esforzaos en crecer cada vez más en la comunión con todos: es importante crear ocasiones de diálogo y favorecer la comprensión recíproca entre personas procedentes de culturas, modelos de vida y condiciones sociales diferentes.

Pero es oportuno sobre todo intentar implicarles en la vida cristiana, mediante una pastoral atenta a las necesidades reales de cada uno. Aquí, como en cada parroquia, es necesario partir de los “cercanos” para llegar a los “alejados”, para llevar una presencia evangélica a los ambientes de vida y de trabajo. Todos deben poder encontrar en la parroquia caminos adecuados de formación y hacer experiencia de esa dimensión comunitaria que es una característica fundamental de la vida cristiana. De este modo serán animados a redescubrir la belleza de seguir a Cristo y de formar parte de su Iglesia.

Sabed, por tanto, hacer comunidad con todos, unidos en la escucha de la Palabra de Dios y en la celebración de los Sacramentos, en particular de la Eucaristía. A propósito de esto, la verificación pastoral diocesana en curso, sobre el tema “Eucaristía dominical y testimonio de la caridad”, es una ocasión propicia para profundizar y vivir mejor estos dos componentes fundamentales de la vida y de la misión de la Iglesia y de cada y de cada uno de los creyentes, es decir, la Eucaristía de la domingo y la práctica de la caridad.

Reunidos en torno a la Eucaristía, sentimos más fácilmente cómo la misión de toda comunidad cristiana es la de llevar el mensaje del amor de Dios a todos los hombres. Por eso es importante que la Eucaristía sea siempre el corazón de la vida de los fieles. Quisiera también dirigiros una palabra especial de afecto y de amistad a vosotros, queridos chicos jóvenes que me escucháis, y a vuestros coetáneos que viven en esta parroquia. La Iglesia espera mucho de vosotros, de vuestro entusiasmo, de vuestra capacidad de mirar adelante y de vuestro deseo de radicalidad en las decisiones de vida. Sentíos verdaderos protagonistas en la parroquia, poniendo vuestras energías frescas y toda vuestra vida al servicio de Dios y de los hermanos.

Queridos hermanos y hermanas, junto a la invitación a la alegría, la liturgia de hoy – con las palabras de Santiago que hemos escuchado – nos dirige también la de ser constantes y pacientes en la espera del Señor que viene, y a serlo juntos, como comunidad, evitando quejas y juicios (cfr Jc 5,7-10).

Hemos escuchado en el Evangelio la pregunta del Bautista que se encuentra en la cárcel; el Bautista, que había anunciado la venida del Juez que cambia el mundo, y que ahora siente que el mundo sigue igual. Hace preguntar, por tanto, a Jesús: “¿Eres tu el que debe venir? ¿O tenemos que esperar a otro? ¿Eres tu o tenemos que esperar a otro?”. En los últimos dos, tres siglos, muchos han preguntado: “¿Pero eres realmente tu? ¿O el mundo debe ser cambiado de forma más radical? ¿Tu no lo haces?”. Y han venido muchos profetas, ideólogos y dictadores, que han dicho: “¡No es él! ¡No ha cambiado el mundo! ¡Somos nosotros!”. Y han creado sus imperios, sus dictaduras, su totalitarismo que habría cambiado el mundo. Y lo ha cambiado, pero de forma destructiva. Hoy sabemos que de estas grandes promesas no ha quedado sino un gran vacío y una gran destrucción. No eran ellos.

Y así debemos creer de nuevo a Cristo y preguntarle: “¿Eres tu?”. El Señor, de la forma silenciosa que le es propia, responde: “Mirad lo que yo he hecho. No he hecho una revolución cruenta, no he cambiado el mundo con la fuerza, sino que he encendido muchas luces que forman, mientras tanto, un gran camino de luz a través de los milenios”.

Comencemos aquí, en nuestra parroquia: san Maximiliano Kolbe, que se ofrece a morir de hambre para salvar a un padre de familia. ¡En qué gran luz se ha convertido! ¡Cuánta luz ha venido de esta figura y ha animado a otros a entregarse, a estar cerca de los que sufren, los oprimidos! Pensemos en el padre que era para los leprosos Damián de Veuster, el cual vivió y murió con y por los leprosos, y así ha iluminado a esta comunidad. Pensemos en Madre Teresa, que ha dado mucha luz a personas que, después de una vida sin luz, han muerto con una sonrisa, porque habían sido tocadas por la luz del amor de Dios.

Y así podríamos seguir y veríamos, como el Señor dijo en la respuesta a Juan que no es la revolución violenta del mundo, no son las grandes promesas las que cambian al mundo, sino que es la silenciosa luz de la verdad, de la bondad de Dios que es el signo de Su presencia y nos da la certeza de que hemos sido amados hasta el final y que no hemos sido olvidados, no somos un producto de la casualidad, sino de una voluntad de amor.

Así podemos vivir, podemos sentir la cercanía de Dios. “Dios está cerca”, dice la Primera Lectura de hoy, está cerca, pero nosotros a menudo estamos lejos. Acerquémonos, vayamos a la presencia de Su luz, oremos al Señor y en el contacto de la oración convirtámonos nosotros mismos en luz para los demás.

Este es precisamente también el sentido de la Iglesia parroquial: entrar aquí, entrar en coloquio, en contacto con Jesús, el Hijo de Dios, para que nosotros mismos seamos una de las más pequeñas luces que Él ha encendido y llevemos luz al mundo que quiere ser redimido.

Nuestro espíritu debe abrirse a esta invitación, para que así caminemos con gozo al encuentro de la Navidad, imitando a la Virgen María, que esperó en la oración, con temblor íntimo y gozoso, el nacimiento del Redentor. ¡Amén!