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De:José Ignacio Alemany Grau, Obispo

La Iglesia en este domingo lanza al viento un grito de esperanza que es una invitación para ponernos en guardia a todos y que vivamos un adviento lleno de paciencia y esperanza y, al mismo tiempo, con la inquietud del verdadero amor: ¡Señor, ven a salvarnos!

Cuando leemos al profeta Isaías, que nos habla de un ejército formado por ciegos que ven, sordos que escuchan perfectamente, mudos que cantan y cojos que saltan como cervatillos, nos parece un cuento de hadas irrealizable. ¿Qué quiere el profeta Isaías con esta descripción?

Simplemente adelantar el mensaje de Cristo que dirá a sus criados, para llenar el salón del banquete del Reino: “Salgan de prisa a las plazas y a las calles de la ciudad y traigan a los pobres y a los inválidos, a los ciegos y a los cojos” (Lc 14,21). Esto es lo que, por su parte, nos cuenta nuestro amigo y compañero del ciclo A, San Mateo: Jesús da como prueba de que Él es el Mesías de Dios un mensaje similar a los enviados por Juan que querían pruebas de la llegada de los tiempos mesiánicos: “Los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, los sordos oyen y los muertos resucitan”. Así se prueba la realización de las promesas de Dios en el Antiguo Testamento.

Las mismas que hoy nos ofrece la Iglesia para invitarnos a vivir en la esperanza del adviento. En fin de cuentas se trata de promesas que Dios nos hace a los hombres de todos los tiempos. Por su parte el mismo salmo 145 nos advierte de nuevo que el Señor abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan y sustenta al huérfano y a la viuda. Es claro que todas estas pruebas que se ofrecen son físicas pero sobre todo morales.

Son los pecadores que vuelven a Dios y los corazones endurecidos por el pecado de orgullo que se someten gozosos al Señor. La promesa de estos hechos es la gran invitación que se nos hace para vivir la virtud teologal de la esperanza, característica del tiempo de adviento. Pero esto no llega hoy ni mañana.

Santiago nos invita a la paciencia hasta que venga el Señor y nos pone el ejemplo, siempre admirable, del “labrador que aguarda paciente el fruto valioso de la tierra mientras recibe la lluvia temprana y tardía”. Y añade: “tengan paciencia también ustedes y manténganse firmes porque la venida del Señor está cerca”. Incluso, el mismo apóstol nos recuerda la paciencia de tantos hombres buenos del Antiguo Testamento, es decir los profetas, como ejemplo especial que debemos imitar.

Mientras llega ese tiempo, Dios nunca ha faltado al pueblo de Dios y menos todavía a la Iglesia de Jesús. A parte de los grandes profetas que sostuvieron la fe de Israel, tenemos hoy al gran Juan Bautista, encargado por Dios para preparar la llegada inmediata del Mesías. Aquel hombre, lleno de humildad, un buen día envía dos de sus discípulos para que pregunten a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”.

El Señor da la señal que ya hemos indicado: el ejército de inválidos que se pone en camino. Luego pregunta a la gente: “¿qué piensan sobre Juan?: ¿Un hombre sin voluntad y movido por todo viento de doctrina? ¿Un hombre vestido a todo lujo como los que viven en los palacios?”. El testimonio grande de Jesús sobre Juan es éste: “No ha nacido de mujer un hombre más grande que Juan Bautista. De él escribió Isaías: Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare el camino”.

El Bautista es el modelo para todos nosotros que tenemos obligación de ser también anunciadores que preparan los caminos del Señor. Ante la Navidad, y también ante la vida diaria, que nuestra ilusión esté puesta en Jesús que ya está entre nosotros, pero que no lo podemos ver todavía. Por eso repetimos con la Iglesia: ¡Ven Salvador, ven sin tardar…! ¡Señor, ven a salvarnos!