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ROMA, 11 de diciembre de 2010 – La discusión sobre el SIDA y el profiláctico abierta por Benedicto XVI en un pasaje de su libro-entrevista “Luz del mundo” registra en el campo católico nuevos e importantes desarrollos.

Contra las interpretaciones más restringidas de las palabras del Papa – a las que se ha referido http://www.chiesa en dos servicios anteriores – ha llegado la réplica de un teólogo moral muy comprometido con el tema, el suizo Martin Rhonheimer (en la foto), docente de Ética y Filosofía Política en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, la universidad romana del Opus Dei.

Entrevista al P. Martin Rhonheimer

¿Por qué el papa Benedicto decide de repente tratar el tema del SIDA y de los preservativos? ¿Y por qué lo llevó a cabo en la forma que lo hizo?

A partir de lo que él le dice a Peter Seewald en “Luz del Mundo”, estaba frustrado por las reacciones a sus comentarios sobre este tema, durante su viaje a África en marzo del 2009. La tormenta de fuego mediática posterior a esos comentarios mostró que había tres creencias extendidas ampliamente en la sociedad occidental: que los preservativos eran la solución para el SIDA en África; que la doctrina de la Iglesia sobre la anticoncepción implicaba una prohibición del uso del preservativo para las personas involucradas en estilos de vida inmorales y de alto riesgo; y que cuando el papa Benedicto dijo que las campañas que promocionan los preservativos para combatir el Sida en África eran “ineficaces”, se pensaba que él se estaba refiriendo a denuncias hechas en el año 2004 por el cardenal Alfonso López Trujillo, en ese entonces responsable del Pontificio Consejo para la Familia, en el sentido que los preservativos son demasiado porosos como para actuar como barrera efectiva contra la transmisión del VIH.

El papa Benedicto estaba dispuesto a disipar esos mitos, y en su libro-entrevista lo hace en unos pocos parágrafos breves. Puso en claro que las campañas que promueven los preservativos trivializan (“banalizan”) la sexualidad, provocando que el virus se expanda más, y que sólo mediante la “humanización” de la sexualidad se puede poner freno a la difusión del virus. Pero él siguió diciendo que el uso de un preservativo por parte de un prostituto, cuando se lo hace para prevenir la infección, sería al menos “una primera asunción de responsabilidad”; y al decir esto él implícitamente descartó los otros dos mitos: si los preservativos fuesen ineficaces para poner freno a la transmisión del virus entre los grupos de alto riesgo, no sería responsable su utilización. Y si, tal como algunos han pedido, la Iglesia enseñara que los preservativos son “intrínsecamente malos”, entonces difícilmente el Papa podría reconocer su utilización como un “primer paso” en el camino hacia un desarrollo moral.

Personalmente, me sentí muy reconfortado que él clarificara el último punto, porque cuando algunos años atrás sostuve eso mismo en un artículo (“La verdad sobre los preservativos”, 10 de julio de 2004) en “The Tablet” de Londres, fui acusado por un gran número de católicos buenos y fieles de defender la distribución de preservativos para detener la epidemia de SIDA y, en consecuencia, de socavar los esfuerzos de la Iglesia para defender los valores del matrimonio, la fidelidad y la castidad. Pero mientras el artículo provocó críticas públicas, principalmente de colegas en teología moral, se me hizo saber que la Congregación para la Doctrina de la Fe, en ese entonces presidida por el cardenal Ratzinger, no planteó ningún problema con ninguno de sus argumentos.

Lo que me llevó a escribir ese artículo fue el hecho que en el anterior número de “The Tablet”, su entonces vice-editor, Austen Ivereigh, en un artículo en el que comentó sobre un programa de la BBC, “Panorama” en el que se analizaron las afirmaciones del cardenal López Trujillo, contrastó dos posiciones en la Iglesia sobre la cuestión del uso de preservativos contra el SIDA.

La primera posición la representaba el cardenal Godfried Danneels, en esa época arzobispo de Bruselas, de quien él citó palabras parecidas a las siguientes: “si una persona infectada con VIH ha decidido no respetar la abstinencia, entonces tiene que proteger a su pareja y puede hacer eso – en este caso utilizando un preservativo”. Obrar de otra manera, dijo el cardenal, sería “quebrantar el quinto mandamiento”, el que dice que no se debe matar.

La segunda posición la representaba una cita del entonces funcionario de educación del Linacre Center, en Londres, Hugh Henry, quien, en desacuerdo con la declaración del cardenal Daneels, dijo a Ivereigh que el uso de un preservativo era un pecado contra el sexto mandamiento, que “al fallar al no honrar la estructura fértil que debe tener el acto marital, no puede constituir una donación personal mutua y completa y, en consecuencia, viola el sexto mandamiento”.

Esto sugería que, tal como escribió Ivereigh, un “trabajador migrante que va a un burdel en Sudáfrica no debe, por supuesto, tener sexo; pero si lo hace, parece sugerir Henry, él no debería utilizar un preservativo para prevenir contagiar a la mujer con SIDA, porque su acción falla al no honrar la estructura fértil que debe tener el acto marital”. Y concluía de esta manera: “los lectores deben decidir si es el cardenal Danneels o el Linacre Centre el que está ofreciendo el consejo extraño”.

Éste era mi punto de vista al leer este artículo: que ambos consejos eran esencialmente defectuosos, y elegir entre ellos era una falacia. El problema radicaba en que ambos estaban expresando sus posiciones en términos de normas u obligaciones morales – utilizar o no un preservativo – cuando un enfoque normativo era inadecuado para tratar esta cuestión.

Lo que el Linacre Centre propuso como la auténtica posición católica era que existe una obligación moral para las personas no castas que se involucran en actos sexuales pecaminosos que como mínimo se abstienen de utilizar preservativos, que consiste en evitar otro pecado contra el sexto mandamiento y, en consecuencia, hacen que su acto pecaminoso lo sea menos, inclusive si ellos infectan a otras personas o se infectan ellos mismos con una enfermedad mortal. Este tipo de argumento es el que hace que las personas crean equivocadamente que es la enseñanza de la Iglesia sobre la anticoncepción la que lleva a tales consecuencias contrarias al sentido común; pero esa enseñanza se ocupa esencialmente del amor marital y de sus expresiones en la relación sexual, y no se aplica en tales circunstancias. Por el contrario, si bien la posición del cardenal Danneels tiene alguna plausibilidad, simplemente invierte la falacia de Henry para convertir ahora en una norma moral para esas personas la obligación de utilizar al menos un preservativo (en orden no a pecar adicionalmente contra el quinto mandamiento). Al igual que Henry, el cardenal Danneels establece una norma moral con la finalidad de hacer que un comportamiento intrínsicamente inmoral sea menos inmoral.

Volvamos a la declaración del Linacre Centre: la enseñanza de la “Humanae vitae” no incluye la declaración de una norma moral sobre cómo llevar a cabo acciones intrínsecamente malas; la Iglesia no ha proclamado nunca tal enseñanza, ni tampoco lo hará alguna vez, porque tal enseñanza sería absolutamente contraria al sentido común. Lo único que la Iglesia puede enseñar posiblemente sobre la violación, por ejemplo, es la obligación moral de abstenerse absolutamente de ella, no cómo llevarla a cabo en una forma menos inmoral. Hay contextos en los que las orientaciones morales pierden completamente su significado normativo porque a lo sumo pueden disminuir un mal, pero no orientarlo hacia el bien; lo que tiene que ser superado, y ello es normativo, es el mismo intrínseco desorden moral. Como escribí en el 2004, “sería simplemente absurdo establecer normas morales para tipos de comportamiento intrínsecamente inmorales”.

La enseñanza de la Iglesia sobre la anticoncepción no es una enseñanza sobre “preservativos”, sino sobre el verdadero significado y sentido de la sexualidad y del amor marital. La cuestión de la anticoncepción es diferente de la cuestión del uso profiláctico del preservativo. La anticoncepción declarada como intrínsecamente mala está descripta en la “Humanae vitae” n.14 (reafirmada en el Catecismo de la Iglesia Católica n. 2370) como una acción que “o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga [en latín, “intendat”], como fin o como medio, hacer imposible la procreación”. La anticoncepción no es simplemente una acción que de hecho impide la procreación, sino una acción que impide la procreación que es efectuada precisamente con una intención anticonceptiva (el impedimento fáctico de la anticoncepción no es suficiente para que sea, en un sentido moral, un acción anticonceptiva; es por eso que utilizar píldoras anti-ovulatorias para regular el ciclo de una mujer por razones médicas no es anticoncepción en el sentido moral).

¿Pero se deduce de esto que se debería aconsejar positivamente utilizar preservativos con propósitos meramente profilácticos? Las personas que no están dispuestas a cambiar su modo de vida y que utilizan preservativos para prevenir infectarse a ellos mismos o a otros me parece que al menos han conservado un cierto sentido de responsabilidad – tal como el Papa mismo dijo la semana pasada. Pero no podemos decir que ellos “deben hacer eso” o que están “moralmente obligados a hacerlo”, tal como pareció sugerir el cardenal Danneels. El papa Benedicto subraya esto cuando deja en claro que no es una “solución moral”. Es por eso que es erróneo también afirmar principios en este caso, como puede ser el del “mal menor”, el cual sostiene que en orden a evitar un mal mayor se puede elegir un mal menor si hay un motivo adecuado para ello. Esta metodología moral, conocida como “proporcionalismo”, no es enseñanza de la Iglesia, y fue rechazada por el papa Juan Pablo II en su encíclica “Veritatis splendor”, del año 1993, con la que el papa Benedicto XVI está totalmente de acuerdo.

Pero al hablar como él lo hace – que alguien actúa con “un cierto sentido de responsabilidad” al tratar de evitar una infección, el Papa no dice que utilizar preservativos para prevenir la infección del VIH significa actuar responsablemente. La responsabilidad real, para las prostitutas, significaría abstenerse completamente de contactos sexuales riesgos e inmorales y cambiar completamente su estilo de vida. Si no lo hacen (porque no pueden o no quieren), al menos subjetivamente actúan en una forma responsable al intentar prevenir la infección, o al menos actúan menos irresponsablemente que los que no lo hacen, lo cual es una formulación bastante diferente.

Es una declaración de sentido común, expresada en términos personalistas; no es una norma moral positiva que permite un “mal menor”. La Iglesia debe aconsejar siempre a las personas que hagan el bien, no el mal menor; y la cosa buena que hay que hacer – y en consecuencia aconsejar – no es obrar en forma inmoral y al mismo tiempo reducir esta inmoralidad minimizando el posible daño causado por ello, sino abstenerse en forma absoluta de todo comportamiento inmoral. Es por eso que es errónea la justificación del uso profiláctico de los preservativos como un “mal menor” – y también peligroso, porque abre el camino para justificar cualquier forma de opción moral “menos mala”: hacer el mal que puede venir un bien. Está también fuera de lugar. Los preservativos “per se”, considerados como “cosas”, no son “malos”. En la enseñanza de la Iglesia, su uso en las acciones anticonceptivas tal como está definido por la “Humanae vitae” es malo, pero tal como hemos establecido, esta encíclica no es aplicable para la profilaxis.

Los comentarios del papa Benedicto no hicieron referencia al caso de los cónyuges cuando uno de los dos está infectado, razón por la cual uno de ellos utiliza un preservativo para evitar que el otro cónyuge se infecte. En mi artículo del año 2004, más bien hice referencia incidentalmente a tales casos, hablando sobre “razones pastorales o razones simplemente prudenciales” que aconsejarían contra la utilización de los preservativos en esas circunstancias. Este caso es diferente del anterior, y más complejo, porque aquí está en juego lo que constituye propiamente una acción marital. Es importante enfatizar que la cuestión de la anticoncepción en el matrimonio y la cuestión de la prevención de la infección mediante el uso de preservativos se refieren a dos problemas morales diferentes.

Indudablemente, la cuestión seguirá siendo debatida, pero lo que sea que la Iglesia declare eventualmente sobre este tema, habrá siempre buenas razones para insistir en la abstinencia en esta situación, porque utilizar un preservativo exclusivamente por razones médicas es en realidad mera teoría. Es probable que – al menos para las parejas fértiles – la intención de prevenir una infección se fusione con la intención propiamente anticonceptiva de prevenir la concepción de un bebé infectado. Personalmente, yo nunca alentaría a una pareja a utilizar un preservativo, sino a abstenerse de tener relaciones sexuales. Si ellos no están de acuerdo, yo no pensaría que su relación sexual sea lo que los teólogos morales llaman un pecado “contra natura” igual a la masturbación o a la sodomía, tal como afirman algunos teólogos morales. Pero la abstinencia completa sería la mejor opción moral, no sólo por razones prudenciales (los preservativos no son completamente seguros inclusive cuando son utilizados en forma consistente y apropiada), sino porque corresponde mejor a la perfección moral – a una vida virtuosa – abstenerse completamente de llevar a cabo acciones peligrosas, más que prevenir su peligrosidad utilizando un dispositivo que ayuda a disimular la necesidad del sacrificio.

Al defender la enseñanza de la Iglesia y su enfoque para prevenir la transmisión del VIH no se debería invocar argumentos contraproducentes y absurdos que distorsionan la enseñanza eclesial. Al insistir en la abstinencia, la fidelidad y la monogamia como las verdaderas soluciones para detener la epidemia del SIDA, no debemos negar que el uso de preservativos por parte de grupos de alto riesgo provoca la disminución de los índices de infección, mientras contiene la expansión de la epidemia en otras partes de la población. Pero esta tarea es principalmente la responsabilidad de las autoridades civiles.

El rol de la Iglesia en la lucha contra el SIDA no es la del bombero que trata de contener un incendio, sino la de enseñar y ayudar a las personas a edificar casas a pruebas de fuego y a evitar hacer lo que puede causar una hoguera, mientras que, por supuesto, atiende a los que sufren quemaduras. Más importante aún, ella hace eso para ofrecer la reconciliación con Dios y la sanación de las almas de los que han sido lastimados en su dignidad humana por su propio comportamiento inmoral o por las terribles opciones y circunstancias impuestas por el SIDA.

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“EL PAPA HA QUERIDO LLEVAR LA DISCUSIÓN A CAMPO ABIERTO”

Entrevista con Martin Rhonheimer

P. – Algunos comentaristas católicos están diciendo que los comentarios del Papa son un “cambio radical”; otros dicen que no ha cambiado absolutamente nada. ¿Cuál es la posición correcta?

R. – Ninguna de las dos. Permítame comenzar con la segunda afirmación: “nada ha cambiado”. Esto no es cierto. El papa Benedicto, después de lo que yo estimo una cuidadosa consideración, ha hecho una declaración pública que ha cambiado el discurso sobre estos temas, tanto en el interior de la Iglesia como afuera de ella. Por primera vez se ha dicho a través del Papa mismo, aunque no en un acto de enseñanza formal del magisterium de la Iglesia, que la Iglesia no “prohíbe” incondicionalmente el uso profiláctico de los preservativos.

Por el contrario, el Santo Padre ha dicho que en ciertos casos (en el comercio sexual, por ejemplo), su utilización puede ser un signo de un primer paso hacia la responsabilidad (al mismo tiempo poniendo en claro que esto no es ni una solución para solucionar la epidemia del SIDA ni una solución moral; la única solución moral es abandonar un estilo de vida moralmente desordenado, y vivir la sexualidad en una forma realmente humanizada). Este tópico despierta muchas emociones en ambos lados, que es por eso que espero que el paso de Benedicto pueda modificar la forma que discutimos estos temas, en una forma menos tensa y más abierta.

Pero la primera afirmación, que lo que el Papa dijo es un “cambio radical”, tampoco es exacta.

Primero, de ninguna manera cambia la enseñanza de la Iglesia sobre la anticoncepción; lo que él dijo más bien confirma esta enseñanza tal como es expuesta por la “Humanae vitae”.

Segundo, su declaración no sostiene que el uso del preservativo sea moralmente no problemático o permitido en general, aún con fines profilácticos. El papa Benedicto habla sobre “begründete Einzelfälle”, que traducido generalmente significa “casos individuales justificados” – como el caso de una prostituta –, en los que la utilización de un preservativo “puede ser un primer paso orientado hacia la moralización, una primera asunción de responsabilidad”.

Lo que está “justificado” no es el uso del preservativo como tal – no, al menos, en el sentido de una “justificación moral” de la que sigue una norma permisiva como “está moralmente permitido y es bueno utilizar preservativos en tal y tal caso”. Lo que está justificado, más bien, es el juicio que se puede considerar que éste es un “primer paso” y “una primera asunción de responsabilidad”. Ciertamente, Benedicto no quiso establecer una norma moral que justifique excepciones.

Tercero, lo que el papa Benedicto dice no se refiere a las personas casadas: habló solamente sobre las situaciones que son en sí mismas intrínsecamente desordenadas.

Cuarto, tal como él clarifica, el Papa no defiende la distribución de preservativos, que él cree lleva a la “banalización” de la sexualidad, lo cual es la causa primaria de la expansión del SIDA. Él menciona simplemente el método ABC, insistiendo en la importancia de A y B (“abstención” y “ser fiel” [be faithful]), denominando a C (“condón”) un último recurso (en alemán, “Ausweichpunkt”), ante la eventualidad que algunas personas se rehúsen a ser cumplir con A o B.

Y lo más importante, él declara que este último recurso pertenece propiamente a la esfera secular, es decir, a los programas de gobierno para combatir el SIDA. Lo que dijo el Papa, entonces, no significa que las instituciones de salud dirigidas por la Iglesia deben distribuir preservativos. Él hizo una valoración de lo que se ha de pensar respecto de una prostituta que habitualmente utiliza preservativos, no sobre los que sistemáticamente los distribuyen para contener la epidemia, que es la responsabilidad de las autoridades estatales. Por su parte, la Iglesia continuará presentando la verdad sobre el auténtico ejercicio humano de la sexualidad.

P. – En sus comentarios, el papa Benedicto no acostumbra llamar “un mal menor” al uso de preservativos por parte de personas infectadas con VIH, pero esa es la forma en que algunos teólogos y líderes católicos están interpretando sus palabras. ¿En algunos casos los preservativos son un “mal menor”?

R. – Describir el uso de preservativos para prevenir infecciones como un mal menor es muy ambiguo y puede llevar a confusión. Por supuesto, podríamos decir que cuando una prostituta utiliza un preservativo, esto aminora el mal de la prostitución o el turismo sexual, dado que aminora el riesgo de transmitir el virus del VIH a sectores más amplios de la población. Pero esto no significa que es bueno elegir actos malos para alcanzar un fin bueno.
Concedido que el comportamiento sexual inmoral debe ser evitado totalmente, según mi perspectiva el punto correctamente formulado por el Santo Padre es que cuando alguien que ya está llevando a cabo actos inmorales utiliza un preservativo, él o ella no elige precisamente un mal menor, sino que simplemente trata de prevenir un mal: el mal de la infección. Desde el punto de vista del pecador, esto significa obviamente elegir algo bueno: la salud.

P. – Si el Papa dice que usar preservativos en algunos casos puede ser un signo de un despertar moral, ¿esto no es decir que el uso de la anticoncepción es a veces aceptable? ¿O que el uso de la anticoncepción es preferible a la transmisión del VIH?

R. – Un preservativo está diseñado para ser un medio que impida que los fluidos del varón penetren en el seno de una mujer. Su uso normal es para la anticoncepción. Pero en el caso del que habla el Papa, la razón para su uso no es impedir la concepción, sino prevenir una infección. No debemos confundir los actos humanos – que pueden ser intrínsecamente buenos o intrínsecamente malos – con las “cosas”. No es el preservativo como tal, sino su uso, lo que constituye el problema moral. En consecuencia, lo que el Papa dice no se refiere a la cuestión de la anticoncepción.

Hay que admitir que algunos teólogos afirman que dado que, excepto en el caso de parejas sexuales estériles, el efecto del preservativo es siempre físicamente anticonceptivo y por esta verdadera razón intrínsecamente malo, los que lo utilizan cometen necesariamente el pecado de anticoncepción, aún cuando no lo utilicen con esa finalidad. Es por eso que ellos sostienen que su uso empeorará un acto que ya es inmoral. Lo que el papa Benedicto ha dicho ahora – teniendo en cuenta que él no quiso restringirse a solamente la prostitución homosexual del varón, en la que obviamente la cuestión de la anticoncepción no es un problema – debilita decididamente este argumento.

Pienso que la única forma de escapar de este atolladero bizarro al que llevan tales argumentos – la afirmación, por ejemplo, que también desde un punto de vista moral sería mejor para una prostituta infectarse que utilizar un preservativo – es dejar en claro que los preservativos, considerados como tales, no son “intrínsicamente anticonceptivos” en el sentido de un juicio moral. Es su utilización y la intención implicada en este uso lo que determina si utilizar un preservativo se convierte en un acto anticonceptivo.

P. – Se puede presumir que el Papa era consciente de la confusión que las palabras podrían ocasionar entre los católicos. Sin pedirle a usted especular indebidamente sobre sus intenciones, ¿que cosa buena puede provenir de esto?

R. – Es obvio que el Santo Padre quiso llevar esto a la luz. Él previó ciertamente el alboroto, las incomprensiones, la confusión e inclusive el escándalo que podía causar. Yo creo que él consideró que era necesario, a pesar de todas esas reacciones, hablar sobre ello, con el mismo espíritu de apertura y transparencia con el que, desde su época como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, abordó los casos de abuso sexual por parte de clérigos. Pienso que Benedicto confía en la fuerza de la razón y que las cosas se volverán más claras con el transcurso del tiempo. Él ha cambiado el discurso público sobre estos temas y ha preparado la base para una más vigorosa y apropiada comprensión y defensa de la enseñanza de la Iglesia sobre la anticoncepción, como parte de una doctrina del amor conyugal y del verdadero significado de la sexualidad humana.