>De: José Ignacio Alemany Grau, obispo


El día amanece.
Está nublado.
Penosamente se abre paso la luz.

El ómnibus se desliza sereno por la carretera en medio del desierto de Sechura.
De pronto, entre las distintas tonalidades de las nubes, aparecen unos rayos amarillos.
El sol dorado del amanecer cubre de oro las dunas y los pequeños arbustos.
Parece que se ha roto el cielo y el sol reclama sus derechos.

El sentimiento se hace oración al Padre Dios: ¡Papá, se ha roto el cielo!
Es exactamente lo que estamos celebrando en esta Navidad.

“Cuando todo estaba en el silencio profundo de la media noche el Altísimo pronunció su Palabra”.
“Y el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande. Habitaban tierras de sombras y una luz les brilló”.

Jesús aclaró en una oportunidad: “Yo soy la luz del mundo”. De hecho en la Navidad se rompió el cielo y por esa ruptura nos vino Dios. Lucas nos lo dice de una manera poética y llena de ternura.

El ángel iluminó la noche y “la gloria del Señor envolvió en su claridad” a los pastores: “No teman.
Les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo.
Hoy en la ciudad de David les ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”.

La señal para encontrar a este Salvador hecho niño es la máxima pobreza.
“Envuelto en pañales”, tejidos por el amor maternal de María y “acostado en el pesebre” que le brindaron los hombres.

Y mientras la ciudad de Belén pasa la noche, como de costumbre, de espaldas a la luz, los ángeles, locos de alegría, alaban a Dios: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”.

“Y los confines de la tierra contemplan así la victoria de nuestro Dios”.
Y la Iglesia canta también en esta noche iluminada por el Sol “nos ha amanecido un día sagrado, vengan naciones, adoren al Señor porque hoy ha bajado a la tierra una gran luz.

Sí. Y para que entendamos que se ha roto el cielo y ha entrado Dios en la tierra, San Juan al atardecer de este día de la natividad del Señor, penetrando la historia humana y la divina al mismo tiempo, nos enseña: El Verbo de Dios es igual al Padre y al Espíritu Santo.

El mismo que creó todo cuanto se hizo, es también la luz verdadera que alumbra a todo hombre. Y ese Verbo eterno se hizo temporal: “Plantó su tienda entre nosotros, se hizo carne. Y de su plenitud hemos recibido todos, gracia tras gracia”.

Nos advierte, finalmente, el mismo evangelista que a Dios nadie lo ha visto jamás pero su Hijo único, el que vivió y sigue viviendo en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer.

El cielo roto y la tierra iluminada son el camino seguro por el que la humanidad puede salir al encuentro con Dios. No es extraño que la liturgia se haga trompeta en Isaías repitiéndonos a todos “qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz… Escucha Israel tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor que vuelve a Sión…”

Y verán los confines del mundo la victoria de nuestro Dios. “El Señor reina, la tierra goza… amanece la luz para el justo y la alegría para los rectos de corazón. Alegraos, justos, con el Señor y celebrad su santo nombre”.

¿Qué otra cosa puede hacer la Iglesia en un día como éste sino invitarnos a mirar la obra que hizo el amor para venir del cielo a la tierra? ¡NAVIDAD! Hoy es un día para la alegría, para el amor y para la esperanza. El cielo está roto y por donde bajó Dios podemos subir los hombres.

La tierra ya no es un valle de lágrimas sin esperanza sino la alegría de la vida que nunca termina. Por eso nos ha dicho Benedicto XVI, “la Navidad canta el don de la vida”. La vida de Dios que se ha hecho vida para los hombres.