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Por Sandro Magister.

ROMA, 27 de diciembre del 2010 – El que sigue es el prefacio del libro – editado en Italia por Libros Scheiwiller y que está a la venta desde hace pocas semanas – que recoge las homilías de Benedicto XVI en el año litúrgico pasado, el año C del leccionario romano.

Tercero en la serie, el volumen acompaña cada homilía del Papa Joseph Ratzinger con las lecturas bíblicas de la misa del día, así como con los salmos y las antífonas de las vísperas celebradas por él.

En la exhortación apostólica postsinodal “Verbum Domini” sobre la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia, publicada el pasado 30 de setiembre, un párrafo, el 59, está dedicado precisamente al cuidado de la homilía, que en efecto es el principal, si no el único, acto de comunicación de la buena nueva cristiano escuchado por cientos de millones de bautizados cada domingo en el mundo.

En el arte de la homilía, indudablemente, Benedicto XVI es un extraordinario modelo.

Y este libro es la prueba de ello:

Benedetto XVI, “Omelie di Joseph Ratzinger, papa. Anno liturgico 2010”, a cura di Sandro Magister, Libri Scheiwiller, Milano, 2010, pp. 420, euro 18,00.

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“COMO EL PAPA LEÓN MAGNO, TAMBIÉN EL PAPA BENEDICTO PASARÁ A LA HISTORIA POR SUS HOMILÍAS”

por Sandro Magister

Son tres los ciclos anuales que se rotan el misal romano dominical y festivo, teniendo al centro de cada uno de ellos los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas. Al publicar año tras año las homilías de Benedicto XVI, Libros Scheiwiller se atiene a esta secuencia. Con este tercer volumen de la serie se cierra el trienio. Este recoge las homilías papales del año litúrgico lucano, que se ha iniciado con el primer domingo de Adviento del 2009 y se ha extendido a lo largo del 2010.

Las homilías de la misa y de las vísperas son un eje importante de este pontificado, todavía no entendido del todo. Joseph Ratzinger las escribe en buena parte de puño y letra, algunas las pronuncia improvisando con la inmediatez de la lengua hablada. Pero siempre las piensa y prepara con extremo cuidado, porque para él tienen una valencia única, distinta a todas las otras palabras escritas o pronunciadas. Las homilías, de hecho, son parte de la acción litúrgica, más aún, son ellas mismas liturgia, aquella “liturgia cósmica” que él ha definido “meta última” de su misión apostólica, “cuando el mundo en su conjunto se hará liturgia de Dios, adoración, y entonces estará sano y salvo”.

Hay mucho de Agustín en esta visión de Ratzinger, está la ciudad de Dios en el cielo y en la tierra, están lo temporal y lo eterno. En la misa el Papa ve “la imagen y la sombra de las realidades celestes” (Heb 8, 5). Sus homilías tiene la tarea de quitar el velo.

Y en efecto, a volver a leerlas, ellas descubren una visión del mundo y de la historia colmada de nuevos significados, que son el corazón de la buena nueva cristiana, porque “si Jesús está presente, no existe más algún tiempo privado de sentido y vacío”. El Adviento es “presencia”, “llegada”, “venida”, ha dicho el Papa en la homilía inaugural de este año litúrgico. “Dios está aquí, no se ha retirado del mundo, no nos ha dejado solos”, y por tanto es “kairós”, ocasión única, favorable, de salvación eterna, y la creación entera cambia de rostro “si detrás de ella está Él y no la niebla de un origen incierto y de un futuro incierto”.

Pero el tiempo de la “civitas Dei” no es carente de forma. Tiene un ritmo que se lo da el misterio cristiano que lo llena. Cada misa, cada homilía cae en un tiempo preciso, cuyo ritmo cadencia procede de domingo a domingo. El “día del Señor” tiene como protagonista a aquel que resucitó el primer día después del sábado, hecho figura del “octava dies” de la vida eterna. La presencia del Resucitado en el pan y en el vino consagrados es real, muy real, predica incesantemente el Papa. Para verlo y encontrarlo basta que los ojos de la fe se abran, como a los discípulos de Emaús, que reconocieron a Jesús precisamente en el sacramento de la eucaristía, “al partir el pan”.

“El año litúrgico es un gran camino de fe”, ha recordado el Papa antes de un Ángelus, en una de sus breves meditaciones dominicales construidas como pequeñas homilías sobre el Evangelio del día. Es como caminar por el camino de Emaús, en compañía del Resucitado que enciende los corazones explicando las Escrituras. De Moisés a los profetas a Jesús, las Escrituras son historia, y con ellas el caminar se hace historia y el año litúrgico la recorre toda, en torno a la Pascua que le hace de eje. Adviento, Navidad, Epifanía, Cuaresma, Pascua, Ascensión, Pentecostés.

Hasta la segunda venida de Cristo al final de los tiempos. Lo que hace de la liturgia cristiana un “unicum”, y el Papa no deja de predicarlo, es que su narración no es sólo memoria. Es realidad viva y presente. En cada misa sucede lo que Jesús anunció en la sinagoga de Nazaret después de envolver el rollo del profeta Isaías: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que vosotros habéis escuchado” (Lc 4, 21).

En las homilías el Papa Benedicto desvela también qué es la Iglesia. Lo hace en obediencia a la más antigua profesión de fe: “Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, la remisión de los pecados”. La “comunión de los santos” es primariamente la de los santos dones, es el santo don salvífico dado por Dios en la eucaristía, que al acogerlo la Iglesia es generada y crece, en unidad en toda la tierra y con los santos y los ángeles del cielo. La “remisión de los pecados” son el bautismo y el otro sacramento del perdón, la penitencia.

Si esto profesa el “Credo”, entonces de verdad la Iglesia no está hecha de su jerarquía, no de su organización, menos aún es un espontáneo asociarse de hombres solidarios, sino que es puro don de Dios, creatura de su Santo Espíritu, que genera su pueblo en la historia, con la liturgia y los sacramentos.

Hay una imagen que con frecuencia es recurrente en las homilías del Papa: “Uno de los soldados con la lanza le hirió en el costado, y de inmediato brotó de allí sangre y agua” (Jn 19, 34). De nuevo la sangre y el agua, la eucaristía y el bautismo, la Iglesia que nace del costado atravesado del Crucificado, nueva Eva del nuevo Adán. El recurso a las imágenes es otro de los distintivos de las homilías de Benedicto XVI. En la catedral de Westminster, el 18 de setiembre del 2010, hizo que todos elevaran la mirada al gran Crucifijo que dominaba la nave, al Cristo “aplastado por el sufrimiento, subyugado por el dolor, víctima inocente cuya muerte nos ha reconciliado con el Padre y nos ha donado el participar de la vida misma de Dios”. De su sangre preciosa, de la eucaristía, la Iglesia obtiene la vida. Pero el Papa agrega citando a Pascal: “En la vida de la Iglesia, en sus pruebas y tribulaciones, Cristo sigue en agonía hasta el fin del mundo”

En la prédica litúrgica de Benedicto XVI las imágenes bíblicas y artísticas tienen una constante función mistagógica, de guía al misterio. El estupor de lo invisible atisbado en lo artístico visible remite a la más grande maravilla del Resucitado presente en el pan y en el vino, principio de la transformación del mundo, para que también la ciudad de los hombres “se haga un mundo de resurrección”, una ciudad de Dios.

La mayor parte de las homilías que se recogen en este volumen han sido pronunciadas por el Papa durante la misa, después de la proclamación del Evangelio. Pero hay también algunas pronunciadas en las vísperas, antes del cántico evangélico del “Magnificat”. Los lugares son muy variados, en Italia y en el extranjero, en pueblos y metrópolis: Roma, naturalmente, pero también Castel Gandolfo, Malta, Turín, Fátima, Porto, Nicosia, Sulmona, Carpineto, Glasgow, Londres, Birmingham, Palermo. Es particular el caso de la homilía del IV domingo de cuaresma, pronunciada por el Papa durante un servicio litúrgico ecuménico, en la iglesia luterana de Roma.

En el apéndice, como ya se hizo en las dos anteriores selecciones, se reproducen también algunas de aquellas pequeñas joyas de homilética menor, sobre las lecturas de la misa del día, que Benedicto XVI ofrece a los fieles y al mundo el domingo a mediodía antes del Ángelus o, en el tiempo pascual, antes del Regina Cæli.

Entre las mayores y las menores, las homilías aquí seleccionadas llegan a ser unas ochenta, cubriendo casi todo el año litúrgico: una prueba más del cuidado que el Papa Benedicto dedica a este ministerio suyo. El cardenal Ángelo Bagnasco ha reconocido la grandeza del mismo y la ha elegido como modelo para todos los pastores de la Iglesia, cuando a los obispos del consejo permanente de la conferencia episcopal italiana, el 21 de enero del 2010, dijo: “No temamos decir que nos admiramos de esta arte suya, y no nos cansemos de señalarla a nosotros mismos y a nuestros sacerdotes como una alta y extraordinaria escuela de predicación. Como el Papa León Magno, también el Papa Benedicto pasará a la historia por sus homilías.