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Por: Andrés Tapia Arbulú Comunicador
Martes 28 de Diciembre del 2010

Uno de los cuentos más célebres del escritor irlandés Oscar Wilde relata la historia de un gigante egoísta, el cual, teniendo un inmenso y bello jardín, no quiso que los niños jugaran en él. Hizo un muro y colocó un inmenso letrero con un “Prohibido entrar”. Pero cuando los niños se retiraron, se fue junto con ellos la primavera y el vergel se convirtió en un continuo y mustio invierno. El gigante se dio cuenta entonces de que no era poseedor de la vida y la belleza del jardín, sino tan solo su administrador. Así, cuando los niños regresaron volvió con ellos la vida.

Sean gigantes o tan solo adultos, este cuento lleno de poesía no carece de referentes en la historia de la humanidad. Hoy, la Iglesia Católica recuerda a los niños que murieron en lugar de Cristo, conocidos como los Santos Inocentes, a causa del rey Herodes que mandó a ejecutar a todos los menores de 2 años de Belén y sus alrededores. ¿A qué se debió ejecución tan absurda como cruel? El mismo relato bíblico lo señala: el miedo de perder el poder de su reino a causa de un nuevo “rey de los judíos”.

Esta lógica de poder y de dominio adquiere diversas caras en nuestra época, pero es la misma, la de un gigante egoísta que no quiere más niños en su jardín. Organismos internacionales que exigen con préstamos internacionales medidas de control poblacional que llegan a incluir programas de esterilización. ONG que, gozando de financiamiento internacional, buscan la despenalización del aborto y establecerlo como un derecho en países de tradición cristiana.

Medios de comunicación que permiten avisos que ofrecen de manera enmascarada el aborto a mujeres desesperadas. Centros de fertilización asistida que, valiéndose de la inercia del Estado, no dan razón clara de los miles de embriones ‘excedentes’ que se encuentran en sus congeladoras o que son desechados. O de una manera más sutil, una cultura del confort que censura a la pareja que tiene más de tres hijos a pesar de contar con los recursos económicos para sostenerlos.

Cuanto más grande y autosuficiente se crea el gigante, más ciego y sordo se hará a la evidencia de la existencia de una vida desde la concepción y de su dignidad como persona. La ignorará de tal modo que considerará que no existe.

Un amigo mío me señaló, hace algunos días, que se le daba excesiva importancia a la defensa de la vida naciente frente a otros temas. Creo que la defensa de la vida del concebido es una de las líneas divisorias entre la barbarie y la civilización, por más ecológica y políticamente correcta que sea esta última. Si la vida indefensa e inocente no se respeta en el seno materno, ¿qué otra vida dejará de respetarse?

Wilde, que regresó en sus últimos días a la fe católica, terminará este cuento de una manera inesperada, pero cierta: recordando que detrás de cada niño se encuentra Dios mismo.

Aquí pueden leer el texto completo del cuento:

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/wilde/gigante.htm