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Por: Mons. José Igancio Alemany Grau

Hoy celebramos el bautismo de Jesús. Con él se completa la triple teofanía que la Iglesia celebra en estos días. Epifanía viene a significar lo mismo que teofanía, es decir, la manifestación de la divinidad. Pues bien, en estos días hemos celebrado la manifestación de Dios a los Magos de oriente y hemos visto cómo los condujo milagrosamente, mediante una estrella especial que apareció en el cielo. Ellos representan a toda la humanidad que no pertenecía a Israel, que era el pueblo elegido por Dios en el Antiguo Testamento.

Por eso escribe San Pedro Crisólogo: “Hoy el gentil, que era el último, ha pasado a ser el primero, pues entonces la fe de los Magos consagró la creencia de las naciones”. En segundo lugar, estamos celebrando el milagro de las Bodas de Caná en el que Jesucristo manifiesta su poder divino por primera vez. El mismo santo explica la profundidad que encierra este milagro, signo de la Eucaristía: “Hoy Cristo, al convertir el agua en vino, comienza los signos celestes.

Pero el agua había de convertirse en el misterio de la sangre, para que Cristo ofreciese a los que tienen sed la pura bebida del vaso de su cuerpo, y se cumpliese lo que dice el profeta: Y mi copa rebosa”. La tercera epifanía es el bautismo de Jesús: “Hoy Cristo ha entrado en el cauce del Jordán para lavar el pecado del mundo. El mismo Juan atestigua que Cristo ha venido para esto: Éste es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Hoy el siervo recibe al Señor, el hombre a Dios, Juan a Cristo”. Pero, al hablar del bautismo, hay que tener en cuenta que Jesús no se acercó al Jordán buscando el perdón de los pecados. Jesús es Dios verdadero y ni podía pecar ni tener inclinación alguna al pecado. Por lo demás, el bautismo de Juan no era un sacramento para quitar los pecados ya que los sacramentos los instituyó Jesús mismo posteriormente.

El bautismo de Juan era sólo un acto penitencial para que la gente cambiara de vida, se volviera a Dios y se preparara a recibir al Redentor. Juan, con palabras similares a las que empleó Jesús al iniciar su predicación, pedía al pueblo la conversión con estas palabras: “Conviértanse porque está llegando el Reino de Dios”. La liturgia de hoy es muy rica y de mucha importancia desde los primeros tiempos de la Iglesia.

Reflexionemos sobre algunos detalles que nos presenta el Evangelio del día: * Lo primero que admiramos es la presencia de la Santísima Trinidad: El Padre, que por ser espíritu puro no se puede ver, se hace presente mediante una voz que nos habla de su Hijo. El Hijo, segunda Persona de la Trinidad, que está en el río Jordán con su cuerpo y alma humanos, pidiendo humildemente el bautismo de penitencia al Precursor. El Espíritu Santo, a su vez, se hace presente bajo la forma de paloma porque también es imposible verlo.

En segundo lugar admiramos cómo esta presencia de Dios hace feliz a Juan que se había sacrificado tanto, preparando la llegada del Mesías. Es él mismo quien afirma: “Yo he visto que el Espíritu bajaba desde el cielo como una paloma y permanecía sobre Él. Yo mismo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas que baja el Espíritu y permanece sobre Él, ése es quien bautizará con Espíritu Santo”.

Y como lo he visto doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios… Por eso mi alegría ha llegado a su plenitud” * En tercer lugar admiramos la exaltación de Jesús hecha por Dios Padre, afirmando: “Este es mi Hijo, el amado, el predilecto”. Dios no puede revelarnos nada más maravilloso: en ese hombre, que parece “uno de tantos”, habita la divinidad, es Hijo verdadero de Dios. Por eso nos puede salvar.

Pedro, en la lectura de hoy, nos recuerda a Jesús de Nazaret ungido por “Dios con la fuerza del Espíritu Santo. Él pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con Él”. Dos ideas nos dejan muy claras los Santos Padres para nuestra meditación de hoy: “Cristo se hace bautizar, no para santificarse con el agua, sino para santificar el agua… mediante el contacto de ésta con su cuerpo”.

Así el agua nos podrá purificar a nosotros. De la misma manera “el Hijo Unigénito recibe el Espíritu Santo no para sí mismo… sino para nosotros”, ya que en su naturaleza humana, santificada por su Divinidad, estamos todos incluidos y así por Él podremos ser santificados. Ante este gran misterio, la Iglesia, admirando a Jesucristo, verdadero Dios, nos hace repetir en el salmo responsorial: “Bendice alma mía al Señor. ¡Dios mío, qué grande eres!”. Grandeza en la divinidad del Dios verdadero y grandeza de aquel que, siendo hombre, es el único Dios con el Padre y el Espíritu Santo.